Tengo a Anastasia sobre el sillón. Las manos sobre de la cabeza. Mi pene completamente erecto. Me he desvestido apresuradamente. Me he puesto el maldito condón y todo lo que deseo en este momento es penetrarla hasta explotar de placer.

Esta muy excitada lo que hace que me sienta muy bien. Su cuerpo me desea.

—No tenemos mucho tiempo. Esto va a ser rápido, y es para mí, no para ti. ¿Entendido? Como te corras, te doy unos azotes —le digo.

Me mira asombrada, no esperaba que le dijera eso. Pero las cosas hoy, señorita Steele, son así.

Antes de que pueda reaccionar, la penetro con fuerza.

Ana está inmovilizada, debajo de mí, gime al sentir la primera embestida. Nos miramos a los ojos y avanzo.

Trata de suavizarme con la mirada, pero no lo consigue. Estoy enfadado y obtendré todo el placer que quiero para recompensarme.

La tengo completamente atrapada, la poseo, disfruto de sentir que es sólo mía, que puedo hacer con ella lo que quiero.

Entro y salgo de ella con rapidez y un poco de desesperación.

Esta vez, no pienso en ella. Está aquí para darme el placer que quiero.

Por un instante percibo que está conteniéndose, que me hace caso y se esfuerza por no correrse. Lo cual me excita mucho más.

Sin embargo, está muy receptiva a mis movimientos rápidos.

Vuelvo a mí, al placer inmenso que me provoca cada parte de su cuerpo, el sentir que está aquí, dispuesta a proporcionarme todo lo que quiero.

Mis embestidas se aceleran y en la última y más fuerte, llego a lo más profundo de Anastasia y me corro.

Oh, ha sido maravilloso.

Mi cuerpo se desploma sobre ella. Me relajo.

Entonces, para que sienta su castigo, salgo rápido de ella.

—No te masturbes. Quiero que te sientas frustrada. Así es como me siento yo cuando no me cuentas las cosas, cuando me niegas lo que es mío.

Me mira sin saber qué decir. Se limita a asentir con la cabeza, pero está confundida.

No le presto atención. Tiene que aprender y sé que esta es la mejor forma de que lo haga.

Me levanto, me quito el condón. Mierda, no tengo dónde tirarlo. Así que lo anudo en la punta y me lo meto en el bolsillo de los pantalones.

Anastasia me mira tratando de decidir qué es lo que hará.

Me arreglo con rapidez. Me acomodo la ropa y me peino con la mano.

Ella apenas reacciona.

—Más vale que volvamos a la casa—le indico.

Se levanta, pero parece mareada, como si estuviera en otro lado.

—Toma, ponte esto—le digo, devolviéndole sus bragas.

No habla. Creo que deberé acostumbrarme a adivinar sus pensamientos.

De repente, se escucha un grito de Mia.

—¡Christian!

Adoro a mi hermana, pero puede colmarme la paciencia.

—Justo a tiempo. Dios, qué pesadita es cuando quiere.

Anastasia me mira preocupada. Se pone las bragas y acomoda su ropa de inmediato.

Luego, intenta peinarse con la mano, aunque el resultado no es muy bueno.

—Estamos aquí arriba, Mia —le grito.

Conociéndola es mejor responderle, no quisiera que subiera y nos encontrara todavía “agitados”

— Bueno, señorita Steele, ya me siento mejor, pero sigo queriendo darle unos azotes —le susurro al oído.

Ya vestida, parece que puede recuperar su lengua afilada y empezar a discutir.

—No creo que lo merezca, señor Grey, sobre todo después de tolerar su injustificado ataque.

Evito la sonrisa que me provoca el comentario.

—¿Injustificado? Me has besado.

Frunce los labios como respuesta.

—Ha sido un ataque en defensa propia.

—Defensa ¿de qué?

—De ti y de ese cosquilleo en la palma de tu mano.

Me gusta su rapidez al contestarme.

Entonces, escucho que Mia está subiendo las escaleras. Lo hace con más ruido de lo habitual, como para asegurarse que la oigamos.

Mi hermana no sabe entender límites.

Yo sigo ansioso de jugar con Ana.

—Pero ¿ha sido tolerable? —le pregunto en voz muy baja.

—Apenas —responde.

Me gusta ver que se pone colorada mientras lo dice.

—Ah, aquí estáis —dice Mia sonriéndonos.

Comprendo que mi hermana esté contenta de verme acompañado, pero no puede ponerse tan frenética. Le tendría que haber indicado que ya bajábamos. Bueno, si hubiera llegado un momento antes, todo habría sido mucho peor.

—Le estaba enseñando a Anastasia todo esto—le digo una pequeña mentira piadosa.

Le tiendo mi mano a Anastasia que la acepta enseguida.

—Kate y Elliot están a punto de marcharse. ¿Habéis visto a esos dos? No paran de sobarse. —Mia nos mira buscando complicidad con su comentario—. ¿Qué habéis estado haciendo aquí?

A veces no puedo creer que sea tan directa. No creo que lo haga con maldad, pero su inocencia me preocupa.

No doy espacio a confusiones y respondo con rapidez y naturalidad.

—Le estaba enseñando a Anastasia mis trofeos de remo.

Es increíble, pero Mia me mira y parece que cree lo que le digo. Continúo sin dejar espacio ni a comentarios o preguntas.

— Vamos a despedirnos de Kate y Elliot.

Consigo lo que quiero, ya que Mia sonríe y da la vuelta para bajar.

Yo dejo pasar delante de mí a Anastasia y, cuando me aseguro que mi hermana no verá, le doy un azote silencioso en el culo.

Anastasia reacciona con el cuerpo, pero sabe que no puede decir nada.

—Lo volveré a hacer, Anastasia, y pronto —le susurro al oído.

Ana reprime su reacción.

Entonces, la abrazo y le doy un beso en el pelo.

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