He llegado a la casa de Anastasia y la he encontrado llorando desconsoladamente. Su amiga Katherine me ha amenazado y ha dicho cosas absurdas sobre lo mal que le estoy haciendo a Ana. No sé si sabe algo, pero, por hoy, tengo cosas más importantes que solucionar.

Me he quedado junto a Ana y le he traído un analgésico. Está triste y dice que a mí no me gusta como es ella. No entiendo por qué afirma semejante cosa.

—Entonces, ¿por qué intentas cambiarme?— me dice con tristeza.

—No quiero cambiarte. Me gustaría que fueras respetuosa y que siguieras las normas que te he impuesto y no me desafiaras. Es muy sencillo —trato de explicarle.

—Pero ¿quieres castigarme?

—Sí, quiero.

Me mira perpleja. En parte, entiendo su desconcierto. Tal vez, hay que estar tan mal como yo para poder comprender realmente lo que me pasa.

—Eso es lo que no entiendo—me dice sincerándose.

Pienso un momento. ¿Cómo explicarlo de una forma nueva? ¿Cómo hacerlo de una forma para que finalmente me entienda? No tiene que ver con ella. Bueno, sí, ahora sí tiene que ver con ella. Pero yo soy así desde antes y así seré y no puedo ofrecerle otra cosa. Es la forma en que encuentro placer y la única que entiendo para relacionarme.

Suspiro. La miro. Intentaré una vez más que pueda comprenderme.

—Así soy yo, Anastasia. Necesito controlarte. Quiero que te comportes de una forma concreta, y si no lo haces… Me encanta ver cómo se sonroja y se calienta tu hermosa piel blanca bajo mi s manos. Me excita.

Su congoja va dando paso al interés. Me observa con cuidado, como si le estuviera dando una clase o algo por el estilo.

—Entonces, ¿no es el dolor que me provocas?—me pregunta con verdadero interés.

Me detengo un momento antes de hablar. ¿Cómo explicarlo? Joder, no sé decirlo con la exactitud que me está pidiendo. A ver…

—Un poco, el ver si lo aguantas, pero no es la razón principal. Es el hecho de que seas mía y pueda hacer contigo lo que quiera: control absoluto de otra persona. Y eso me pone. Muchísimo, Anastasia. Mira, no me estoy explicando muy bien. Nunca he tenido que hacerlo. No he meditado mucho todo esto. Siempre he estado con gente de mi estilo.

Estoy siendo lo más sincero que puedo. Ana está atenta a cada palabra que digo. Me encantaría darle lo que necesita.

Pero no sé cómo seguir explicándolo, de verdad que no sé. Me encojo de hombros y luego llevo la conversación hacia otro lado:

—Y aún no has respondido a mi pregunta: ¿cómo te has sentido después?

—Confundida.

—Te ha excitado, Anastasia.

Cierro los ojos. Las imágenes del momento se repiten en mi mente. Su piel blanca enrojeciendo, su excitación húmeda, su placer inconsciente.

Vuelvo a abrir los ojos y, ahí, la veo, nuevamente invadida de excitación. No puede decirme que no le gusta todo esto porque es imposible de creer.

—No me mires así —le advierto.

Yo conozco esos ojos por más que ahora intente poner cara de inocente. Sé perfectamente que por su mente han pasado las mismas imágenes que por la mía y que, ahora mismo, podríamos empezar a follar y corrernos en un instante.

—No llevo condones, Anastasia, y sabes que estás disgustada. En contra de lo que piensa tu compañera de piso, no soy ningún degenerado. Entonces, ¿te has sentido confundida?

Me mira y no se atreve a decir una maldita palabra. Esta actitud logra ponerme nervioso. Es simple, se trata de hablar, de contar cómo se siente. En definitiva, el objetivo es llegar a un acuerdo.

Por un momento, creo que si me fuera ahora mismo y la dejara en su cama con la promesa de que estará bien, luego de un rato, me escribiría un correo diciendo alguna cosa horrible.

—No te cuesta nada sincerarte conmigo por escrito. Por e-mail , siempre me dices exactamente lo que sientes. ¿Por qué no puedes hacer eso cara a cara? ¿Tanto te intimido?

Se pone más nerviosa aún. No sé que puedo hacer. Mueve la mano sobre la cama, como limpiándola.

Me mira. Baja los ojos hacia la colcha. Luego, me vuelve a mirar.

—Me cautivas, Christian. Me abrumas. Me siento como Ícaro volando demasiado cerca del sol —dice en voz muy suave.

Dentro de mí algo se quiebra. Es muy bella y ver su fragilidad hace que yo sienta que mis alas son las que comienzan a derretirse.

—Pues me parece que eso lo has entendido al revés —le respondo.

Su expresión me demuestra que no ha entendido lo que le he dicho. Ahí la veo perpleja preguntando:

—¿El qué?

Es un hecho, mi hermosa Anastasia Steele no se ha dado cuenta de lo que está pasando. Se lo digo, sin vergüenza.

—Ay, Anastasia, eres tú la que me ha hechizado. ¿Es que no es obvio?

El asombro no cabe en su cara. No reacciona. Está inmóvil, quizás, asimilando lo que acabo de decirle. De acuerdo, puede que le lleve un tiempo. Por hoy solo quiero descansar. Ya seguiremos con esto.

—Todavía no has respondido a mi pregunta. Mándame un correo, por favor. Pero ahora mismo. Me gustaría dormir un poco. ¿Me puedo quedar?

Juego su juego. Creo que con los hechos puede que me entienda mejor. Basta de tantas palabras. Aquí estamos y aquí es donde hoy me quiero quedar.

—¿Quieres quedarte?

Su pregunta suena a felicidad contenida. Le encanta. Está ilusionada como una niña. Y a mí me encanta que tenga esa ilusión. En definitiva fue ella quien estaba mal porque yo me había ido, ¿no? ¿No ha sido ahí donde ha empezado todo?

—Querías que viniera—le digo, mostrándole lo obvio.

—No has respondido a mi pregunta—dice con astucia.

Me encanta cuando sabe responder. Suma puntos.

—Te mandaré un correo —le respondo, siguiendo su juego.

Me pongo de pie y vacío mis bolsillos. Me quito el reloj, los zapatos y los calcetines.

Ana mira cada movimiento que hago.

Me meto en la cama.

—Túmbate —le digo.

Me obedece de inmediato. Se la ve tranquila. Incluso, se la ve complacida. Pero está claro que con ella nunca se sabe.

—Si vas a llorar, llora delante de mí. Necesito saberlo.

—¿Quieres que llore?—me pregunta en tono impertinente.

No le presto atención. Ya ha sido demasiado por hoy. Además no tengo preservativos. Así que respondo en serio.

—No en particular. Solo quiero saber cómo te sientes. No quiero que te me escapes entre los dedos. Apaga la luz. Es tarde y los dos tenemos que trabajar mañana.

Espera un momento. Debe estar pensado algo. Algunos de sus pensamientos enroscados e indescifrables. Mañana será otro día.

Se decide y apaga la luz de la mesita.

—Quédate en tu lado y date la vuelta —le digo cuando ya estamos a oscuras.

La rodeo con mis brazos. Creo que la hará sentir bien.

—Duerme, nena —le ordeno en voz baja.

Y así se queda plácidamente dormida. Y yo también.

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