Me encantaría descubrir qué fue lo que la ofendió tanto. Le estoy ofreciendo mi ayuda, dándole la posibilidad de que hable con alguien sobre la sumisión y aclare todas sus dudas. No hay fuente mejor que alguna de mis exsumisas para que sepa que nada malo le pasará a mi lado.

—Anastasia, no… no quería ofenderte—intento calmarla.

—No estoy ofendida. Estoy consternada.

—¿Consternada?

Su respuesta no deja de sorprenderme. ¿Qué le causa consternación a la señorita Steeñe?

—No quiero hablar con ninguna exnovia tuya… o esclava… o sumisa… como las llames.

De repente me doy cuenta de la situación. ¡Está celosa! Es absurdo, aquí no hay espacio para celos. Y mucho menos de un exsumisa.

—Anastasia Steele, ¿estás celosa?—le digo en tono burlón.

La cara se le pone colorada. Se nota que le da vergüenza y que también le molesta que se note su vergüenza.

—¿Vas a quedarte?— me pregunta de repente.

—Mañana a primera hora tengo una reunión en el Heathman. Además ya te dije que no duermo con mis novias, o esclavas, o sumisas, ni con nadie. El viernes y el sábado fueron una excepción. No volverá a pasar.

Quiero ser claro con ella. No quiero que se haga ilusiones de cosas que no son y nunca serán. No puedo dormir con mujeres. Necesito la soledad de mi cama para poder descansar. Optimizo el tiempo y sé que no hay nada mejor que dormir en soledad para lograr un buen sueño y una mejor relajación.

Y, una vez más, vuelve a sorprenderme con su siguiente intervención:

—Bueno, estoy cansada.—dice con un poco de tristeza.

—¿Estás echándome?

No me lo creo. La mismísima señorita Steele puede, en un instante, mandarme a la calle con total desparpajo.

—Sí.

—Bueno, otra novedad. —le digo y soy sincero con mis palabras—. ¿No quieres que comentemos nada? Sobre el contrato.

—No —me contesta malhumorada.

Joder, lo que faltaba. Que ahora venga en plan de niña caprichosa y autosuficiente y que se ofenda porque no voy a dormir con ella.

—Ay, cuánto me gustaría darte una buena tunda. Te sentirías mucho mejor, y yo también.

—No puedes decir esas cosas… Todavía no he firmado nada—insiste en su plan de señorita ofuscada.

—Pero soñar es humano, Anastasia. —la agarro de la barbilla para besarla—. ¿Hasta el miércoles? —murmuro.

Le doy un beso rápido.

—Hasta el miércoles me dice—. Espera, salgo contigo. Dame un minuto.

Se sienta y comienza a vestirse. Luego, me empuja para que me levante de la cama. Es insólito. Anastasia Steele me está maltratando porque está ofendida porque no dormiré con ella. Ofendida porque no soy ese hombre normal del cual ella quisiera enamorarse.

—Pásame los pantalones de chándal, por favor.—me dice de mala gana.

—Sí , señora—bromeo sobre la ridícula situación.

Pero no consigo cambiar su humor. Me sigue mirando de mala manera, mientras se pone los pantalones. Coge una goma para el pelo, va hacia la puerta y la abre, probablemente para cerciorarse de que Kate no ande por allí. Decido seguirla en silencio. La dejo que piense tranquila. Si hago alguna broma, se pondrá peor. Si insisto en explicarle cómo es la situación, se pondrá peor. Si intento cualquier cosa, se pondrá peor. La mejor opción es dejar que se le pase sola.

Llegamos a la puerta. Mira hacia abajo. ¿En qué tontería está pensando? ¿Por qué no se concentra y confía en lo que le digo? ¿De qué se queja tanto?

—¿Estás bien? —le pregunto acariciándole la barbilla.

—Sí —responde y es difícil creer que está diciendo la verdad.

—Nos vemos el miércoles —le digo.

Quiero terminar esto por hoy. No puedo evitar que me preocupe el maldito malestar de Anastasia. ¿Por qué? ¿Desde cuándo me volví tan sensible a los cambios hormonales de las niñas caprichosas?

Trato de no prestarme atención. La beso con ternura para despedirme. Un beso rápido y a casa.

Sin embargo algo me ocurre mientras sus labios tocan los míos. Es un deseo difícil de controlar. Ganas de cogerla por los pelos y arrastrarla hacia la habitación y allí darle una tunda para que aprenda a no ponerme mala cara. Que no pueda sentarse por una semana seguida. Que cada vez que intente apoyarse en una silla recuerde quién es su amo, quién le dice lo que debe hacer.

Supongo que en algún momento mis pensamientos emergen en mi cuerpo porque termino dándole un beso prolongado e hirviente de pasión. Tomo su cara entre mis manos. Me toma de los brazos en respuesta. La respiración se acelera. No resisto.

Apoyo mi frente en la suya y me entrego en el siguiente comentario.

—Anastasia, ¿qué estás haciendo conmigo?—le susurro.

—Lo mismo podría decirte yo —me responde y es como si hubiera dicho “Jaque mate”.

Respiro profundo, la beso en la frente y me voy. No puedo hacer otra cosa. Lo último que veo es su carita triste. Pareciera que está a punto de llorar. Pero yo no puedo hacer nada con eso. ¿Qué se supone? ¿Que debería abrazarla y decirle que no esté mal? Ella tiene que saber cómo soy.

Camino hacia el coche sin mirarla y tratando de olvidar ese extraña sensación de hace un momento. No, no puedo dejarla con esa imagen dubitativa y melancólica. Mientras abro la puerta del coche, levanto la mirada y le dedico mi mejor sonrisa. Ella también sonríe, aunque puedo ver a través de su rostro un dejo de pena y pánico. De hecho, cierra la puerta antes de que yo termine de entrar en mi coche.

Arranco el coche y, por un momento, siento que algo de mi quedó allí dentro. Tal vez, dentro de su cabeza.

Me preocupa sentirme un poco vulnerable. Tendré que controlar y manejar mis sensaciones. Sí, eso es lo que debo hacer.

Apenas el coche comienza a alejarse, me siento mejor. Es dulce y bella, inocente e irreverente, aunque tímida a la vez. Pero yo no duermo con mis sumisas. Esa es una regla que no cambiaré.

Ya de mejor humor, me pregunto cuáles serán las objeciones que tendrá para el contrato. Qué podrá molestarla o generarle dudas. Lo que me preguntó del collar no deja de ser curioso. Debe ser parte de la información que ha encontrado por internet.

Espero que Kate no se abalance sobre ella y la vuelva loca con preguntas. Anastasia debe descansar. Y pensar con tranquilidad sin alguien que esté enloqueciéndola con preguntas y comentarios que pueden confundirla.

Llego al parking del hotel y una sensación de felicidad me invade. Salí de aquí hace un rato, creyendo que la había perdido. Y ahora estoy más convencido que nunca de que todo irá de maravillas.

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