Las tazas de champagne fueron vaciándose una tras otra a medida que fue avanzando nuestra negociación. Nos hemos puesto de acuerdo en ciertos puntos.

En un instante pasaremos a los juguetes sexuales. Tal vez el tema más extraño para Anastasia. Tengo claro que jamás usó nada de esto y, de hecho, es probable que haya varias cosas que ni siquiera conozca. Estoy dispuesto a explicarle todo lo que sea necesario.

Pasamos a la lectura de la lista.

¿Acepta la Sumisa lo siguiente?

• Vibradores

• Consoladores

• Tapones anales

• Otros juguetes vaginales/anales

—¿Tapones anales? ¿Eso sirve para lo que pone en el envase?

Me mira con cara de asco. Creo que será complicado que se relaje con respecto a la penetración anal. En principio, está claro que solo lo relaciona con algo entre asqueroso y doloroso. Intentaré explicarle nuevamente que no debe pensarlo así. Pero, por ahora, solo me encargaré de darle información.

La expresión de su rostro me hace sonreír.

—Sí. Y hace referencia a la penetración anal de antes. Al entrenamiento.

—Ah… ¿y el «otros»?

—Cuentas, huevos… ese tipo de cosas.

—¿Huevos? —me dice como si le hubiera nombrado algo extraterrestre.

No puedo evitarlo. Me salta una carcajada incontrolable. Si ella pudiera ver su expresión en este momento…

—No son huevos de verdad —le aclaro, divirtiéndome mucho.

—Me alegra ver que te hago tanta gracia.

Se ha ofendido con mi reacción. Me mira con cara de preocupación y ojos un poco tristes. Debería comprender que no lo hago con maldad, solo es que me divierte verla tan ingenua con algunas cosas. No debería enfadarse, pero, de todas formas, creo que no estará de más pedirle perdón.

Dejo de reírme, la miro a los ojos y le digo:

—Mis disculpas. Lo siento, señorita Steele. ¿Algún problema con los juguetes?

—No —dice, y sigue seria.

Entiendo que pueda ofenderse un poco, pero no deja de parecerme gracioso estar manteniendo esta conversación de manera tan explícita y, sumado a eso, ver las caras que hace y las preguntas que le surgen.

Trato de ponerme serio nuevamente y me sincero con ella.

—Anastasia, lo siento. Créeme. No pretendía burlarme. Nunca he tenido esta conversación de forma tan explícita. Eres tan inexperta… Lo siento.

Creo que acepta mis disculpas. Se la ve mejor. Bebe champagne y me dedica una pequeña sonrisa.

Es un buen momento para continuar con la lista.

—Vale… bondage —le comento.

Se acerca a leer la lista junto a mí. Puedo verla muy entusiasmada al respecto.

¿Acepta la Sumisa lo siguiente?

• Bondage con cuerda

• Bondage con cinta adhesiva

• Bondage con muñequeras de cuero

• Otros tipos de bondage

• Bondage con esposas y grilletes

—¿Y bien?

Espero sus comentarios, aunque por la disposición de su cuerpo, puedo anticipar la respuesta.

—De acuerdo —me dice casi sin mirarme y se vuelve a concentrar en la lista.

De acuerdo, muy bien, muy buena respuesta.

Sigamos.

¿Acepta la Sumisa los siguientes tipos de bondage?

• Manos al frente

• Muñecas con tobillos

• Tobillos

• A objetos, muebles, etc.

• Codos

• Barras rígidas

• Manos a la espalda

• Suspensión

• Rodillas

¿Acepta la Sumisa que se le venden los ojos?

¿Acepta la Sumisa que se la amordace?

Antes de que comience con sus dudas (que seguro habrá) y sus objeciones, decido hacer yo mis propios comentarios.

—Ya hemos hablado de la suspensión y, si quieres ponerla como límite infranqueable, me parece bien. Lleva mucho tiempo y, de todas formas, solo te tengo a ratos pequeños. ¿Algo más?

Ahora sí doy espacio a sus dudas.

—No te rías de mí, pero ¿qué es una barra rígida?

Me molesta que vuelva sobre la idea de que me burlo de ella. Ya le he explicado lo que me sucedía al respecto. No debería ser tan susceptible. Ese costado de Anastasia, de niña rebelde y susceptible, me molesta demasiado. La única solución serán unos buenos azotes. No puedo esperar a poder dárselos.

—Prometo no reírme. Ya me he disculpado dos veces. No me obligues a hacerlo de nuevo — le digo en tono firme.

Y veo que causa efecto. Entonces, continúo con mi explicación:

—Una barra rígida es una barra con esposas para los tobillos y/o las muñecas. Es divertido.

—Vale… De acuerdo con lo de amordazarme… Me preocupa no poder respirar.

—A mí también me preocuparía que no respiraras. No quiero asfixiarte.

No puedo entender tener que estar dándole esta clase de explicaciones. Por momentos siento que me podría hacer perder la paciencia. ¿No es obvio que yo también prefiero que respire? ¿Es algo que necesite de aclaraciones?

—Además, ¿cómo voy a usar las palabras de seguridad estando amordazada?

Me deja pensando por un instante. De verdad me preocupa que solo esté pensando en lo negativo. Que si va a poder respirar, que si va a poder decir las palabras de seguridad…¿Por qué tendría que necesitarlas? ¿Por qué no se concentra en lo bueno, en pensar en lo placentero que será este nuevo mundo para ella?

Respiro profundo. No quiero enfadarme justo ahora que estamos llegando al final. Me limito a responder sobre las palabras de seguridad.

—Para empezar, confío en que nunca tengas que usarlas. Pero si estás amordazada, lo haremos por señas.

Bebe un poco más de champagne. Creo que está en su límite. Pero, al mismo tiempo, es evidente que es lo que más la relaja para hablar de este tema.

—Lo de la mordaza me pone nerviosa—dice mirando el contenido de su taza.

—Vale. Tomo nota.

De repente levanta la vista. Me increpa con la mirada y lanza una pregunta que llega como un dardo al centro del tablero.

—¿Te gusta atar a tus sumisas para que no puedan tocarte?

No voy a entrar en este tema. Tampoco voy a mentir.

—Esa es una de las razones —susurro.

—¿Por eso me has atado las manos?

—Sí.

Nos quedamos un momento en silencio. Miro hacia la ventana. Ella intenta acercarse. Quiero dejar de hablar sobre por qué no me gusta que me toquen, abandonar este tema ya mismo.

—No te gusta hablar de eso.

—No, no me gusta. ¿Te apetece más champagne? Te está envalentonando, y necesito saber lo que piensas del dolor.

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