Llevamos hablando de sus objeciones toda la cena. He cedido en varios aspectos, porque algunas de sus intervenciones me han parecido inteligentes. Por momentos, se ha relajado, por otros no hace más que ponerse a la defensiva, incluso, hasta de sus propias sensaciones y sentimientos. Ahora dice que quiere marcharse. Y yo, lo único que deseo, es sacarle ese vestido que lleva puesto. Y sé que ella está excitada tanto como yo. Se lo hago notar:

—… tu cuerpo te delata. Estás apretando los muslos, te has puesto roja y tu respiración ha cambiado.

—¿Cómo sabes lo de mi s muslos? —me desafía. Es muy ingenua en hacerlo.

—He notado que el mantel se movía, y lo he deducido basándome en años de experiencia. No me equivoco, ¿verdad?

Se pone roja como un tomate y mira hacia abajo. Así es ella: o desafiante y testaruda o insegura y tímida. Se queda pensando, reflexionando en algo que desconozco. Supongo que intentará buscar una respuesta acertada. Pero sin éxito. En este juego corro con demasiada ventaja. No puede ganarme.

—No me he terminado el bacalao—intenta dar una excusa. Fácil de refutar.

—¿Prefieres el bacalao frío a mí?

La deseo. Basta de tonterías. Puedo conseguirla cuando yo quiera, como yo quiera. Ella lo sabe. Es más, ella también lo desea así. Sin embargo, insiste en sus niñerías. De repente me mira. En sus ojos puedo ver su lucha interna. En los míos solo encontrará el deseo que siento por ella y que me quema por dentro.

—Pensaba que te gustaba que me acabara toda la comida del plato.

—Ahora mismo, señorita Steele, me importa una mierda su comida.

A cualquier mujer la seduce sentirse deseada. A cualquier mujer le gusta que su hombre deje todo por estar con ella. Vamos, Anastasia Steele.

—Christian, no juegas limpio, de verdad.

Maldita racionalidad. Claro que no juego limpio! Nunca juego limpio. El juego de la seducción no es un juego limpio. ¿O acaso quiere que no la seduzca?

—Lo sé. Nunca he jugado limpio—le digo.

De repente, su rostro vuelve a cambiar. Algo está tramando. Su actitud me sorprende.

Pincha un espárrago, me mira y se muerde el labio. Bien, ha aprendido a jugar sucio. Sabe que ese gesto me enciende aún más. Sabe que puede conseguir que tire todos los platos de la mesa al suelo y me la folle sobre la mesa sin dudarlo. Luego, muy despacio, se mete la punta del espárrago en la boca y la chupa.

—Anastasia, ¿qué haces?

Muerde la punta.

—Estoy comiéndome un espárrago.

De acuerdo. Me gusta el cambio de actitud. Puedo manejarlo. Y está yendo al lugar a donde yo quiero que vaya. A mi suite.

—Creo que está jugando conmigo, señorita Steele.

—Solo estoy terminándome la comida, señor Grey.

De repente, su inocencia habitual se transforma en falsa. La está fingiendo. Me está provocando. Por supuesto, dejaré que lo haga.

Entonces, sin avisar, entra el maldito camarero a recoger los platos. ¿En serio tenía que entrar justo en este momento? Podría haberlo echado, pero sé que hubiese sido peor. El instante ya se había quebrado y decirle al camarero que se fuera, me hubiera hecho verme infantil. De acuerdo, que entre y que haga su trabajo.

Me entrego con naturalidad a la situación, como si nada hubiera pasado.

—¿Quieres postre? — le pregunto.

—No, gracias. Creo que tengo que marcharme —me dice, otra vez evitando el contacto entre nuestros ojos.

Volvió a la maldita idea de marcharse. No, no lo voy a permitir. Te voy a follar, Anastasia. Tú lo deseas tanto como yo.

—¿Marcharte? —le digo como si nunca hubiera contemplado esa posibilidad.

—Sí. Mañana tenemos los dos la ceremonia de la entrega de títulos.

Me doy cuenta de que lo dice es, de verdad, lo que piensa hacer. No puedo creerlo. Si quiere quedarse, ¿por qué se marcha? Su seguridad me desestabiliza por un momento y solo puedo reaccionar diciéndole lo que siento:

—No quiero que te vayas.

—Por favor… Tengo que irme.

—¿Por qué?— le pregunto y observo cómo voy perdiendo, cada vez más, el control de la situación. Ha dicho que confiaba en mí, ha dicho que creía que podría obedecerme, ¿qué pasa ahora?

—Porque me has planteado muchas cosas en las que pensar… y necesito cierta distancia.

No puedo perder más estabilidad. Tengo que mantenerme en mi terreno. Esto suena mal. Me desilusiona internamente su reacción. ¿Quién se ha creído que es? Yo puedo dominarla, si quiero.

—Podría conseguir que te quedaras—le advierto.

—Sí, no te sería difícil, pero no quiero que lo hagas.

Suena calma y sincera. Parece haber reprimido completamente toda su excitación. Hace unos instantes, me provocaba con la comida. Ahora, esa Anastasia quedó guardada en algún lugar de su represión. Ahora, es fría y tiene control sobre lo que ha decidido hacer. Comienzo a sentir que este vínculo no funcionará.

—Mira, cuando viniste a entrevistarme y te caíste en mi despacho, todo eran «Sí, señor», «No, señor». Pensé que eras una sumisa nata. Pero, la verdad, Anastasia, no estoy seguro de que tengas madera de sumisa.

Puede que esté haciendo un chantaje emocional. Vale. Todas las armas sirven en este momento. Nunca voy a jugar limpio. No sé ser de otra manera.

—Quizá tengas razón —me contesta.

—Quiero tener la oportunidad de descubrir si la tienes —le digo, mirándola a los ojos.

Acaricio su rostro y me detengo en ese hermoso labio inferior que me fascina. Lo recorro lentamente con mi pulgar. Empieza a volver hacia mí. Quiero besarla, pero no lo haré sin su consentimiento. Por un segundo me invade una sensación extraña. Creer que las cosas con ellas podrían ser distintas. Pero es ridículo pensarlo. Es absurdo. Es lo que soy, no puedo cambiarlo.

Me inclino para besarla porque la deseo. Busco su mirada antes de hacerlo. Ella alza sus labios, como dándome permiso a que lo haga.

Comienzo a besarla. Ella mueve las manos por mi pelo y me une más a ella. Sí, está tocando mi cabeza, en una especie de abrazo ardiente. Me quemo.

La agarro de la nuca. Podríamos fundirnos en este mismo beso. La siento vibrar. Luego deslizo mi mano por su espalda. Me detengo en su cintura y la aprieto aún más hacia mi cuerpo. Siento como si algo estallara dentro mío y volara por los aires en mil pedazos. Sus manos en mi pelo.

—¿No puedo convencerte de que te quedes? —le pregunto sin dejar de besarla.

—No.

—Pasa la noche conmigo.

—¿Sin tocarte? No.

Maldición, Anastasia. No puedes ser más testaruda. Sabes que no puedes tocarme. Sabes que nunca te dejaré hacerlo. Pasa la maldita noche conmigo. Con mis reglas. Con mi forma de ser.

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