De puertas para afuera sí, todo es igual que siempre, pero esta vez temo que me estoy engañando a mí mismo. Casi me sonrojo al confesar que quiero protegerla.

- El otro día casi la atropella un ciclista y yo… la idea de que le hicieran daño me resultó insoportable. Anastasia es tan frágil, tan vulnerable. Sabe, fue como uno de esos sueños que me torturan a veces, en los que vuelvo a ver a mi madre, inconsciente, y yo no puedo hacer nada. Yo ni siquiera sé qué hacer. Y sólo siento… hambre. Sólo recuerdo el hambre. No haber odiado a aquel hijo de puta que rompió su vida, o a ella por no haber sido nunca, nunca, una buena madre. Recuerdo el hambre.

El Dr. Flynn, con la misma voz pausada de siempre, me aconseja que profundice en mis sentimientos, que no escape de ellos. Que pruebe, por una vez, a obtener algo distinto de las mujeres. Pero, ¿cómo? Soy Christian Grey, no tengo novias, no dejo que nadie me tutee, que nadie se acerque a mí, que nadie me toque.

- ¿Qué siente cuando está frente a ella?

El doctor sabe dónde apretar. Con dificultad, le digo que siento tantas ganas de abrazarla como de ponerla de rodillas frente a mí, de acariciar su labio inferior como de atar sus manos con una cuerda de rafia, tantas de cruzar Lake Union en lancha como de amordazarla inmovilizada en un aspa de madera y penetrarla amordazada para que sepa quién está al mando.

Cuando la sesión acaba me siento casi más confundido que cuando entré. Una parte de mí quería que el doctor me dijera sal, vete, huye. Esto no es para ti. Y, sin embargo, me ha dicho todo lo contrario.

- Muy buen trabajo, señor Grey. Esa chica ha abierto una puerta a la oscuridad. No la cierre: mire dentro. Sin miedo. Todo lo que queda allí son fantasmas, no pueden hacerle daño. Enfréntelos, búsquelos, mírelos a la cara.

Taylor me espera abajo, de pie, frente al R8.

- Llévame a casa Taylor, hoy no voy a ir a la oficina.

- Por supuesto, señor Grey.

Rara vez hago caso de los consejos de mi terapeuta, pero no me siento con fuerzas de enfrentarme a los dos malditos buques que tengo que hacer llegar a Sudán y, además, Sam y Ross están en ello. Mi Blackberry vuelve a sonar.

*No me has contestado. Elena x*

*¿Cenamos esta noche? Christian x*

*En Canlis, a las 20.00. Elena x*

Paso la tarde enfrascado en la lectura de Tess como si así el mundo de Anastasia me perteneciera un poco. En el iPod se repite una y otra vez una canción de The National:

El dolor me encontró cuando era joven.

El dolor esperó, el dolor ganó.

Parece escrita para mí.

No dejes mi corazón en el agua.

Cúbreme con trapos y huesos, simpatía.

Porque no quiero olvidarte.

Recuerdo la promesa que me hice a mí mismo al salir de Clayton el sábado por la mañana. Si Anastasia no llama antes de las diez, déjalo estar Christian. Vuelve a la vida que conoces. Pero Anastasia llamó. Sus enormes ojos azules no me han abandonado y una semana después me descubro incapaz de azotar a una sumisa sin desear que la piel que irrito sea la suya.

Escapo de casa antes de lo necesario para llegar a mi cita con Elena. Canlis tiene una vista preciosa sobre el lago y al llegar el maitre me reconoce.

- Buenas noches, señor Grey. Es un placer verle por aquí de nuevo –con un gesto me indica el reservado que nos han asignado. – ¿Desea beber su vino de siempre?

- Por favor.

Elena llega casi inmediatamente. Los años no pasan por ella, y lo sabe. Capta mi aprobación y me besa ligeramente en la mejilla mientras se ajusta el vuelo de la falda.

- Lake Union al atardecer… Sería bonito poseer un sitio como este.

- Podrías haberlo tenido, Elena, pero escogiste el salón de belleza.

- Siempre he sido más aficionada al culto al cuerpo que al del estómago, querido. De todas formas, ir contigo a los sitios causa siempre el mismo efecto: te hace sentir el dueño del mundo. ¿Cómo estás?

El maitre trae otra copa para ella, y brindamos en silencio examinando la carta. Canlis es famoso por haber renovado la cocina del noroeste. Desde que abrieron, en 1950, seis generaciones de cocineros han pasado por aquí convirtiendo los sabores tradicionales en emulsiones explosivas, presentaciones delicadas, y el toque libanés de la madre del primer Peter Canlis.

- Tomaremos gazpacho de melocotón y pato Muscovy.

- Excelente elección, señor Grey. En marcha.

Elena y yo hemos pasado por tantas cosas juntos que, paradójicamente, a veces es complicado empezar una conversación. La primera vez que me abofeteó, en el patio trasero de su casa, yo era sólo un muchacho perdido en mi propia maldad.

- Aún no has contestado a mi pregunta. ¿Tengo que refinar la búsqueda de personal, o ha sido de tu gusto?

- Sabes de sobra que dirigir el salón es una de las cosas que mejor haces, Elena. Eres una estupenda… gestora–mi provocación provoca como respuesta una coqueta caída de pestañas. –Sin embargo, llegó tarde. Y apostaría a que sus bragas eran las con las que llevaba a pastar a las cabras en la granja de papá y mamá. Te envié a Caroline Acton para algo más que para elegir el color de los delantales, por el amor de Dios.

