No me gusta estar discutiendo con Anastasia, pero sé que por momentos me excita. Me dan ganas de castigarla, aunque sé que todavía no puedo hacerlo. Hablamos sobre su comportamiento la noche anterior. Se emborrachó y se puso en peligro y, ahora, se burla de que me preocupe por ella.

—No quiero ni pensar lo que podría haberte pasado—le digo, a ver si entra en razones.

Sin embargo sigue comportándose como una niña que no ve el peligro. Me mira extrañada y se defiende:

—No me habría pasado nada. Estaba con Kate.

—¿Y el fotógrafo? —le recuerdo a ver si reacciona y comprende.

—José simplemente se pasó de la raya.

Se encoje de hombros como justificándose a ella y justificándolo a él. Me estoy enfadando cada vez más.

—Bueno, la próxima vez que se pase de la raya quizá alguien debería enseñarle modales.

—Eres muy partidario de la disciplina —me responde.

De repente todo cambia para mí. Ha descubierto algo, ha podido percibir una parte de mi esencia.

—Oh, Anastasia, no sabes cuánto.

Que haya descubierto, tal vez sin quererlo, ese costado tan personal, tan mío, me hace sonreír. Ella me mira, ahora, no entiende muy bien qué ha pasado. Le gusta que me haya puesto de buen humor, se le nota en la mirada.

—Voy a ducharme. Si no prefieres ducharte tú primero…

Me gusta hacerle la broma. Ella se pone más nerviosa de lo que podía creer. Me la imagino desnuda, bajo la ducha, pidiéndome disculpas por lo mal que se ha portado anoche.

Veo su rostro preocupado, entonces, me acerco, y acaricio su cara, su labio inferior, para que esté tranquila. O quizás para excitarla aún más.

—Respira, Anastasia —le digo y me alejo de ella—. En quince minutos traerán el desayuno. Tienes que estar muerta de hambre.

Entro en el cuarto de baño y cierro la puerta.

Rápidamente me desvisto y comienzo a ducharme. El agua caliente me reconforta. El vapor distiende mis músculos. Pienso en si ella podrá entenderme, si le gustará mi juego cuando hable con ella y se lo cuente. Quiero tenerla desnuda, aquí, en el cuarto de baño, llenándola de espuma por todo el cuerpo, recorriendo sus pechos, su abdomen, su cintura, sus nalgas. Tengo una erección imposible de disimular, así que empiezo a pensar en otra cosa. Controlo la situación y apago la ducha.
Escucho que ya está levantada. Quiero sorprenderla, así que me apuro. Me pongo una toalla alrededor de la cintura y abro la puerta. Ella está ahí, en bragas, buscando sus vaqueros. Se nota que está descolocada.

—Si estás buscando tus vaqueros, los he mandado a la lavandería —le digo—. Estaban salpicados de vómito.
Tal vez, logre que se sienta un poco humillada. Eso me divierte.

—Ah.
Está roja como un tomate. Entonces, doy el tiro final.

—He mandado a Taylor a comprar otros y unas zapatillas de deporte. Están en esa bolsa.

Me mira avergonzada. Parece que quisiera desaparecer de golpe y, al mismo tiempo, que deseara que me abalance sobre ella.

—Bueno… Voy a ducharme —dice y se encoge los hombros—. Gracias.

Coge la bolsa con la ropa y sale casi corriendo hacia el cuarto de baño. Mira con demasiada atención mi torso desnudo y mojado todavía. Y esa mirada me deleita.
Mientras está allí dentro chequeo algunos mensajes y demás cosas urgentes que, ahora mismo, pueden esperar.
Luego traen el desayuno. Golpeo la puerta del baño para avisarle.

—Va… Vale —me responde nerviosa.

Luego me dirijo a la sala de estar y me dedico a leer el periódico, esperando ver a la señorita Steele vestida en la ropa que he mandado a comprar para ella.
De repente veo que se acerca un poco preocupada y con el pelo un tanto revuelto.

