Anastasia acaba de conocer el cuarto del placer. Creo que su reacción ha sido buena. Está asombrada, pero ha estado haciendo preguntas, por lo que puedo inferir que le ha causado más intriga que repulsión. Y eso es un buen comienzo.

Sin embargo, cuando bajamos las escaleras, puedo sentir su temor. Es algo nuevo y completamente desconocido para ella y no dejo de sentirme un poco culpable por incitarla a este tipo de placeres.

—Soy totalmente consciente de que estoy llevándote por un camino oscuro, Anastasia, y por eso quiero de verdad que te lo pienses bien. Seguro que tienes cosas que preguntarme — le digo, ya en la cocina.

Prefiero que lo piense bien antes de apresurar una respuesta. No deseo que se sienta obligada a nada.

Creo que puede hacerme todas las preguntas que crea necesario. Eso la calmará y le dará información para tomar una decisión más acertada. Ha firmado el contrato de confidencialidad, así que no me molesta responder a todas sus dudas.

Saco el plato de quesos y las uvas de la nevera. Ella está parada y me mira indagando si debería ayudarme en algo. Comienzo a cortar una baguette y le indico que se siente en un taburete en la barra. Ella acata mi orden, lo cual me llena de satisfacción.

—Has hablado de papeleo— me dice, mientras termino de cortar el pan.

—Sí.

—¿A qué te refieres?

Le explico que además del acuerdo de confidencialidad, necesito que firme otro contrato en donde quedará especificado qué cosas podemos hacer y cuáles no. Es decir, saber cuáles son sus límites y que ella sepa también los míos.

Me mira asombrada. Ahora parece tomarse la situación mucho más livianamente que lo que corresponde. No ha registrado todavía que esta es la única forma que yo tengo de relacionarme con las mujeres.

—¿Y si no quiero?—me dice desafiante.

Perfecto, no hay ningún problema. Supongo que no esperará que le ruegue, ni que arme un escándalo.

—Pero ¿no tendremos la más mínima relación? —me pregunta rápidamente.

—No.

—¿Por qué?— me dice un poco molesta.

—Es el único tipo de relación que me interesa.

—¿Por qué?—vuelve a preguntar asombrada.

Podría ensayar mil respuestas para eso, pero escojo la simple. No me pondré a analizarme frente a ella. Encojo los hombros y voy por la respuesta sencilla:

—Soy así.

—¿Y cómo llegaste a ser así?—sigue indagando.

No me resulta divertido el lugar para el que se ha ido la conversación. No tengo intenciones en ser analizado ni por mi forma de ser, ni por mis gustos. ¿Qué se supone que debería responder?

De verdad, hubiera preferido que indagara sobre aspectos concretos de la sumisión y no que llevara la charla al plano de mi psiquis. Puede que mi cabeza esté un poco perturbada pero no me interesan las explicaciones sobre eso en este momento.

—¿Por qué cada uno es como es? Es muy difícil saberlo. ¿Por qué a unos les gusta el queso y otros lo odian? ¿Te gusta el queso? La señora Jones, mi ama de llaves, ha dejado queso para la cena.

Empiezo a poner la mesa. Anastasia me mira extrañada. Espero que no se sienta incómoda. Y que le guste el queso…

—¿Qué normas tengo que cumplir?— me pregunta sin prestar atención a la comida.

Está ansiosa, no soporta esperar mucho tiempo más, quiere saber y entender todo ahora mismo. Me mira como examinándome. Ha olvidado que estamos por cenar, está focalizada en otra cosa.

—Las tengo por escrito. Las veremos después de cenar— le digo, intentando que se relaje, que disfrute del momento. Ya luego nos ocuparemos del tema.

—De verdad que no tengo hambre —susurra.

—Vas a comer —le digo, sin darle margen a otra respuesta.

No voy a permitir que se emborrache nuevamente y pierda el control. Y menos esta noche. La quiero consciente, decida y segura para mí. Deseo follármela y verla gemir de placer.

Le ofrezco otra copa de vino y me siento a su lado.

Le comento que le hará bien comer y que es importante que lo haga. Coge unas uvas. No es la mejor opción, pero es algo.

—¿Hace mucho que estás metido en esto? —retoma el tema.

—Sí.

—¿Es fácil encontrar a mujeres que lo acepten?—me pregunta ingenuamente.

No dudo en serle sincero. Quizás ella imagine una especie de secta o de casos excepcionales. Es más fácil encontrar una sumisa que una camisa con buen corte. Nunca he tenido problemas con las mujeres en ese sentido.

—Te sorprenderías —le respondo sin darle demasiada información.

Coge otra uva y la mete en su boca. Es delicioso verla comer.

—Entonces, ¿por qué yo? De verdad que no lo entiendo— dice algo afligida.

Termina la uva y se muerde el maldito labio inferior. La respuesta sale sin pensarlo.

—Anastasia, ya te lo he dicho. Tienes algo. No puedo apartarme de ti. Soy como una polilla atraída por la luz. Te deseo con locura, especialmente ahora, cuando vuelves a morderte el labio.

Se pone nerviosa. Pareciera que en lugar de disfrutar del momento y de mis halagos está empeñada en racionalizar toda la situación. La veo pensativa. Me gustaría saber cuáles son sus pensamientos. La observo atentamente, pero nada puedo descubrir en sus gestos.

—Creo que le has dado la vuelta a ese cliché —me dice, acusándome de algo que no comprendo.

—¡Come!— le indico, perdiendo la paciencia.

—No. Todavía no he firmado nada, así que creo que haré lo que yo decida un rato más, si no te parece mal.

Es evidente que su mayor interés está puesto en desafiarme. Me gustan los desafíos, no voy a negarlo. Hasta podría asegurar que me divierten. En general, siempre gano.

Además su actitud rebelde me excita. Será un placer castigarla cada vez que sea necesario. Le sonrío, seguro de que no sabe lo que estoy pensando.

—¿Cuántas mujeres? —me pregunta de repente.

—Quince.

Luego me pregunta la frecuencia, si le he hecho daño a alguna y si le haré daño a ella. Le explico que en algunos casos he estado más tiempo que otro con alguna sumisa, que sí le he hecho daño a una de ellas. Y que sí, que la castigaré cuando sea necesario y que va a ser doloroso. Es justo que lo sepa desde ahora.

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