Saco del bolsillo la corbata de seda gris y le ato las muñecas que a su vez ato en el barrote del cabezal de su cama. Compruebo que el nudo esté bien hecho.

Le he preguntado si confiaba en mí y ha asentido con su cabeza. Mientras me dirijo a quitarle sus zapatillas de deporte le digo:

—Mejor así.

Quiero que confíe en mí, no sé otra forma de relacionarme con la gente. Sé que puedo conseguir lo mejor, por eso necesito que confíen en mí. Sé que Anastasia es una sumisa y tengo que ayudarla a descubrirlo. Por lo tanto la base de todo es que confíe en mí.

Protesta cuando comienzo a quitarle las zapatillas. No se debe duchado luego de hacer ejercicio y debe estar preocupada por oler mal. No deja de parecerme enternecedora. Aunque mis planes ahora mismo nada tiene que ver con la ternura.

—Si forcejeas te ataré también los pies, Anastasia. Si haces el menor ruido te amordazaré. No abras la boca. Seguramente ahora mismo Katherine está ahí afuera escuchando.

Nombrarle a su amiga hará que se controle aún más. Quiero que esté quieta, dispuesta en silencio para mí.

Le quito el pantalón de chándal. Entonces, vuelve a morderse el labio y me termina de volver loco. Presiono con mi dedo sobre su boca para advertirla. Luego, me quito los zapatos, los calcetines, la camisa.

—Creo que has visto demasiado—le digo, y no puedo evitar reírme.

Levanto su camiseta y la enrollo, pero no se la quito. La pongo sobre sus ojos, así no podré ver nada. Tendrá que poner a funcionar sus otros sentidos. Con lo ojos tapados, me sentirá mejor. Entonces decido que es momento de buscar algún complemento para agudizar su sensibilidad.

—Mmm. Esto va cada vez mejor. Voy a tomar una copa.

Salgo hacia la cocina, en busca de hielo y vino. Allí está Kate, tomando un vaso de leche.

—Katherine, espero no estar ocasionándote ninguna molestia.

—En absoluto, Christian, siéntete como en tu casa.

Me doy cuenta que Kate se muere de curiosidad. Quiere saber con todos los detalles que está pasando en la habitación. Pero jamás me lo preguntaría, por supuesto. En cambio me comenta algo sobre sus próximas vacaciones y habla de la graduación también. Yo respondo sin pensar demasiado en lo que digo, manteniendo la cordialidad necesaria, pero atento al vino, el hielo y lo que haré con ellos.

Regreso, cierro la puerta, me quito los pantalones.

—¿Tienes sed, Anastasia?

Me responde lo correcto, el sí que siempre espero. Me inclino, y, al besarla, derramo en su boca un poco de vino blanco. Sus labios están ardiendo. Los míos, helados.

—¿Más?—le susurro.

Acepta y vuelvo a repetir el procedimiento.

—No nos pasemos. Sabemos que tu tolerancia al alcohol es limitada, Anastasia.

Sutilmente le voy haciendo entender que soy yo quien la controla, que debe hacer caso a lo que digo.

—¿Te parece esto agradable?

Suelto un trozo de hielo en su boca. Luego, otro trozo de hielo en su ombligo. Y arde.

—Ahora tienes que quedarte quieta. Si te mueves llenarás la cama de vino, Anastasia.

Flexiona sus caderas, ¿rebelándose?

—Oh, no. Si derrama el vino, la castigaré, señorita Steele.

Bajo las copas de su sujetador. Con los labios helados, beso y tiro de sus pezones. Quiero que sienta esa maravillosa sensación.

—¿Te gusta esto?—le susurro.

Luego, paso el hielo por uno de sus pezones, mientras tiro del otro con mis labios. Su cuerpo reacciona.

—Si derramas el vino, no dejaré que te corras.

—Oh…por favor…Chistian…señor…por favor.

Está perdiendo el control y eso me hace sonreír. Todo el control es mío en este mismo momento.

Flexiona las caderas y el líquido del ombligo comienza a chorrear. Lo lamo, la beso, la muerdo, la chupo.

—Querida Anastasia, te has movido. ¿Qué voy a hacer contigo?

Deslizo mis dedos por dentro de sus bragas. Es encantador sentir su humedad. Introduzco dos dedos.

—Eres una glotona.

Trazo círculos en su clítoris y lo presiono. Le quito la camiseta que he dajado enrollada sobre sus ojos. Ahora sí, puede volver a verme.

Me dice que quiere tocarme. Lo sé. Pero no quiero que nadie me toque, nena. No quiero tampoco tener que estar dando explicaciones, por eso dejo pasar lo que dice y lo aprovecho a mi favor. Muevo los dedos dentro de su cuerpo, presionando el clítoris con el pulgar. Luego, comienzo a alejar la mano. Y otra vez hago lo mismo. Y otra vez alejo la mano. Se desespera. Su cuerpo busca mi mano. Ahora entenderá la lección.

—Este es tu castigo, tan cerca y de pronto tan lejos. ¿Te parece esto agradable?—le susurro al oído.

Su cuerpo debe aprender lo que quiera enseñarle. Todo lo que entendemos con el cuerpo queda grabado en nuestra memoria. A fuego.

Empieza a suplicar. Dejo lo hago un tiempo determinada. Así se hace, señorita Steele, está haciéndolo otra vez muy bien.

—¿Cómo quieres que te folle, Anastasia?

Se confunde en palabras y no puede responder con claridad. No tiene la determinación para pedirme que me la folle de una u otra forma. Tendrá que aprender a distinguir lo que le gusta de lo que no.

—¿Qué quieres, Anastasia?

—A ti, ahora—grita desesperada.

Voy a follármela, pero antes voy a divertirme un rato más con su desesperación. Ya nunca querrá volver a decir “ha sido agradable conocerte”.

—Dime cómo quieres que te folle. Hay infinidad de maneras.

Luego, mientras me pongo el condón me toco froto el pene. Me mira maravillada. Se está muriendo de deseo, quiere que esté dentro de ella. Y yo toco mi pene para que lo desee aún más.

—¿Te parece esto agradable?—le digo, para que aprenda de su castigo.

—Era una broma—gimotea como una nena que pide perdón.

¿Una broma? ¿Quién podría pensar en eso como una broma? ¿Cómo es la forma de pensamiento que tiene la señorita Steele? ¿Para ella todo es una broma? Tendré entonces que quitarle la maldita costumbre de hacer este tipo de bromas.

No dejo de acariciar mi miembro, que me mire, que me desee. Y se lo pregunto.

—¿Una broma?

—Sí, por favor, Christian—me ruega.

—¿Y ahora te ríes?

Responde que no, mientras gimotea. Creo que podría llegar a hacerla llorar. Pero no. Por hoy es suficiente. Creo que ha entendido. Entonces me dispongo a penetrarla.

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