—Mierda, Kate —dice como si el pensamiento le hubiese salido por la boca sin quererlo.

Levanto la vista del periódico y le digo con tono irónico:

—Sabe que estás aquí y que sigues viva. Le he mandado un mensaje a Elliot .

Se queda allí parada pensando vaya a saber qué extraña lucubración sobre su amiga, Elliot, ella y yo. Pareciera como que nunca hubiera pasado una noche fuera de casa. Luego de un momento, digo algo para que reaccione.

—Siéntate —le indico, señalando hacia la mesa.

Se acerca hacia la mesa, mirando hacia abajo. Parece sentir vergüenza. La ropa le queda perfecta, está hermosa y asustada. Está como deseo que esté.

—No sabía lo que te gusta, así que he pedido un poco de todo.

—Eres un despilfarrador —me dice mirando lo platos.

—Lo soy —le respondo.

Es verdad, no puedo evitarlo. Me gusta que la gente que me rodea se sienta bien, que aprecie el confort que puedo ofrecerle. Tengo dinero y me gustan las cosas caras, me gusta que la mujer se sienta halagada, como una princesa, que no le falte nada.
Anastasia come con ganas. Es evidente que estaba muerta de hambre. No puedo evitar sonreír mientras la miro.

—¿Té? —le pregunto.

—Sí , por favor.

Sé que le gustará que haya recordado el té que le gusta.
Vuelvo a mirarla. Se la ve muy bella a cara lavada. Es naturalmente bella.

—Tienes el pelo muy mojado — le observo.

—No he encontrado el secador —me dice y sé que miente, porque no hubo tiempo para que lo haya buscado. Su mentira revela que está intimidada por la situación.

—Gracias por la ropa—continúa.

—Es un placer, Anastasia. Este color te sienta muy bien.

Extrañamente se ruboriza y dirige la mirada hacia abajo. Pareciera que no está acostumbrada a que la halaguen, lo cual no deja de sorprenderme con lo bella que es.

—¿Sabes? Deberías aprender a encajar los piropos —comento para hacérselo notar.

—Debería darte algo de dinero por la ropa.

No puedo creer lo que está diciendo. ¿En serio piensa que quiero que me pague la ropa? ¿No comprende que me va a ofender diciendo esto? Es absurdo. Nunca antes me había pasado una cosa así. Apenas he gastado unos dólares y puedo darme el gusto de hacerlo.
Sin embargo avanza con su idea necia.

—Y a me has regalado los libros, que no puedo aceptar, por supuesto. Pero la ropa… Por favor, déjame que te la pague —me dice y sonríe.

—Anastasia, puedo permitírmelo, créeme.

Espero que entienda y que deje de decir tonterías. No hace falta que se muestre como una mujer autosuficiente en estas tonterías.

—No se trata de eso. ¿Por qué tendrías que comprarme esta ropa?

—Porque puedo.

No voy a darle ninguna explicación. ¿Qué pretende que diga? Compro la ropa porque quiero y puedo. Y porque disfruto de hacerlo y puedo hacerlo. ¿Necesito justificarme por eso?

—El hecho de que puedas no implica que debas —dice jugando a la chica superada.
Opto por quedarme en silencio y mirarla. Que descubra en mi mirada todo lo que quiero decirle. Que siga hablando, deseo saber qué es lo que me quiere demostrar.

—¿Por qué me mandaste los libros, Christian? —me pregunta.
Me cansa fingir. No es momento de jugar. Si quiere saber la verdad que la sepa. No seré yo quien la oculte.

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1 Comentarios

  1. maura dice:

    otro error, bueno no es error en si lo es una contradicción al error que cometieron en un capitulo anterior sobre el té y el café aquí retoman lo del libro que a ella le gusta el té y anteriormente ponen que el dice que lo engaña acerca del té.

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