Cojo de la mano a Anastasia y la acompaño hasta donde se encuentra la doctora Green. Me alegra poder haber concertado una consulta con ella con tan poco tiempo de aviso y de día domingo.

—Señor Grey—me saluda amablemente.

—Gracias por venir habiéndola avisado con tan poca antelación —le respondo.

—Gracias a usted por compensármelo sobradamente, señor Grey. Señorita Steele.

Ana le da la mano a la doctora.

Me gusta la actitud de la doctora Green. No por nada es la especialista más reconocida de Seattle. Me da tranquilidad que sea ella quien haya venido.

Luego del saludo se queda mirándome. Dudo por un momento, pero en seguida me doy cuenta de que está echándome con la mirada. Sí, claro, lo comprendo.

—Estaré abajo —les digo y me retiro de la habitación.

Mientras bajo las escaleras pienso en qué método anticonceptivo le recetará a Ana. Es probable que elija píldoras. Conozco la situación lo suficiente como para intuirlo. Aunque cuando se trata de mujeres es difícil saberlo. Y aún más cuando se trata de Anastasia.

Me siento de un humor increíble. Hoy firmará el contrato. Pienso en todas las cosas que haremos. Mejor dicho, en todas las cosas que le haré. Ahora ya conoce mucho más sobre mí y sobre mi mundo y ha aceptado volver aquí.

Me quedo en el salón relajado con la compañía de un buen libro y de la música. Mi mente está allí y el tiempo pasa volando. Enseguida llegan Anastasia y la doctora Green, mucho más rápido de lo que esperaba.

—¿Ya habéis terminado? —les pregunto un poco sorprendido.

Bajo el volumen de la música y voy hacia ellas.

—Sí, señor Grey. Cuídela; es una joven hermosa e inteligente— me dice la doctora Green.

Su comentario me sorprende. Claro que es una joven hermosa e inteligente, pero no entiendo por qué la doctora lo remarca. Por un instante dudo de que Anastasia le haya dicho algo. Sin embargo confío lo suficientemente en ella para saber que no ha sido así.

La doctora Green comprende algunas cosas y no debería alarmarme por eso. Al contrario, hasta me parece divertido.

—Eso me propongo —le respondo sin darle más vueltas al asunto.

Ana me mira. En su expresión pareciera advertirme. “juro que yo no he dicho nada”. Se encoje de hombros y yo le sonrío.

Le enviaré la factura —me dice la doctora.

Luego, la saluda a Ana de una manera amable y cálida:

—Buenos días, y buena suerte, Ana.

Veo que le sonríe de una forma especial, como si se hubiese encariñado con ella.

Luego, Taylor, la acompaña hasta la salida.

Cuando nos quedamos solos, le pregunto a Ana sobre cómo ha ido.

—Bien, gracias. Me ha dicho que tengo que abstenerme de practicar cualquier tipo de actividad sexual durante las cuatro próximas semanas.

¡¿Qué?! ¿Y eso? ¿De dónde ha salido? Me quedo muy sorprendido y sin capacidad de reacción. Pero enseguida Anastasia comienza a reírse a carcajadas.

—¡Has picado!

Así que de eso se trata, señorita Steele. De acuerdo, le pagaré con la misma moneda.

Me pongo muy serio y la miro con cara de enfadado. De inmediato ella deja de reír y me mira asustada. Parece que hasta ha dejado de respirar.

—¡Has picado! —le digo y comienzo a reír.

Los dos nos reímos y la sensación de estar juntos es hermosa. Lo que me hace recordar las ganas que tengo de quitarle este vestido.

La cojo de la cintura y la llevo contra mi cuerpo. Nos miramos a los ojos. Su mirada es muy dulce.

— Es usted incorregible, señorita Steele —susurro completamente encantado por sus ojos.

La beso. Nuestros cuerpos comienzan a arder en un instante. Trato de contenerme y de que ella también lo haga.

—Aunque me encantaría hacértelo aquí y ahora, tienes que comer, y yo también. No quiero que te me desmayes después.

—¿Solo me quieres por eso… por mi cuerpo?

—Por eso y por tu lengua viperina.

No puedo resistir volver a besarla. Casi que no me contengo y la desnudo ya mismo. Pero no. La suelto rápido y la llevo hasta la cocina.

Oh, maldición, Anastasia Steele, te follaría todo el día, pero también es necesario que te alimentes…

La barra está preparada. Ana se sienta.

—¿Qué música es esta?—me pregunta.

—Es una pieza de Villa-Lobos, de sus Bachianas Brasileiras. Buena, ¿verdad?

—Sí —me dice. Me encanta que le guste mi música.

Veo que en la nevera hay una ensalada.

—¿Te va bien una ensalada César?

—Sí, perfecto, gracias.

Termino de hacer lo últimos preparativos. Ana queda completamente perdida en sus pensamientos. No deja de sorprenderme que, de repente, se vaya con su cabeza a algún lugar que desconozco.

—¿En qué piensas? —le pregunto.

Parece que mi pregunta la sobresalta. Se pone colorada. Evidentemente es en algo que no pensaba contarme. Sin embargo, me contesta.

—Observaba cómo te mueves.

Me asombra escuchar eso.

—¿Y? —le pregunto indagando un poco más e intentado saber en qué pensaba realmente.

Su cara se pone roja como un tomate. Eso es bueno, puedo intuirlo.

—Eres muy elegante.

Oh, qué reconfortante suena escuchar eso de su boca.

—Vaya, gracias, señori ta Steele

Agarro una botella de vino y me siento a su lado.

— ¿Chablis?

—Por favor.

Mientras sirvo el vino en las copas le digo que se sirva ensalada. Luego, paso a indagar sobre lo que habló con la doctora Green. Le pregunto sobre qué método le ha indicado.

—La minipíldora.

Claro que sí, lo sabía. Ahora viene el gran problema de la cuestión.

—¿Y te acordarás de tomártela todos los días a la misma hora?

Algo la pone nerviosa de mi pregunta. Algo también la enfada, imposible saber qué.

—Ya te encargarás tú de recordármelo —me dice ofendida.

No puedo resistir que me cause gracia su respuesta y su actitud.

—Me pondré una alarma en la agenda —comento con una sonrisa—. Come.

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