La dulce Anastasia duerme plácidamente. Me encanta ver su rostro descansando. Disfruto de verla tan tranquila.

Mientras la observo pienso que soy el dueño de la pérdida de su virginidad. Mucho más de lo que esperaba en esta noche. Me da una extraña satisfacción que de repente se siente como melancolía.

No quiero distraer su sueño. Intento dormir pero no consigo hacerlo. Nunca he podido dormir acompañado y veo que esta vez no será una excepción.

No sé cómo se sentirá cuando despierte. Quisiera estar a su lado cuando lo haga. ¿Le dolerá algo? ¿Le habré hecho algún daño?

La expresión plácida de su rostro dormido me indica que me quede tranquilo. Nada malo le está pasando a esta niña. Me siento muy extraño y decido levantarme.

Me pongo el pantalón pijama y voy hasta el salón. Quisiera tocar un rato el piano. Eso siempre me ayuda a relajarme.

Me entrego a la música suave y serena en compañía de la noche. La melodía pasa por mis dedos y logra transportarme a un lugar de paz. Me pierdo en esta bella sensación.

El placer es tan grande que creo que dejo por un momento la Tierra para flotar por el espacio. Me siento demasiado bien. A medida que pasa el tiempo las sensaciones van fluctuando.

De repente, veo como las luces del amanecer comienzan a salir. El sonido de mi música es triste ahora. Hay algo de esa tristeza que me hace bien.

Percibo que Ana está allí parada frente a mí. Levanto la vista y dejo de tocar.

—Perdona. No quería molestarte— me dice ruborizada.

Pobre Anastasia. Mi dulce y pobre Anastasia me pide perdón…

—Está claro que soy yo el que tendría que pedirte perdón —me sincero con ella.

Anastasia está quieta y me mira descalza como una niña tierna y desprotegida. Me levanto y voy hacia ella.

—Deberías estar en la cama —le digo.

Sonríe levemente. Me mira e intenta disuadirme.

—Un tema muy hermoso. ¿Bach?

Me encanta su pregunta. Su rostro se ilumina en el comentario.

—La transcripción es de Bach, pero originariamente es un concierto para oboe de Alessandro Marcello.

—Precioso, aunque muy triste, una melodía muy melancólica.

Me ha descubierto. Sí, nena, en el fondo soy triste y melancólico, en especial cuando siento cómo mis sombras me alejan de la gente.

Sonrío y le ordeno que se vaya a la cama.

—Me he despertado y no estabas—me reprocha con dulzura.

No es la primera vez que escucho este reclamo. Ella ya lo sabe. Soy esto. Soy así. Lo siento.

—Me cuesta dormir. No estoy acostumbrado a dormir con nadie —le recuerdo una vez para que vaya acostumbrándose a la realidad.

Por un momento me siento muy vulnerable. Me gustaría acariciarla y no puedo hacerlo.

La rodeo con un brazo y la llevo hasta la habitación.

—¿Cuándo empezaste a tocar? Tocas muy bien.

Creo que percibe mi melancolía e intenta sacar un tema de conversación. Para distraerme. Para saber qué me pasa.

Le respondo con tranquilidad.

—A los seis años.

No es momento de pensar en mí. Me preocupa como pueda sentirse Anastasia. Debería estar descansando. Quiero que esté lo más confortable posible.

Entramos a la habitación. Enciendo una lámpara.

—¿Cómo te sientes? —le pregunto.

—Estoy bien.

Las sábanas están manchadas de sangre. Ella se ruboriza cuando lo mira y yo intento minimizarlo para que no se sienta tan mal.

—Bueno, la señora Jones tendrá algo en lo que pensar —le digo.

Anastasia intenta tapar todo. Me da la sensación de que ella misma quisiera desaparecer. Mira hacia abajo, compungida.

La tomo de la barbilla y levanto su cara. Quiero ver esos ojos y que esos ojos me miren a mí sin miedo y sin vergüenza. Ella intenta sostener la mirada. Y lo consigue, aunque sea parcialmente.

No hay nada que no pueda solucionar unas horas reparadoras de sueño. No debería estar despierta.

—Métete en la cama —le ordeno— Me acostaré contigo.

No sé si cometo un error con mi promesa. Tal vez, no pueda dormir en toda la noche. No estoy acostumbrado a dormir acompañado. Pero su fragilidad me da un irresistible deseo de protegerla. Hay algo de todo esto que puedo detener.

Abro el cajón y cojo una camiseta. Me la pongo. No quiero que nuestros cuerpos se toquen. Creo que esa será la única restricción.

Anastasia me mira. Algo piensa, aunque no logro descifrar de qué se trata.

—A la cama —repito.

Se mete precipitadamente en la cama. Me gusta que me haga caso. Le indico que se de vuelta.

Yo también me acuesto. La rodeo con los brazos por detrás. Siento el delicioso perfume de su pelo.

Hay algo en ese aroma que me hace querer estar más cerca de ella. Y sé que no soy así y que no conseguiré sostenerlo. Pero ella no tiene la culpa de eso. Ella es frágil y bella.

—Duérmete, dulce Anastasia —le digo al oído.

Y nos quedamos en silencio, escuchando solo el tenue sonido de nuestra respiración.

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