- Apuesto a que le diste una buena reprimenda.

- Si apostaras, ganarías. Recibió lo suyo, lo mío, y lo de la vara de sauce. Ni que decir tiene que terminó amarrada a la red.

El gazpacho llega, y nos dedicamos a él en silencio. Realmente, los Canlis saben cómo conquistar un paladar.

- ¿En qué piensas? –rompe el silencio tan inquisitiva como siempre. – Estoy segura de que no me has hecho venir a cenar para decirme que tu sumisa ha llegado tarde y con unas bragas de droguería de pueblo.

- Pienso en el patio trasero, y en el contenedor de escombros –digo con una sonrisa pícara.

- Oh, Christian, y míranos ahora. – Su rodilla roza la mía.

Me aparto bruscamente. No Elena, hace años que no somos esos. Además, hay algo que quiero contarte.

- Sí, míranos ahora –mi tono es apenas audible.

- ¿Qué ocurre, querido?

- Elena, creo que he conocido a alguien.

- ¡Por fin! Hace dos meses que Susannah no pasa por tu cuarto de juegos, ya era hora de reemplazarla. ¿Se trata de la granjera? Nunca pensé que pasarías por encima de unas bragas de algodón, pero parece que la cabrera tiene algo –sintiendo que el mérito es suyo vuelve a tocar mi pierna con la suya.

- No, en absoluto. No se trata de ella. Es una mujer, es… otra cosa.

- ¿Qué quieres decir? –su pregunta no puede ocultar que lo ha entendido, se acabó el contacto, y la que retira bruscamente la pierna es ella esta vez.

- Es muy joven, y claramente de otro mundo. De otro planeta, de otra galaxia.

- Oh vamos Christian, no seas tan misterioso –suena ansiosa.

- Verás –apuro la copa de vino haciendo un gesto a un camarero que no nos quita la vista de encima. – Traiga la botella, por favor. Verás, el martes tenía una estúpida entrevista con una estudiante de último año de la universidad. Ya sabes que patrocino un programa de ciencias, y el periódico de la WSU quería publicar un artículo sobre mí antes de la entrega de diplomas de graduación, la semana próxima.

Elena parece no entender por dónde voy a ir pero me escucha pacientemente. Siempre, desde que cambiaron los términos de nuestra relación, lo hacho. Aceptó ser mi amiga. Rellena nuestras copas y me devuelve su atención.

- La chica que tenía que hacerme la entrevista estaba indispuesta, y en su lugar mandó a su compañera de piso. Yo estaba furioso porque me disgusta profundamente perder el tiempo con estupideces así, pero tenía un compromiso previo con el padre de la aprendiz de periodista, y accedí –doy un sorbo al fresco vino y aprovecho la pausa para decidir cuánto le quiero contar. – El caso es que una muchacha torpísima hizo una entrada triunfal en mi despacho: tropezó con la alfombra y cayó de bruces frente a mí. En ese momento pensé que eso es lo que pasa cuando uno trata con aficionados.

Sonríe, divertida.

- Oh Christian, no deberías ser tan arisco. Vamos, dispones de un imperio y patrocinas el veinticinco por cien de las actividades que llevan a cabo la universidad. Tendrías que haber sabido cuando firmaste la donación que la relación con los universitarios era parte del trato.

- Simplemente, no se me ocurrió. En fin, el caso es que la entrevista no hizo más que empeorar, y mi mal humor iba creciendo a medida que la joven me hacía preguntas estúpidas que grababa en un aparato de la edad media. A cada pregunta estúpida, una respuesta mecánica. A cada pregunta incómoda, un castigo posible.

- Espero que fuera guapa, por lo menos.

- Era la chica peor vestida que te puedas imaginar. Pero su cuerpo es sencillamente perfecto: piernas duras, pechos turgentes, una boca que, joder, habría dado cualquier cosa por follarme ahí mismo…

Una punzada de celos levanta las defensas de Elena, que se yergue en la silla.

- Elena, al terminar la entrevista, no quería que se fuera. Y eso que el colofón final fue la pregunta del millón: ¿Es usted gay? –intento imitar el tono atónito de Anastasia al decirlo para rebajar el nivel de la confesión que acababa de hacerle– Pobrecilla, su amiga escribió el cuestionario y ella ni siquiera lo había leído.

- Oh, Christian, esto es de lo más divertido –mi acompañante se retuerce de risa en su silla.

Esto es nuevo para nosotros, es de hecho, nuevo para mí. Nunca había estado tentado de poseer a una mujer fuera del plano estrictamente sexual, nunca con emociones involucradas y, por tanto, es la primera vez que le hablo a Elena de ello. He pensado muchas veces en la relación que mantuvimos, en cómo la entonces señora Lincoln canalizó el mal que yo sentía dentro haciéndome creer merecedor de todos los daños. Y cómo eso me alivió. Entonces yo tenía sólo quince años y, hasta ahora, no he conocido otro tipo de relación que no sea el de dominante – dominado. Y desde Elena, nunca me he dejado dominar. Pero Anastasia me domina sin proponérselo, y eso es tan excitante como frustrante.

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1 Comentarios

  1. Soffy Merino dice:

    Es tan raro leer lo que pasaba en la vida de Christian Grey! pero me resulta muy intrigante! es absolutamente absorbente la historia

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