Entramos al coche en silencio. A veces es mejor no llenar los buenos momentos de palabras. Anastasia mira todo. El coche, mi expresión lo que hago. Incluso se observa a sí misma en el espejo retrovisor. Y se toca la boca.

Luego de arrancar pongo música. Ella escucha un momento y saca conversación:

—¿Qué es lo que suena?—me pregunta.

—Es el «Dúo de las flores» de Delibes, de la ópera Lakmé. ¿Te gusta?

—Christian, es precioso— responde entusiasmada.

—Sí, ¿verdad?

La música es algo importante en mi vida. Quizás una de las cosas más importantes. Me complace saber que a ella le gusta y que puede apreciar algo que no conoce. Revela su carácter receptivo. Eso es bueno.

Me pregunta si puedo volver a ponerlo. Por supuesto que puedo.
Es raro que a una joven de la edad de Anastasia le guste la música clásica. Suelen considerarla, erróneamente, como algo de viejos. Son limitaciones que pone la gente en su modo de pensar. Lugares comunes, tópicos, falta de apertura mental. De repente me pregunta como si pudiera leer algo en mi cabeza:

—¿Te gusta la música clásica?

—Mi s gustos son eclécticos, Anastasia. De Thomas Tallis a los Kings of Leon. Depende de mi estado de ánimo. ¿Y los tuyos?

—Los míos también. Aunque no conozco a Thomas Tallis— me responde sincerando su falta de conocimiento, pero no de apertura. Lo siento como una invitación a que le
enseñe un nuevo mundo cultural. Lo cual, por supuesto, me resulta seductor.

—Algún día te tocaré algo de él . Es un compositor británico del siglo XVI. Música coral eclesiástica de la época de los Tudor. Suena muy esotérico, lo sé, pero es mágica.

Luego, cambio hacia una música que conozca. Tampoco quiero agobiarla dándole todo de golpe. Suena Kings of Leon con «Sex on Fire.» Va bien con la escena que acabamos de vivir en el ascensor.

Suena el móvil tres veces en cuestión de minutos. Debo parar la música y atender con el manos libres.
Las dos primeras llamadas son del trabajo. Ella me escucha atenta, tratando de descubrir cómo soy como jefe. Es bueno que lo vea. Seguro pensará que soy seco y cortante, claro en mis órdenes. Y es verdad, porque así soy.

Me hablan sobre el informe que pedí. Perfecto, supongo que cuando lo lea habré resuelto un problema.

En el siguiente llamado me confirman que he recibido el acuerdo de confidencialidad. Un problema menos.

Temo que Anastasia comience a preguntarme sobre lo que escucha para conocerme mejor y saber sobre mi trabajo. Odio que lo hagan. Mi trabajo es algo que hago con mis empleados y me molesta que se entrometan los que no trabajan conmigo. Por suerte no lo hace. Escucha en silencio y luego vuelve a la música sin intervenciones molestas. Otro rasgo de sumisa para sumar a la lista. Perfecto.

La tercera llamada cambia de tono:

—Hola, Christian. ¿Has echado un polvo?

—Hola, Elliot… Estoy con el manos libres, y no voy solo en el coche.

¿Por qué mi hermano nunca es capaz de contemplar una posibilidad como esta? ¿Es que acaso el usa el manos libres?

—¿Quién va contigo?—insiste Elliot, que parece que ha perdido el sentido de la ubicación, una vez más.

—Anastasia Steele.

—¡Hola, Ana!

Saluda con una confianza desmedida. Él es así y de poco sirve que me preocupe o me moleste por eso.

—Hola, Elliot— contesta Anastasia entusiasmada por ese saludo sobrepasado de confianza.

—Me han hablado mucho de ti — insiste en hacerme sentir vergüenza.

¿De qué habla? ¿A dónde quiere llegar?

—No te creas una palabra de lo que te cuente Kate —dice Anastasia.

Elliot se ríe. Pareciera como si fueran viejos amigos que hace un tiempo que no se ven y se hacen bromas y se divierten juntos. “Ana”, “Ana”, pero si se llama Anastasia, querido hermanito.

—Estoy llevando a Anastasia a su casa. ¿Quieres que te recoja?— le digo, aunque sé que tendré que soportar sus preguntas.

—Claro.

—Hasta ahora.

Cuelgo deseando que el maldito teléfono no vuelva a sonar. Quiero disfrutar de la música. Y de la compañía.

Luego ella misma pregunta en por qué insisto en llamarla por su nombre completo. Porque es su nombre, qué más da. Porque me parece sensual llamar a una mujer por su nombre completo, pero eso no se lo digo.

Estamos llegando a su casa. Empiezo en que mi conducta no estuvo bien en el ascensor. He perdido el control y no me gusta que eso suceda. Me gusta que las cosas queden claras y sean consentidas. No es que crea que Anastasia no le haya gustado. Solo que no quiero que se confunda, que crea algo que no es. Que se haga falsas ilusiones. Debe conocerme primero, conocer sobre mi mundo, sobre mi forma de hacer las cosas y decidir si de verdad desea entregarse a eso.

—Anastasia… —comienzo una frase que no sé exactamente cómo terminar.

Me mira preocupada. Probablemente intuye que no es bueno lo que tengo para decir.

—Lo que ha pasado en el ascensor… no volverá a pasar. Bueno, a menos que sea premeditado —le aclaro.

Hemos llegado a su casa. Freno, bajo del coche, voy hacia su puerta y la abro. Ella me mira extrañada. No entiende por qué le digo esto. Se queda pensativa por un momento y luego habla con una inocencia y una dulzura que me perturba.

—A mí me ha gustado lo que ha pasado en el ascensor —dice con voz suave al salir del coche.
Entramos a su casa.

Kate y Elliot están sentados en la sala. Su amiga me mira con mala cara como si ella no se hubiera estado revolcando toda la noche con mi hermano.

—Hola, Ana—la saluda tiernamente, le da un abrazo, la mira. Parece que está corroborando que la devuelvo entera, que no le he quitado ningún órgano vital. Maldición, odio pasar por estás ridículas situaciones.

—Buenos días, Christian —me saluda molesta.

—Señorita Kavanagh —le respondo.

—Christian, se llama Kate —refunfuña Elliot, haciéndome notar que parezco muy formal, en lugar de reconocer que él es demasiado informal.
Elliot se ríe y la saluda a Anastasia con un abrazo que ella parece reconocer como algo positivo. Me siento cada vez más incómodo.

—Elliot, tenemos que irnos —le recuerdo procurando no sonar maleducado.
Esta situación de parejitas me resulta demasiado molesta. Ya hablaré con él en el viaje de regreso.

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