Aterrizamos en la pista de la azotea de mi edificio. Me siento un poco extraño, es la primera vez que una mujer vuela en el Charlie Tango. No soy de las personas que les da demasiada importancia a ese tipo de eventos. Me parece sensiblería y no va conmigo. La primera vez, la última… No importa.

Sin embargo, me invade una extrañeza a la que no puedo terminar de definir. Ha sido todo tan natural, tan fluido. Creo que casi ni lo he pensado, surgió así, la he invitado sin considerar que nunca antes había llevado a una mujer conmigo. En definitiva tampoco había dormido con ninguna otra antes.

Entre las luces y sombras del momento puedo percibir sus miedos y sus dudas, pero también la excitación que le provoca la experiencia. El instante es fantástico y no quiero que se sienta mal por nada.

De repente, se cruza por mi cabeza que en poco tiempo sabrá la verdad y algo me angustia. No quiero lastimarla. Bueno, no quiero hacerlo sin su consentimiento.

Mientras desabrocho su cinturón de seguridad le digo:

—No tienes que hacer nada que no quieras hacer. Lo sabes, ¿verdad?

—Nunca haría nada que no quisiera hacer, Christian—me responde, aunque todavía no sepa con exactitud a lo que me refiero.

Sin embargo, hay algo en el tono que logra calmarme. Como si, en definitiva, pudiera controlar la situación.

Abro la puerta del helicóptero y bajo. Luego la ayudo a ella a que lo haga. Se la nota nerviosa, como si la altura le diera temor. La cojo de la cintura y la llevo hacia el ascensor.

Cuando entramos puedo verla en mis brazos a través de los espejos. Me reconforta verla ahí. Freno esa sensación en el mismo momento de sentirla.

Entramos al vestíbulo. Anastasia observa todo con la precisión de un detective que busca pistas. Las flores, las paredes, los cuadros. La llevo por el pasillo hasta el salón principal.

Dejo que siga mirándolo todo y haciendo un minucioso registro mental del mobiliario. Se la nota impactada. Luego, le pido que me dé su chaqueta.

Me hace un gesto para decirme que no, indicándome que tiene frío. Luego, mira hacia el piano y detiene sus ojos allí por un momento. Ya le contaré más sobre mis aficiones.

Le pregunto si quiere tomar una copa. Me mira pensativa. Como si no supiera qué hacer o qué respuesta debería darme. Trato de solucionar su duda:

—Yo tomaré una copa de vino blanco. ¿Quieres tú otra?—le pregunto.

—Sí, gracias —me responde

Anastasia camina hacia la pared de cristal. Aprovecho para abrir una botella de vino. Luego, regresa hacia el sector en donde estoy yo.

—¿Te parece bien un Pouilly Fumé?—interrogo para ver sus conocimientos sobre vino.

—No tengo ni idea de vinos, Christian. Estoy segura de que será perfecto—responde tímida y ansiosa. Me gusta su sinceridad.

Le tiendo una copa de vino. Tal vez, esto ayude a que se relaje. Bebe un sorbo y sigue con la observación del lugar, de los objetos, de los detalles.

—Estás muy callada y ni siquiera te has puesto roja. La verdad es que creo que nunca te había visto tan pálida, Anastasia —le comento para asegurarme de que esté bien—. ¿Tienes hambre?

Niega con la cabeza. ¿Debería preocuparme por ella? La deseo, pero también quiero verla bien.

Finalmente rompe el silencio.

—Qué casa tan grande—observa. No creo que sea una observación demasiado especial. Incluso me sorprende escucharla.

—¿Grande?

—Grande—repite convencida, como si dijera algo especial.

—Es grande —le confirmo con una sonrisa.

La miro mirar. Me encanta. Veo que comienza a distenderse, aunque sea un poco.

—¿Sabes tocar? —me pregunta señalando el piano.

—Sí—le confirmo sin entrar en detalles.

—¿Bien?

—Sí—respondo sin modestia, pero sin arrogancia.

—Claro, cómo no. ¿Hay algo que no hagas bien?—parece intentar burlarse.

Sin embrago, decido responder en serio:

—Sí… un par o tres de cosas.

No puedo parar de mirarla, ni siquiera un segundo. De hecho, no quiero dejar de hacerlo.

—¿Quieres sentarte?—le ofrezco.

Me dice que sí con su cabeza. La cojo de la mano y la llevo hasta el sofá. De repente sonríe.

—¿Qué te parece tan divertido?—le digo sin entender su sonrisa.

Decide evadir su risa y mi pregunta.

—¿Por qué me regalaste precisamente Tess, la de los d’Urberville? —interroga. Me sorprende que lo mencione en este momento.

—Bueno, me dijiste que te gustaba Thomas Hardy—menciono sin darle demasiada importancia.

—¿Solo por eso?—me pregunta decepcionada.

De acuerdo, quiere que le diga algo más, que la cautive. No será difícil.

—Me pareció apropiado. Yo podría empujarte a algún ideal imposible, como Angel Clare, o corromperte del todo, como Alec d’Urberville.

Me mira entregada, curiosa. Me desea.

—Si solo hay dos posibilidades, elijo la corrupción —me sorprende con su respuesta.

Escuchar esa respuesta me alienta. Creo que todo irá bien. Los pensamientos comienzan a difuminarse en mi cabeza y solo puedo concentrarme en ella, en su manera de hablar, en lo que acaba de decirme. Pero entonces algo salta en mi interior. Una alarma, algo que me dice que podría sufrir por mi culpa. Algo que me dice que Anastasia en este momento no tiene consciencia de lo que está diciendo. No, no lo sabe.

Completa la escena mordiéndose el labio. Ese gesto me vuelve loco. Vuelvo a caer en esa extraña sensación que siento cuando está a mi lado. Quiero focalizar antes de perderme en mi deseo.

—Anastasia, deja de morderte el labio, por favor. Me desconcentras. No sabes lo que dices.

—Por eso estoy aquí— responde.

De acuerdo, veo que está dispuesta a provocarme. No seré yo quien la detenga esta vez. Quizás, sea el momento adecuado para relajarme y entregarme al placer.

—Sí. ¿Me disculpas un momento?—le digo. Y voy a buscar el contrato para que se entere de qué se trata todo esto.

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