Estamos negociando algunos puntos del contrato. Deseo que sea mi sumisa. Está claro que no sabe demasiado del tema pero la deseo lo suficiente como para explicarle lo que sea necesario.

Le mostré el cuarto del placer y me alentó que no saliera espantada al verlo. He tenido muchas sumisas, pero todas conocían en dónde se estaban involucrando. Anastasia es la primera que no conoce nada de este mundo.

Por un lado, me genera cierta incertidumbre. ¿Podrá soportar todo esto sin salir espantada? Sé que la estoy llevando por un camino oscuro.

Por otro lado, me seduce demasiado. Y creo que su inocencia le da un punto extra. Me encanta su candidez. Quiso apurar toda esta situación y ahora me mira llena de intriga y de deseo. Supongo que de a poco se irá relajando.

Nunca tuve mayores problemas con conseguir una sumisa. Mis sumisas disfrutan de mis regalos y de mis castigos. Sienten placer de entregarse a mis deseos. Si les ordeno que coman, comen. Si les ordeno que se arrodillen ante mi, lo hacen. Están disponibles para todos mis deseos sexuales. A cambio reciben protección y premios. Regalos caros que disfruto de hacerles.

¿Podrá Anastasia entrar a este mundo? Yo, por supuesto, no la forzaré a nada. De hecho, esta misma noche tendrá disponible el Charlie Tango para marcharse cuando lo desee. Si es que en algún momento lo desea. Y es tan sexy que de verdad espero que no sea necesario.

No puedo parar de pensar en el momento en que me la follaré por primera vez. Esta chica tiene mucho para dar. Y cada vez estamos más cerca de ese instante.

Hemos discutido sobre el ejerció físico. Ella dice que no quiere hacer tres veces por semana. Después de una pequeña discusión ha argumentado que probablemente haré que tenga que hacer mucho ejercicio cuando esté aquí. Esta observación me ha excitado.

Una sonrisa se instala en mi cara.

—Sí , lo haré. De acuerdo. ¿Estás segura de que no quieres hacer las prácticas en mi empresa? Eres buena negociando.

—No, no creo que sea buena idea.

Mira de reojo las normas que figuran en la hoja. Piensa en algo pero no lo dice.

Entonces le paso la siguiente hoja, la que indica los límites infranqueables.

—Pasemos a los límites. Estos son los míos— mientras se la doy.

LÍMITES INFRANQUEABLES

Actos con fuego.

Actos con orina, defecación y excrementos.

Actos con agujas, cuchillos, perforaciones y sangre.

Actos con instrumental médico ginecológico.

Actos con niños y animales.

Actos que dejen marcas permanentes en la piel.

Actos relativos al control de la respiración.

Actividad que implique contacto directo con corriente eléctrica (tanto alterna como continua), fuego o llamas en el cuerpo.

No habla. No dice nada. Piensa algo, pero es imposible de saber de qué se trata. No creo que Anastasia quisiera hacer nada de todas estas cosas, pero de todas formas me parece necesario explicarle que yo tampoco lo haré. Ni me apetecería hacerlo.

Como continúa en silencio, le pregunto:

—¿Quieres añadir algo?

Vuelve a observarme sin pronunciar respuesta. Puede que sea el asombro o que no sepa qué decir. Estoy un poco desconcertado.

Puedo intuir cosas sobre ella, pero, en realidad, no la conozco lo suficiente. ¿Qué le está pasando por la cabeza?

Sus ojos están vacíos de expresión y bastante perdidos.

—¿Hay algo que no quieras hacer?— intento ayudarla con mi pregunta.

Vuelve a quedarse un momento callada.

—No lo sé—dice finalmente.

—¿Qué es eso de que no lo sabes?

Le cuesta hablar. Percibo que no se siente muy cómoda. Se muerde el labio. Maldito gesto que me hace perder la cabeza. Trato de concentrarme.

—Nunca he hecho cosas así.

—Bueno, ¿ha habido algo que no te ha gustado hacer en el sexo?

Se pone colorada como un tomate. Nunca la he visto tan ruborizada. ¿Qué habrá hecho?, me pregunto de repente. Parece tan inocente…pero parece que hizo cosas de las que se ha arrepentido. Me da mucha curiosidad.

—Puedes decírmelo, Anastasia. Si no somos sinceros, no va a funcionar.

No puede hablar. Se mira las manos en silencio. Está demasiado tensa.

—Dímelo —insisto.

Sigue dudando. Está muy nerviosa. Me comienzo a preocupar. De qué se trata. Es necesario que tenga confianza.

—Bueno… Nunca me he acostado con nadie, así que no lo sé — dice con un hilo de voz.

¡¿Qué?! De todas las cosas imaginables, esta era la última. Me quedo estupefacto. No sé cómo reaccionar. Pienso un segundo: no quiero asustarla.

Nunca lo hubiese imaginado. Vino tan decidida, parecía dispuesta a mucho. Es virgen y yo acabo de darle un acuerdo de confidencialidad para que sea mi sumisa. Ha visto un cuarto con grilletes, esposas, látigos y…es virgen.

Tal vez, si pudiera estallaría en una risa. Pero no en este momento. Me preocupa.

Apenas puedo reaccionar.

—¿Nunca? —susurro.

Me dice que sí con la cabeza.

No puede ser. Corroboro una vez más. Es que no me lo creo.

—¿Eres virgen?

Vuelve a asentir con la cabeza. Tendré que aceptar que es así. Anastasia Steele es virgen.

Cierro los ojos. Miles de reproches invaden mi cabeza.

¿Por qué no lo dijo antes? ¿Cómo llegamos hasta aquí? ¿Por qué no me avisó? ¿Por qué me ha permitido llegar hasta aquí?

No puedo creerlo. Pero tendré que afrontarlo.

Cuando logro recuperarme, la miro.

—¿Por qué cojones no me lo habías dicho? — es lo único que sale de mi boca. Estoy enfadado. Debería haberlo dicho mucho antes.

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