Anastasia acaba de perder su virginidad y yo soy el responsable. Ha sido una experiencia especial y la hemos disfrutado. Hay un entendimiento especial entre nuestros cuerpos.

Sin embargo, necesito corroborar que se siente bien y que no siente que le haya hecho daño. Se lo pregunto y no responde con palabras, solo sonríe y se recuesta a mi lado.

La observo. Está muy bella. De repente se muerde el labio, su gesto que más me seduce.

—Estás mordiéndote el labio, y no me has contestado— le reprocho, un poco burlón.

Sigue sonriendo. Parece una niña. La cara se le ilumina cada vez más.

—Me gustaría volver a hacerlo —dice de repente.

Su respuesta me sorprende. Pasado el primer impacto de asombro, logro distenderme. Muy bien, no se siente lastimada ni tiene ningún problema. Más bien parece ser todo lo contrario. En definitiva, sus palabras me halagan.

—¿Ahora mismo, señorita Steele? ¿No eres un poquito exigente? Date la vuelta.

Alcanza con besarla suavemente para saber que podré cumplir con su deseo. De hecho, creo que podría follármela varias veces más. Su aroma, sus formas…

Observo su espalda. La acaricio, llego hasta sus glúteos. Le desabrocho el sujetador.

—Tienes una piel realmente preciosa —le susurro al oído.

Beso sus hombros. Huelo su exquisita piel…

—¿Por qué no te has quitado la camisa? —me pregunta.

Respondo sin palabras. Me quito la camisa y vuelvo a tumbarme sobre ella.

—Así que quieres que vuelva a follarte… —le digo. Mis propias palabras me van envalentonando.

Sigo besando su oreja, su cuello, su espalda. Luego, levanto sus rodillas, acaricio sus nalgas y voy metiendo mis dedos en ella.

—Voy a follarte desde atrás, Anastasia —le cuento.

Su culo es perfecto y es una verdadera tentación. Pero no puedo ir tan rápido y lo sé, todavía no está preparada.

La inmovilizo debajo de mi cuerpo. Esta sensación hace que mi pene se endurezca mucho más. Me encanta saber que no puede moverse.

—Eres mía. Solo mía. No lo olvides—le digo extasiado.

Introduzco mi pulgar en su vagina y lo muevo en círculos. Ella responde acompañando el movimiento con sus caderas.

—No te muevas —le ordeno.

Se queda quieta. Su placer aumenta. Gime cada vez más fuerte.

—¿Te gusta? —le digo pegado a su oreja.

Saco y entro mi pulgar. Anastasia intenta controlarse pero puedo notar que desearía moverse. Su cuerpo me demuestra que lo está disfrutando.

—Estás muy húmeda y eres muy rápida. Muy receptiva. Oh, Anastasia, me gusta, me gusta mucho —le digo.

La tengo atrapada y la sensación me excita cada vez más. Luego, saco mi pulgar y lo llevo hacia su boca. Le ordeno que la abra, y ella, de inmediato lo hace.

—Mira cómo sabes. Chúpame, nena.

Comienza a chuparme el dedo. Lo hace muy bien. Lo disfruta. Las imágenes de mi pene en su boca pasan una detrás de otra por mi cabeza.

—Quiero follarte la boca, Anastasia, y pronto lo haré —le digo con una voz completamente excitada.

Algo provoca en ella, porque me muerde. Eso hace que yo gima y tire de su pelo.

—Mi niña traviesa —le digo.

Cojo un condón. Odio hacerlo con condones, pero sé que no tengo otra alternativa por ahora.

Le indico que no se mueva.

Vuelvo a caer sobre ella y, una vez más, la inmovilizo. Es terriblemente excitante sentir su cuerpo inmóvil bajo el mío.

La penetro lentamente. Llego hasta el fondo. Lo más adentro posible. Ella gime. Salgo y vuelvo a entrar en ella. Voy muy despacio.

—Se está tan bien dentro de ti — murmuro.

Siento su excitación. Está muy receptiva a cada movimiento. Pareciera que va a volver a correrse. Puedo sentirlo.

—No, nena, todavía no —le indico.

Quiero que aprenda a controlarse. Que decida cuando alcanzará el clímax. Debe saber hacerlo.

La dejo descansar un momento. Que la excitación baje apenas. Entonces, vuelvo a penetrarla.

—Por favor —me ruega.

Su súplica es melodía para mis oídos. Me encanta escuchar sus ruegos.

—Te quiero dolorida, nena —le digo.

Yo también debo controlarme, podría correrme ya mismo si lo quisiera. Pero aguanto y multiplico nuestro placer.

—Quiero que, cada vez que te muevas mañana, recuerdes que he estado dentro de ti. Solo yo. Eres mía.

Gime. No puede resistirlo.

—Christian, por favor —sigue con sus súplicas.

—¿Qué quieres, Anastasia? Dímelo.

Sus gemidos comienzan a ser gritos ahogados. Los dos estamos por estallar.

—Dímelo —vuelvo a ordenarle.

Finalmente habla:

—A ti, por favor.

Aumento el ritmo. Nuestras respiraciones se alteran cada vez más. Cada vez mis movimientos son más rápidos. Siento cómo se acerca su orgasmo y el mío.

—Eres… tan… dulce. Te… deseo… tanto…—le digo y cada vez estoy más dentro de ella.

Puedo sentir que ahí está llegando.

—Eres… mía… Córrete para mí, nena —le ordeno.

Se corre gritando mi nombre. Sus palabras quedan ahogadas contra el colchón. Entonces, la embisto con rudeza y tengo un orgasmo fuerte y exquisito. Me desplomo contra su espalda. He quedado exhausto.

—Joder, Ana —exclamo, recuperando la respiración.

Salgo de su cuerpo y me tiendo en el costado. Me quito el condón. Anastasia entrecierra sus ojos. Hemos hecho una gran performance.

Descanso un momento recostado. Luego me incorporo de costado para hacerle un comentario. Pero veo que Anastasia está profundamente dormida. La contemplo. En sueños es más bella todavía.

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