Tener a Anastasia en mi regazo es un sueño hecho realidad. He comenzado a darle algunos azotes. Ella grita, pero yo no dejo que se mueva. A la tercera vez que le pego, deja de quejarse.

Tiene la cara contraída. Creo que tiene más miedo al golpe que vendrá que al que ya ha pasado. Entonces, comienza a moverse, intentando esquivar las palmadas.

—Estate quieta o tendré que azotarte más rato—le advierto.

De a poco vamos entrando en calor. Sigo un ritmo preciso: caricia y azote, caricia y azote.

En un momento pega un grito fuerte.

—Solo estoy calentando—le comento.

Vuelve a gritar. Sus gritos comienzan a excitarme. Cada vez un poco más. La sombra más perversa de mi ser sale y se luce.

—No te oye nadie, nena, solo yo.

Continúo con los azotes. Grita, pero se entrega. Su culo está cada vez más rojo. La observo extasiado.

Le he dado bastante. Creo que por hoy son suficientes. Ya lo recordará cuando quiera volver a poner los ojos en blanco.

—Ya está. Bien hecho, Anastasia. Ahora te voy a follar.

Le acaricio las nalgas. Luego meto un par de dedos en su vagina que está completamente húmeda. Es perfecto. Está como yo quería que estuviera.

Me asombra descubrir que los golpes la han excitado tanto. Es verdad que yo siempre sostuve que se trataba de una sumisa, pero comprobarlo es realmente satisfactorio. Se lo hago notar:

—Siente esto. Mira cómo le gusta esto a tu cuerpo, Anastasia. Te tengo empapada.

Se queja. Su cuerpo es receptivo, pero su mente sigue llena de prejuicios. No me preocupa demasiado porque sé que, de a poco, se irán yendo. Además, está tan excitada que no me quedan dudas.

—La próxima vez te haré contar. A ver, ¿dónde está ese condón?

Cojo el condón. Ubico a Anastasia boca abajo sobre la cama. Le quito los pantalones de chándal y acaricio, una vez, su trasero, que sigue rojo.

—Te la voy a meter. Te puedes correr —le indico.

Comienzo a penetrarla. El ritmo es rápido. Las embestidas son profundas. Ana está disfrutando. Gime.

Tarda poco en correrse. Su orgasmo acelera el mío.

—¡Ay, Ana! —grito mientras me corro.

Joder, qué bueno que ha estado esto.

Caigo a un costado de su cuerpo. De a poco voy volviendo a la realidad. La subo sobre mí y la abrazo.

—Oh, nena. Bienvenida a mi mundo.

No dice nada. Acaricio su pelo. Huele fantástico. Creo que está pensando en lo que acaba de suceder, sacando conclusiones.

Yo, por mi parte, me siento muy bien. Estoy feliz.

—Bien hecho, nena —le digo.

Ha sido una gran experiencia.

Miro la camiseta que lleva. No debería usar este tipo de prendas. Se merece otro tipo de ropa.

—¿Esto es lo que te pones para dormir? —le pregunto cogiéndola del tirante.

—Sí —me responde despreocupada.

—Deberías llevar seda y satén, mi hermosa niña. Te llevaré de compras.

Una vez más, se muestra reticente a mi comentario. Pone la cara de señorita autosuficiente que suele hacer en estos casos. Ya la conozco y ya sé que puedo con ella.

—Me gusta lo que llevo —dice fingiendo que le molesta que me meta con su manera de vestir.

Le doy un beso en la cabeza. Sé que es una nueva batalla ganada, pero me limito a jugar con ella.

—Ya veremos —le respondo.

Nos quedamos en la misma posición. La tranquilidad va ganando terreno. Pareciera que está a punto de dormirse. Ahora sí, es hora de irme.

—Tengo que irme. ¿Estás bien?

Se queda un momento pensativa. ¿Reflexiona sobre lo sucedido? Me gustaría que pudiera disfrutar con plenitud de todo lo que ha pasado. Ojalá se haya sentido tan bien como me he sentido yo. Hoy es el primer día que ha entrado a mi mundo y eso es muy importante para mí.

—Estoy bien—dice finalmente.

De acuerdo. Está claro que no quiere hablar demasiado sobre el tema. Se la nota tranquila y satisfecha.

Me levanto. Le pregunto por el baño. Me indica dónde se encuentra.

Las imágenes sobre todo lo sucedido vuelven a mi mente una y otra vez. Me ha encantado, me siento muy bien con todo.

Probablemente sienta bastante dolor. Busco en el baño alguna loción que ayude a que el dolor pase más rápido.

Cuando regreso del baño, veo que está metida en sus pensamientos. Mira hacia abajo y, a pesar de que me ha escuchado, no levanta la mirada.

—He encontrado este aceite para niños. Déjame que te dé un poco en el trasero.

Me mira extrañada. Incluso, creo que está un poco molesta.

—No, ya se me pasará—me dice orgullosa.

—Anastasia —le regaño solo pronunciando su nombre. No necesito decir nada más.

Ana se acerca y se pone a mi lado. Bajo sus pantalones y le unto el aceite sobre sus nalgas rojas. El contacto con su piel me resulta muy placentero.

—Me gusta tocarte —se lo digo.

Se deja acariciar con calma. Esa misma piel que hace unos momentos ha soportado el dolor, ahora recibe las caricias con gratitud. Disfruto del leve masaje. Y del contacto de nuestras pieles a través del aceite.

Cuando termino le subo los pantalones. Es tarde, ya debería haberme ido.

—Me marcho ya—le digo.

Ana mira hacia abajo. Puede que su actitud se deba también a su cansancio. Estoy tan orgulloso de ella. Ha participado del juego y lo ha hecho muy bien.

La cojo de la mano y la llevo hasta la puerta.

—¿No tienes que llamar a Taylor? —me pregunta algo cabizbaja.

—Taylor lleva aquí desde las nueve. Mírame —le pido.

Le cuesta hacerlo. Hay algo en su mirada que no me quiere mostrar. Finalmente me mira. Sus ojos están más hermosos que nunca.

—No has llorado —le digo feliz—. Hasta el domingo —me despido.

Le doy un beso largo y profundo. Y, luego, me marcho.

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