Llegamos a la habitación. Le he pedido a Anastasia que se quedara a dormir. Deseo que esté conmigo.

Ahora la he traído a follar. Solo un polvo más. Pero ella se ha puesto un poco quisquillosa. ¿Qué pasa si no quiero?, pregunta desafiante.

Yo venía excitadísimo, pero, de repente, la energía ha cambiado.

Le quiero dar su espacio a que se exprese, por supuesto. Pero estoy un poco confundido. Así que decido preguntarlo directamente:

— ¿No quieres follar? —indago.

—No —responde bastante convencida.

—Ah—exclamo, un poco sorprendido.

Tengo que reconocer que no me gusta escuchar esta respuesta.

Anastasia Steele siempre ha sido una amante perfecta, siempre bien predispuesta, perceptiva, entregada. No quisiera que eso cambiara.

Noto en su mirada que quiere decir algo más. Espero sus palabras, aunque bastante decepcionado de la situación.

Entonces, me vuelve a sorprender.

—Quiero que me hagas el amor.

Pierdo capacidad de reacción. ¿Qué se supone que debería hacer ante este pedido?

Me doy cuenta que estoy sintiendo demasiadas cosas por ella. Y que, claramente, en todos nuestros encuentros hemos experimentado más cosas que lo habitual…

—Ana, yo…

Comienzo a decir dubitativo. De verdad, que no sé cómo explicarlo. Pero yo he sentido y creo que ella también.

Estoy demasiado confundido.

—Pensé que ya lo habíamos hecho —digo simplemente, esperando que ella lo capte.

Recibe mi explicación, pero parece no satisfacerla. Quiere más.

—Quiero tocarte— me dice con tono de súplica.

Nuevamente me descoloca. Me aparto de ella, no sé qué decir ni qué hacer.

He cedido mucho, le he dado todo lo que me ha pedido. Incluso, he aceptado que no firmara el contrato. Que vaya a Georgia, que lo piense tranquila, que decida con calma. Es decir, he intentado todo el tiempo contemplar sus necesidades.

Anastasia me tiene loco. Me tiene un poco tonto o hechizado. Pero hay límites. Cosas que no puedo darle ni aunque yo quisiera.

Todo es más complejo de lo que ella puede imaginar.

Retrocedo un poco más hacia atrás y ella me mira, afligida.

—Por favor —dice.

No, no permitiré que me toque.

No puedo hacerlo hoy, no estoy preparado.

Y creo que es momento de volver a concentrarme en mis necesidades otra vez.

—Ah, no, señorita Steele, ya le he hecho demasiadas concesiones esta noche. La respuesta es no.

—¿No?— me dice, desilusionada.

—No.

No voy a empezar a dar explicaciones. Simplifiquemos.

Hay cosas que son complejas pero, sin embargo, la mejor manera de transmitirlas es volviéndolas fáciles.

—Mira, estás cansada, y yo también. Vámonos a la cama y ya está —le digo.

Intento dejarlo pasar.

Pero la señorita Steele es incapaz de dejar pasar cualquier cosa. Todo tiene que problematizarlo. Para cada cosa tiene su comentario afilado, su pregunta precisa.

—¿Así que el que te toquen es uno de tus límites infranqueables?

Empiezo a intuir que se acerca una discusión. No quiero discutir con ella. Durmamos y ya.

Le respondo amablemente y sin nada de detalles:

—Sí. Ya lo sabes.

—Dime por qué, por favor.

De verdad, no creo que sea momento de preguntarme las causas. Lo sabe, soy así desde que nos conocimos.

Me fastidia que justo en este momento empiece a preguntar. ¿No se estaba quedando dormida cuando entramos al dormitorio?

Veo que las dudas la han despertado.

—Ay, Anastasia, por favor. Déjalo ya —le comento.

—Es importante para mí—insiste.

No sé qué hacer. No quiero discutir con ella.

No sé qué decirle.

Medito un segundo. No, no es momento para hablar de esto.

De hecho, me molesta tener que estar pensándolo. No quiero dar explicaciones al respecto. Y punto.

Me acerco a la cómoda, saco una camiseta y se la tiro.

—Póntela y métete en la cama —le digo.

No está muy decidida, pero opta por hacerme caso.

Se pone la camiseta con cierta timidez. Se quita el sujetador y hace un movimiento rápido como evitando que yo pueda verla desnuda.

—Necesito ir al baño —me dice en voz baja.

Pero ¡por favor! ¿De verdad me va a pedir permiso para ir al baño?! Esto me pone de pésimo humor. No puedo creerlo.

—¿Ahora me pides permiso?—le digo de mala gana.

Me mira nerviosa. Titubea:

—Eh… no.

Puf! Comienzo a arrepentirme, no debería haberle pedido que viniera a casa. Siento una fuerte necesidad de estar solo.

Trato de conservar la paciencia.

—Anastasia, ya sabes dónde está el baño. En este extraño momento de nuestro acuerdo, no necesitas permiso para usarlo.

Huye como una nena asustada. Se mete corriendo en el baño.

Trato de calmarme.

Sé que no lo hace a propósito, que realmente no imagina cuál es la historia que explica mi rechazo a que me toquen.

Entiendo sus dudas. Pero ella también deberá entender que tiene que respetar mis tiempos. Aunque sea algunos.

Me quito la ropa y me pongo el pantalón pijama.

De a poco me voy relajando.

De verdad que no quiero pelear con ella.

Me acerco al baño y golpeo la puerta.

Quisiera que todo esté bien entre los dos.

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