Llego hasta su dormitorio. Katherine intenta impedirlo, pero no lo consigue. Me acerco hasta Anastasia, que está llorando.

—¿Qué haces aquí? —me pregunta con asombro mientras trata de disimular su llanto.

Sin embargo, no lo consigue. Las lágrimas se le escapan. Me preocupa verla así. Y, en especial, no entiendo por qué está de esta forma.

Enciendo la lámpara de la mesita que está al lado de su cama. Entonces, aparece Katherine, que sigue histérica.

—¿Quieres que eche a este gilipollas de aquí? — le pregunta a Ana en un estado de alteración insoportable.

La observo y no puedo creer su intromisión. ¿Piensa que Ana es una niña que necesita protección? ¿Piensa que yo quiero hacerle mal? Quisiera echarla, pero, antes de hacerlo, espero a ver cómo reacciona Ana.

Entonces Ana niega con la cabeza. Me alegra que lo haga.

—Dame una voz si me necesitas —le dice—. Grey, estás en mi lista negra y te tengo vigilado —me dice llena de furia.

No puedo dejar de pensar que esta chica está decididamente loca. Sí, es una desquiciada. Tengo ganas de decirle algo, pero lo evito para detener el problema. En definitiva, lo que me interesa es quedarme a solas con Ana y no discutir con esta demente.

Por suerte, Katherine se va y no dice nada más. Entorna la puerta.

Nos quedamos a solas. Vuelvo a concentrarme en Ana y su llanto. Le doy un pañuelo que llevo en el bolsillo.

—¿Qué pasa? —le susurro.

—¿A qué has venido? —me pregunta.

Su congoja continúa. Es que no la entiendo. Quisiera calmarla y no sé cómo hacerlo. Ya estoy aquí. Era lo que ella quería. Ahora quiero verla tranquila.

—Parte de mi papel es ocuparme de tus necesidades. Me has dicho que querías que me quedara, así que he venido. Y te encuentro así.

Ana se queda callada. Ha dejado de llorar, pero no creo que esté mejor. La veo muy angustiada.

— Seguro que es culpa mía, pero no tengo ni idea de por qué. ¿Es porque te he pegado?

Sigue en silencio. Y ella debe entender que esos silencios son imposibles de descifrar para mí. Siempre le digo que es necesario que sea sincera conmigo. Y no lo hace.

Entonces, se sienta y me mira. Hace una mueca de dolor. Es evidente que después de los azotes el culo debe dolerle mucho. Pero ella sabía que sería así. Yo se lo he avisado, hemos hablado sobre el tema.

—¿Te has tomado un ibuprofeno?

Me dice que no con la cabeza.

Antes de seguir hablando decido pasar a la acción.

Voy hacia la cocina. Allí está la desquiciada de Katherine que continúa insultándome.

—Katherine, ¿puedes hacerme el favor de calmarte? Es evidente que si estoy aquí es porque estoy preocupado por Ana y porque la estoy cuidando.

Parece que mis palabras la calman un poco, aunque no demasiado. Tampoco le presto demasiada atención. Cojo las pastillas, un vaso de agua y vuelvo a la habitación.

—Tómate esto —le digo.

Ana me hace caso inmediatamente.

Está más tranquila. Ya no llora. Eso me hace bien. No me gusta verla llorar. Y menos si es por mi culpa.

—Cuéntame. Me habías dicho que estabas bien. De haber sabido que estabas así, jamás te habría dejado.

Soy sincero con mis palabras. Deseo entenderla.

Mira hacia abajo. Empiezo a odiar esa actitud que tiene de bajar la mirada. Quiero que me diga lo que tenga para decirme, que solucionemos los problemas. No quiero que haya malentendidos entre nosotros. Para eso estamos por firmar un acuerdo.

De su boca no salen palabras, así que insisto.

—Doy por sentado que, cuando me has dicho que estabas bien, no lo estabas.

Una vez más, como siempre, se ruboriza hasta quedar roja.

—Pensaba que estaba bien— me dice tímidamente.

—Anastasia, no puedes decirme lo que crees que quiero oí r. Eso no es muy sincero. ¿Cómo voy a confiar en nada de lo que me has dicho?

Otra vez me responde con silencio. De todas formas, puedo percibir que se siente mejor y que está más calmada. Eso es bueno.

Por otra parte, desearía que no asociara los azotes con algo malo, porque no lo es. De hecho, se excitó muchísimo al recibirlos. Trato de que lo vea haciéndole algunas preguntas.

—¿Cómo te has sentido cuando te estaba pegando y después?

—No me ha gustado. Preferiría que no volvieras a hacerlo.

De acuerdo. Tiene que entender que no se trata de algo que tiene que gustarle. El placer no necesariamente está asociado con aquello que nos gusta.

—No tenía que gustarte— le respondo, sin darle más explicaciones que, tal vez, la confundan.

—¿Por qué te gusta a ti?—me dice de repente.

Su pregunta me deja pensando. ¿Debería contestarle? No lo sé. No sé si puede comprender mi oscuridad, aunque puedo explicárselo.

—¿De verdad quieres saberlo?

—Ah, créeme, me muero de ganas—responde sarcásticamente.

No, no, no, señorita Steele, así vamos muy mal. Aunque sé que por hoy no puedo hacer nada más, que no me tiente con sus irreverencias.

—Cuidado —le advierto.

Mi advertencia funciona porque su rostro me mira temeroso. Claro que las palabras no se corresponden con eso.

—¿Me vas a pegar otra vez?— me pregunta desafiante.

—No, esta noche no— le aclaro, para que se quede tranquila.

—¿Y bien? —me dice recordándome que aún no le he respondido.

—Me gusta el control que me proporciona, Anastasia. Quiero que te comportes de una forma concreta y , si no lo haces, te castigaré, y así aprenderás a comportarte como quiero. Disfruto castigándote. He querido darte unos azotes desde que me preguntaste si era gay.

Mi honestidad es extrema. Le digo todo sin darle demasiadas vueltas. A esto me refiero cuando digo que un vínculo solo funciona con sinceridad.

Se queda un momento pensativa.

—Así que no te gusta como soy.

Decididamente no la entiendo. ¿Qué la hace pensar eso? De verdad que no la entiendo. Estoy aquí, en su casa, porque ella dijo que quiere que esté aquí, solo tengo halagos y regalos para ella, ¿cómo llega a la conclusión de que no me gusta cómo es?

La observo.

—Me pareces encantadora tal como eres—le digo.

Y espero que esta vez me entienda.

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