Me he despertado en mi cama con las primeras luces del día. A mi lado, la señorita Steele, durmiendo con una placidez abrumadoramente bella.

Me he duchado y he ido hacia el estudio. He coordinado las reuniones de hoy a la tarde y ahí, mientras hablaba por teléfono, ha aparecido Anastasia, solo con una camiseta, hermosa.

— Buenos días, señorita Steele.

—Señor Grey —me sonríe complaciente.

Salgo del escritorio y voy a su encuentro. Acaricio levemente su cara. Sus ojos brillan a nuestro contacto.

—No quería despertarte, se te veía tan serena. ¿Has dormido bien?

Me mira pícara. No sé qué pensará o si habrá soñado con algo. Me gusta verla de buen humor.

—He descansado, gracias. Solo he venido a saludar antes de darme una ducha—me dice.

La beso. Me encanta el contacto con sus labios.

Sin ninguna inhibición se cuelga de mi cuello y acaricia mi cabeza.

Tira de mi pelo con ternura y me gusta mucho sentirla tan atrevida.

No puedo resistirme y desciendo con mi mano por su espalda hasta llegar a su culo. No tiene bragas.

El beso se hace más profundo.

La tomo del culo. Parece que no le duele, sino todo lo contrario.

Me retiro apenas hacia atrás.

—Vaya, parece que el descanso te ha sentado bien. Te sugiero que vayas a ducharte, ¿o te echo un polvo ahora mismo encima de mi escritorio?

—Prefiero lo del escritorio — responde.

Oh, la señorita Steele nunca deja de sorprende. Claro que me encanta escuchar esa respuesta.

La miro asombrado y divertido.

—Esto le gusta de verdad, ¿no, señorita Steele? Te estás volviendo insaciable —le digo serio.

La excitación aumenta entre los dos. Los cuerpos cada vez están más juntos.

—Lo que me gusta eres tú —me dice de repente.

Es maravilloso escuchar eso. Me sorprende que esté tan desatada, no es habitual en ella ser tan demostrativa en este terreno.

Mientras me habla, acaricio la hermosa redondez de su culo. Lo que hace que nuestra excitación avance.

Me agradan sus palabras, me hacen sentir que es solo mía.

—Desde luego, solo yo —le digo, mientras tiro al suelo todos los documentos que hay sobre el escritorio. La levanto con rapidez y la ubico allí arriba. Su cabeza cuelga levemente.

Mi pene se sale de los pantalones, ansioso por estar dentro de ella.

Es increíble la química que hay entre nosotros. Solo unas caricias y un beso para que todo vuelva a comenzar.

— Tú lo has querido, nena —le digo, mientras me pongo el preservativo.

Ana me mira asombrada por mi rapidez.

—Espero que estés lista —le digo sonriendo.

La penetro en un segundo. Mi cuerpo encaja perfecto dentro de su cuerpo.

Gime extasiada. Siento que llego a lo más profundo de ella.

—Dios, Ana. Sí que estás lista —le susurro al oído.

Ella se estremece al escuchar mis palabras.

Se enrosca con sus piernas en mi cintura. Queda sostenida en mi cuerpo. La miro. Tiene el pelo enmarañado. No se ha duchado todavía. Tiene un delicioso aspecto salvaje. Me tienta a morderla.

La follo duro. Entro y salgo de su cuerpo con rapidez y firmeza. Sus gemidos se intensifican y se vuelven más profundos a medida que mis embestidas se aceleran.

Nos devoramos en cada movimiento, nuestros cuerpos adquieren el ritmo perfecto, esto es increíble.

Comienzo a sentir que se acerca el clímax. Ella cierra los ojos para hacérmelo notar.

Sus piernas me aprietan más fuerte. Cada vez entro más rápido y más profundo.

—Vamos, nena, dámelo todo —le suplico entre jadeos.

Siento su orgasmo que precipita el mío y me desplomo sobre ella.

No es posible. Cada encuentro sexual es tan perfecto que se vuelve difícil de creer.

—¿Qué diablos me estás haciendo? —le digo mientras la beso suavemente.

Ana no responde, pero puedo ver un brillo especial en su mirada.

—Me tienes completamente hechizado, Ana. Ejerces alguna magia poderosa.

La suelto lentamente. Ella intenta retenerme con sus piernas.

—Soy yo la hechizada —me dice en voz muy baja.

No sé qué está haciendo esta nena conmigo. De verdad, no lo sé. Solo sé que la veo debajo de mí, entregada, temerosa y a la vez decidida y me estremezco.

—Tú… eres… mía. ¿Entendido?—le digo extasiado.

No quiero que dude, ni que tenga miedos, ni que tenga que irse a pensar a ningún lado.

Quiero que se termine de entregar a mí completamente.

Cada encuentro con ella es mejor que el anterior, cada vez más nuestros cuerpos se entienden a la perfección.

Todo lo que quiero hacer lo quiero hacer con Anastasia.

Es mía, oh, sí, es mía.

—Sí, tuya —me dice en voz baja, corroborándolo.

Parece hipnotizada por el momento. En definitiva, yo también lo estoy.

—¿Seguro que tienes que irte a Georgia?—pregunto.

Se queda perpleja ante mi pregunta. No la esperaba.

Vamos, Anastasia, dime que no es necesario irte, que te quedarás aquí conmigo y firmarás el contrato y estarás disponible para lo que yo necesite. Dime que no te irás.

—¿Seguro tienes que ir a Georgia?—repito.

Asiente despacio con la cabeza.

De acuerdo, no insistiré.

Algo de la magia parece quebrarse.

Me retiro de su cuerpo.

Ella hace un gesto de dolor.

—¿Te duele? —le pregunto.

—Un poco —me responde.

Pero no debe esperar conmiseración de mi parte. No es así como yo siento.

—Me gusta que te duela. Te recordará que he estado ahí, solo yo.

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