Le pido que pase la noche conmigo y me responde que sin tocarme no lo hará. No puede ser más testaruda. Me enfado. Dejo de besarla y la tensión sexual de la noche se corta de repente. Me echo hacia atrás y le digo:

—Eres imposible. ¿Por qué tengo la impresión de que estás despidiéndote de mí?

—Porque voy a marcharme— me dice, intentando esquivar mi pregunta.

Ella entiende perfectamente lo que le estoy diciendo. No puedo creer como se ha desmoronado todo en cuestión de segundos.

—Christian, tengo que pensar en todo esto. No sé si puedo mantener el tipo de relación que quieres.

Escuchar esas palabras me hacen sentir mal. Siento que algo se rompe y que ya no podré hacer nada por recuperarlo. Me decepciona su actitud y, también, mi fracaso. No quiero perderla. No es lo que queremos ninguno de los dos. Quisiera lograr que pudiera escucharse a sí misma, lo que dice su ¿corazón?

No, no puedo estar pensando en corazones. Estamos aquí para que firme un contrato de sumisa. Me confundo.

Cierro los ojos y apoyo mi frente sobre la suya. Nos relajamos lentamente. Todo ha terminado. Lo puedo percibir. La beso en la frente, huelo su pelo, absorbo ese aroma tan dulce y perturbador que casi me pierde. Luego, la suelto y doy un paso atrás.

—Como quiera, señorita Steele —recobro mi compostura—. La acompaño hasta el vestíbulo.

Le tiendo la mano. Bajamos las escaleras. Me siento decepcionado por su actitud. Ha elegido la peor de las opciones. No estoy enfadado con ella. Pero me molesta que deje todo por miedo.

Me sigue por la escalera hasta el vestíbulo. Es increíble lo dócil que puede ser. Si solo pudiera reconocerlo.

—¿Tienes el ticket del aparcacoches?—pregunto fríamente.

Saca del bolso el ticket y me lo da para que yo pueda entregárselo al portero.

Esperamos. La idea de no volver a verla me perturba. Hemos conectado tanto, la he dejado entrar a mi mundo y ella ha aceptado. Y ahora se quiere ir. Si por lo menos sintiera que es porque no le gusta, no lo sé…Tal vez solo tenga que descansar y ver cómo me siento mañana.

—Gracias por la cena —me susurra.

—Ha sido un placer como siempre, señorita Steele —le respondo.

He dejado de mirarla. Que comience a sentir su soledad. Está arriesgando todo. Deseo volver a verla. Deseo estar con ella. No puedo evitarlo. Es que acaso, ¿no volveré a verla?

—Esta semana te mudas a Seattle. Si tomas la decisión correcta, ¿podré verte el domingo? —se me escapa la pregunta.

Maldición. No quiero seguir insistiendo. Mi actitud me hace perder poder y lo sé. Y no puedo evitarlo.

—Ya veremos. Quizá —me responde, dejando en claro que la única que tiene ese poder en este momento es ella.

¿Sabe Anastasia Steele lo que está haciendo? No logro darme cuenta si se trata del capricho de esta noche o si de verdad ha decidido dejarlo todo.

La observo, sintiendo que, tal vez, sea la última vez. Ese vestido le queda perfecto. Es tan dulce y tan sexy.

—Ahora hace fresco. ¿No has traído chaqueta?

—No.

Me encanta protegerla. Y ella tiene algo que necesita ser protegida, a pesar de su aparente seguridad.

—Toma. No quiero que cojas frío—le ofrezco mi chaqueta.

Sostengo la americana para que se la ponga. Mientras pasa los brazos puedo oler su aroma, el de su cabello, el de su piel. La americana le queda grande y tan increíblemente sexy. Por momento, parece que tiembla. Es innegable que quiere quedarse conmigo, lo cual me alivia y me preocupa por partes iguales. Si quiere estar conmigo, ¿por qué huye?

Llegamos a su coche. ¡¿Ese es su coche?! No puedo creerlo. Es un milagro que todavía esté viva. No quiero permitir que Anastasia, que MI Anastasia conduzca ese cacharro.

—¿Está en condiciones de circular? —le pregunto, preocupado, una vez más, por su seguridad.

—Sí.

—¿Llegará hasta Seattle?

—Claro que sí .

—¿Es seguro?

—Sí. Vale, es viejo, pero es mío y funciona. Me lo compró mi padrastro.

—Anastasia, creo que podremos arreglarlo.

No entiende lo que le estoy diciendo. Se queda un momento pensativa. Como si no me conociera. Como si no recordara aquello que tantas veces le dije: me gusta vivir bien y me gusta que la gente que está a mi lado también viva bien. Puedo permitírmelo. Además, se trata de su seguridad.

— Ni se te ocurra comprarme un coche—sentencia irritada.

¡¿Por qué?! No entiendo qué problema tendría con tener un buen coche. A quién no le gusta tener un buen coche. No me parece nada demasiado excepcional. Quiero que esté segura, cómoda y se sienta bien.

—Ya veremos —le respondo, porque ya he decidido que dejará de conducir este coche viejo y tendrá algo mejor.

—Conduce con prudencia —le indico.

—Adiós, Christian —me responde. Está a punto de llorar, pero no lo hace. Se reprime, al igual que lo estuvo haciendo toda la noche. Finge una sonrisa que decido no responder.

Arranca y comienza a alejarse.

Subo a mi suite. No, no fue una despedida. Sus ojos me dijeron que no fue una despedida.

Sin dudarlo, le escribo un e-mail.

De: Christian Grey

Fecha: 25 de mayo de 2011 22:01

Para: Anastasia Steele

Asunto: Esta noche

No entiendo por qué has salido corriendo esta noche. Espero sinceramente haber contestado a todas tus preguntas de forma satisfactoria.

Sé que tienes que plantearte muchas cosas y espero fervientemente que consideres en serio mi propuesta. Quiero de verdad que esto funcione. Nos lo tomaremos con calma.

Confía en mí.

Christian Grey

Presidente de Grey Enterprises Holdings, Inc.

Sé que lo leerá en un rato, cuando llegue a su casa. Sé que tocaré alguna fibra de su sensibilidad.

Luego apago todos los elementos electrónicos. Por hoy no estoy más disponible para nadie. Y me sumerjo en la noche solitaria con Verdi como música de fondo.

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