—He pensado que podríamos celebrar tu graduación. No hay nada como un buen Bollinger—le digo apenas entro a su casa. Creo que una sonrisa invade mi cara. Me siento contento y distendido.

Anastasia está un poco tensa, supongo que tendremos que acostumbrarnos a esto hasta que logre comprender que nada malo le sucederá. Recién hoy a la tarde ha aceptado ser mi sumisa y es posible que todavía la situación le cause algo de temor.

—Interesante elección de palabras —me suelta de respuesta.

No puedo evitar reírme.

—Me encanta la chispa que tienes, Anastasia.

Y es verdad, esa combinación de inocencia, ironía, temor y coraje hacen que su forma de ser sea exquisita. Disfruto de estar a su lado, excepto cuando el miedo se apodera de ella y no se permite dejar salir sus verdaderos deseos.

Me comenta que no hay copas para tomar el champagne. Tienen todo empacado para la mudanza. Solo tenemos la opción de usar tazas.

Estoy de tan buen humor que no me molesta tomar champagne en tazas. Anastasia va a buscarlas a la cocina. La observo irse hacia allí, me encanta su andar.

Al quedarme solo en el salón veo un paquete que me llama la atención. Son los libros de Thomas Hardy que yo le he regalado envueltos en un paquete marrón. Sobre ellos hay una nota que dice:

Acepto las condiciones, Angel, porque tú sabes mejor cuál tiene que ser mi castigo. Lo único que te pido es… que no sea más duro de lo que pueda soportar.

Ha elegido una buena cita, pero no entiendo por qué están en un paquete como si fuera a regalarlos. Es evidente que me los quiere devolver. Y me molesta.

Regresa al salón con las tazas.

—Eso es para ti —me dice nerviosa.

—Mmm, me lo figuro. Una cita muy oportuna. Pensé que era d’Urberville, no Angel. Has elegido la corrupción. Solo tú podías encontrar algo de resonancias tan acertadas.

Me encanta ese costado literario que le da un toque de sofisticación exquisito.

—También es una súplica —me dice en un tono de voz bajo y sensual.

—¿Una súplica? ¿Para que no me pase contigo?

Me dice que sí con la cabeza. Otra vez está nerviosa. Puedo notarlo. En general cuando no habla es que teme que suceda algo que no quiera. He aprendido a conocer sus reacciones.

Yo, en cambio, estoy muy relajado. Me molesta que quiera devolverme los libros, ya que los he comprado para ella. No voy a aceptar que lo haga.

Se lo digo. No vamos a pelearnos por esta tontería. No permitiré que eso suceda.

—Christian, no puedo aceptarlo, es demasiado— me dice mientras hablamos del tema.

Si bien lo dice angustiada, como si tuviera miedo de mi reacción, su actitud no deja de ser desafiante. No dejaré que lo haga de ninguna manera. Aprovecho la ocasión para explicarle las reglas y cómo serán las cosas a partir de ahora.

—Ves, a esto me refería, me desafías. Quiero que te lo quedes, y se acabó la discusión. Es muy sencillo. No tienes que pensar en nada de esto. Como sumisa mía, tendrías que agradecérmelo. Limítate a aceptar lo que te compre, porque me complace que lo hagas.

Hablo en tono tranquilo. No debería por qué preocuparse. Preferiría no seguir hablando del tema de los libros. Son suyos, que haga con ellos lo que quiera.

—Aún no era tu sumisa cuando lo compraste —me responde.

No comprendo por qué quiere seguir dando vueltas con lo mismo. No sé qué sentido tiene toda esta conversación. Es absurdo seguir dándole vueltas.

Me limito a recordarle que ha aceptado ser mi sumisa y espero que, con este comentario, deje ya de lado este tema.

Suspira, está incómoda. Quiere ganar una conversación que a mí no me interesa. Es molesto este costado caprichoso.

—Entonces, ¿es mío y puedo hacer lo que quiera con ello?—me pregunta con desenfado.

Me da curiosidad hasta dónde va a llegar. Respondo con un monosilábico sí.

—En ese caso, me gustaría donarlo a una ONG, a una que trabaja en Darfur y a la que parece que le tienes cariño. Que lo subasten.

No me gusta escuchar esa respuesta. Me decepciona. Si quiere, ya haremos donaciones cuando sea necesario. Esos libros fueron comprados para ella. Sin embargo, no corresponde que yo haga nada para impedirle que haga lo que quiera con ellos.

—Si eso es lo que quieres hacer…— le digo con un gesto que muestra que no me convence su idea.

Se pone roja. Una vez más. Sabe que no debería haber hecho esa propuesta, que es un tanto decepcionante que lo haya dicho.

—Me lo pensaré—dice, tal vez a modo de excusa.

No tiene sentido que se preocupe por esto.

—No pienses, Anastasia. En esto, no.

Es extraño como ha cambiado la energía. Mi sonrisa al llegar ha dado lugar a dar una serie de explicaciones que no me interesa estar dando. Ella se ha puesto más tensa y preocupada. ¿A quién le puede importar los malditos libros? ¿Vamos a estar toda la noche hablando de ellos o pensando que hará con ellos?

No suelo perder la calma. Y esta vez tampoco lo haré.

Anastasia mira sus manos, como si no quisiera mirarme a la cara. Quiero servir el champagne, pero antes de hacerlo quiero sentir que está bien, así que dejo la botella sobre la mesa. Luego voy a su encuentro.

Levanto su cara y hago que me mire. Tiene que entender y entregarse a su nueva situación.

—Te voy a comprar muchas cosas, Anastasia. Acostúmbrate. Me lo puedo permitir. Soy un hombre muy rico.

Con cara de preocupación me dice:

—Eso hace que me sienta ruin.

Por su expresión puedo notar que es verdad, que no lo dice porque sí, que lo siente de verdad. Lo cual es una pena porque no debería preocuparse o sentirse mal por algo tan pequeño. Creo que deberíamos pasar a otra cosa ya mismo.

—No debería. Le estás dando demasiadas vueltas, Anastasia. No te juzgues por lo que puedan pensar los demás. No malgastes energía. Esto es porque nuestro contrato te produce cierto reparo; es algo de lo más normal. No sabes en qué te estás metiendo.

Me escucha atenta, empieza a comprender que tengo razón, se siente segura al escuchar mis palabras. No creo que haya nada ruin en ella. Se trata de unos libros que he comprado solo porque creí que le gustarían.

Le propongo que nos olvidemos del asunto y que bebamos el champagne. Su expresión es mucho más relajada y hasta esboza una dulce sonrisa.

Abro la botella y sirvo las tazas hasta la mitad.

—Es rosado —me dice con cierto asombro.

—Bollinger Grande Année Rosé 1999, una añada excelente —le comento para instruirla.

—En taza.

Me encanta su chispa.

—En taza. Felicidades por tu graduación, Anastasia.

Brindamos. Por su graduación. Y por la firma de nuestro contrato al que daremos paso en un instante.

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