No puedo evitarlo. Me enfada que Anastasia tenga planeado ir a casa de su madre y no me haya dicho ni una palabra.

Primero opto por disimularlo. En especial porque estamos delante de toda mi familia. Pero Anastasia se da cuenta de que estoy molesto y me habla sobre el tema.

Hablamos bajo, pero la entrometida de su amiga Kate parece no tener ningún respeto por nada.

—¿De qué estáis cuchicheando los dos? —dice con su tono insoportable.

Evito las palabras pero la furia sale por mis ojos. ¿No tiene límites? De todas formas, creo que entiende mi mirada, porque puedo ver que ambas se asustan.

Entonces, sale Anastasia a defenderla.

—De mi viaje a Georgia —dice tratando de quitarle importancia a todo.

Lo que hace que Kate arremeta sin ningún cuidado.

—¿Qué tal en el bar el viernes con José?

Anastasia se pone nerviosa. La tonta de su amiga está intentando que me den celos. Qué mujer absurda, poca estratega, básica, falta de magia.

—Muy bien —dice Ana, tratando de suavizar todo.

Me arrimo a ella.

—Como para que me pique la palma de la mano. Sobre todo ahora —le digo en voz baja para que solo ella me escuche.

Trato de calmarme.

Entonces entra mi madre y detrás de ella, Gretchen que me mira y se sonroja.

Creo que Ana está mirando todo con mucho cuidado.

Quisiera que ahora su amiga le preguntara por el viernes con el fotógrafo a ver cómo estamos de celos.

Suena el teléfono y mi padre va a atenderlo.

Mi madre le indica a Gretchen que deje la bandeja en el aparador. Ella obedece pero antes de salir vuelve a mirarme. Por supuesto, Anastasia está registrando todo.

Mi padre regresa.

—Preguntan por ti, cariño. Del hospital.

—Empezad sin mí, por favor—dice mi madre.

Siempre es así, la llaman por trabajo desde que recuerdo. Y ella atiende porque ama lo que hace, es su pasión.

Ana mira la comida. Veo que tiene hambre y me alegra.

Empezamos a comer y en seguida, regresa mi madre con cara de preocupación. Las costumbres no han cambiado. Siempre algo pasa, siempre ella se preocupa.

—¿Va todo bien?—pregunta papá como parte del ritual.

—Otro caso de sarampión —suspira ella.

—Oh, no.

—Sí, un niño. El cuarto caso en lo que va de mes. Si la gente vacunara a sus hijos…

Anastasia la mira con cariño y atención. Creo que estudia sus movimientos, escucha atenta lo que cuenta mi madre. Sus clásicos problemas en el hospital para Ana son una novedad.

Mi madre continúa con la historia del chico del sarampión:

—Cuánto me alegro de que nuestros hijos nunca pasaran por eso. Gracias a Dios, nunca cogieron nada peor que la varicela. Pobre Elliot.

Oh, la historia de la varicela de Elliot. Creo que la habré escuchado unas…¿cien veces?

Elliot mira alarmado, parece que no quiere que la cuente delante de su nueva novia.

Pero mi madre se desvía hacia nosotros. Tal vez, percibe la mirada incómoda de Elliot.

—Christian y Mia tuvieron suerte. Ellos la cogieron muy flojita, algún granito nada más.

Mia ríe y yo me limito a hacer mi cara de “oh, sí, ya sabemos esta historia”.

—Papá, ¿viste el partido de los Mariners? —pregunta Elliot, en un intento desesperado por cambiar de tema.

Así, la conversación se desvía al béisbol y yo comienzo a relajarme. Ya solucionaré el tema del viaje de Anastasia en otro momento.

Me gusta charlar con mi padre y con mi hermano. Me hace bien. Hemos pasado por momentos muy difíciles y, ahora, me reconforta lograr esta tranquilidad.

En un momento observo a Ana que le está contando a mamá los detalles de la mudanza a su nueva casa. Veo que se siguen llevando muy bien.

Terminamos los entrantes y escucho que Kate y Mia le hablan a Anastasia de lo maravilloso que es París. Oh, sí, mi dulce señorita Steele nunca ha estado. Debería solucionar eso. Aunque sé que prefiere otros lugares.

De repente, la conversación se extiende y mamá cuenta que París ha sido el lugar donde se fueron de luna de miel con papá. Luego, se sonríen entre sí. Ese gesto, después de tantos años de estar juntos, me sigue pareciendo bello cada vez que lo hacen.

Entonces interviene Mia:

—Es una ciudad preciosa. A pesar de los parisinos. Christian, deberías llevar a Ana a París.

Mmm, preferiría que no me dijera que hacer con mi chica. Además sé que Ana disfrutaría más de otro lugar.

—Me parece que Anastasia preferiría Londres —respondo.

He dado una respuesta perfecta. Sí, sí, señorita Steele, recuerdo todo lo que usted me dice.

Pongo una mano en su rodilla y, luego, subo lentamente mis dedos por su pierna.

Enseguida, se pone colorada como un tomate, lo cual hace que lo disfrute mucho más.

Vuelve Gretchen con el plato principal. Ana no le saca los ojos de encima.

—¿Qué tienen de malo los parisinos? —le pregunta Elliot a Mia—. ¿No sucumbieron a tus encantos?

—Huy, qué va. Además, monsieur Floubert, el ogro para el que trabajaba, era un tirano dominante.

La frase provoca un repentino ataque de tos en Ana, que parece atragantarse. Parece que la idea del “tirano dominante” es algo que la ahoga.

—Anastasia, ¿te encuentras bien? —le pregunto.

Por las dudas, le quito la mano de la pierna.

Luego, le doy una pequeña palmadita en la espalda. Veo que se recupera.

Me siento distendido. Me gusta cómo se desarrolla la cena familiar.

Me divierten las provocaciones de Elliot hacia Mia, las bromas que le hace mi padre a mi madre.

Anastasia está cómoda y todos están encantados con ella.

Mia nos cuenta sus historias sobre París. Me encanta la candidez de mi hermana para contar sus anécdotas. Tiene un brillo especial e inocente.

Luego, Elliot nos comenta de su último proyecto arquitectónico, una nueva comunidad ecológica al norte de Seattle. Todos lo escuchamos atentamente. Kate lo mira embobada. Oh, justo con ella tiene que estar pasando esto. Trato de no prestarle demasiada atención a Kate para no disgustarme.

Hasta que miro a Anastasia y veo que se está mordiendo el labio. Entonces, todos mis pensamientos van hacia una única dirección.

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