Ahí está, entre los brazos de ese fotógrafo del tres al cuarto. Mi corazón se detiene por un instante, hasta que comprendo que no estoy ante el ardoroso encuentro de dos amantes. Ella está forcejeando, intentando quitárselo de encima presa de la torpeza el alcohol, y sólo entonces recupero el aliento, cada latido enviando oleadas de furia y adrenalina a todo mi cuerpo. Llego hasta ellos:

- ¡No, José! –Anastasia se revuelve, articulando a duras penas las palabras. No hace caso, y ella está demasiado débil como para hacerle frente.

- La señorita ha dicho no -me sorprende mi propia calma.

José se vuelve hacia mí y me mira atónito. Soy probablemente la última persona que esperaba ver. La última que querría ver. Pero aquí estoy, capullo. Aléjate. La suelta. Avanzo hacia él furioso, pero Anastasia empieza a vomitar. Ese cerdo se echa a un lado, asqueado, y al instante me olvido de él. ya no juegas, José. Ella me necesita.

La aparto de allí llevándola con cuidado al fondo del aparcamiento, a un sitio discreto protegiendo su intimidad de las miradas de sus compañeros. Sigue vomitando, pero yo estoy siento tranquilo: la he salvado de nuevo. He conseguido llegar a tiempo una vez más, y voy a hacer todo lo que esté en mi mano para que nada malo le suceda. Sin ser apenas consciente he tomado una determinación: serás mía, me encargaré de ti; si mi tranquilidad depende de tu bienestar, entonces yo me ocuparé de que estés a salvo.

Le sostengo el pelo con una mano y la frente con la otra hasta que parece que las arcadas han remitido. Eres preciosa, Ana, incluso así. Le ofrezco mi pañuelo.

- Lo siento mucho -dice retorciéndolo con aire avergonzado.

- ¿Y qué sientes, Anastasia? -porque yo me siento bien. Me siento fuerte frente a su debilidad, soy el caballero blanco (oscuro, grita mi conciencia) que ha venido a rescatarla, y puedo permitirme ser magnánimo ante su derrota.

- Estar mareada. Haberte llamado. Uf, es una lista interminable.

- Todos hemos pasado por esto alguna vez, aunque quizá de manera menos dramática. Es cuestión de límites, Anastasia. A mí me gusta traspasarlos, pero esto es demasiado. ¿Sueles hacer este tipo de cosas?

-Nunca me había emborrachado, y no me apetece nada repetir -murmura contrita.

He estado presente en su primera borrachera. Nunca dejará de recordar este día sin pensar también en mí. Mentalmente, me apunto un nuevo tanto. Anastasia intenta incorporarse del todo, pero se marea. Consigo agarrarla antes de que se caiga al suelo, su aliento apestando a vómito y margaritas, pero no me importa. Entre mis brazos está segura.

- Te llevaré a casa –digo con seguridad. No hay discusión.

- Kate…tengo que decírselo –joder con la señorita Kavanagh. ¿Es que Anastasia no puede salir del círculo que dibujan sus tentáculos?

- Mi hermano se lo dirá. Parece que han hecho buenas migas.

- ¿Cómo?

- Mi hermano Elliot está hablando con tu amiga. Estaba conmigo cuando recibí tu llamada.

Le sorprende saber que estoy en Pórtland de nuevo, de nuevo alojado en el Heathman. Ahora no hay tiempo para esto. Nos vamos.

- ¿Has traído bolso o chaqueta?

- Sí, pero por favor, Christian, Kate se preocupará, tengo que decírselo -el alcohol ha minado aún más su determinación, esa que parece que pierde cuando está cerca de mí.

- De acuerdo, si no hay más remedio… Mierda, Anastasia, ¿es que siempre tengo que ceder? Hasta borracha eres testaruda.

La cojo de la mano y volvemos al bar; prácticamente tiro de ella para mantenerla en movimiento, sus pasos pesados son demasiado lentos, y yo quiero terminar con este jodido trámite cuanto antes. El bar sigue atestado, y terriblemente ruidoso, pero al menos no hay ni rastro de José. Nos abrimos paso entre la multitud hasta llegar a la mesa que ocupaban sus amigos, pero Kate no está allí. Ahora que lo pienso, tampoco está Elliot. Conociendo a mi hermano, me temo lo peor. O lo mejor: parece que al menos uno de los Grey va a divertirse esta noche.

Anastasia se inclina para recoger sus cosas tras cruzar unas palabras con otro de los niñatos de su grupo, que me observa con una mezcla de temor y desaprobación.

- Kate está bailando -se acerca hacia mí alzando la voz por encima de la música.

Christian, paciencia. Más paciencia. Ya no me queda mucha, la verdad. Si vamos a seguir aquí un rato más, habrá que hacer algo con Anastasia. Se encuentra en un estado lamentable. La llevo a la barra de la mano y la obligo a beberse un gran vaso de agua.

¿Qué estás haciendo conmigo, Anastasia? No me reconozco. Estoy siguiéndote el juego, esforzándome por hacer las cosas a tu manera. No será hoy, pero sé que al final tendré mi recompensa.

La tomo de la mano una vez más, como si fuera una niña pequeña. Y lo es… necesita de mi protección. Me necesita a mí. Y ya que estamos aquí, creo que voy a disfrutar un poco. Nena, vas a bailar conmigo. Sonrío entre las luces de colores. Ella no quiere bailar, pero a mí no me importa.

La arrastro hacia la pista entre mis brazos, notando cómo sigue la cadencia de mis movimientos; su cuerpo responde al mío, o más bien lo obedece. Vaya, me estoy empezando a divertir. Y a excitar.Cruzamos la pista así, agarrados el uno al otro. Sí, Anastasia, sí, déjate llevar. Yo te sostengo. La aprieto contra mí, aún más fuerte. De pronto diviso a Elliot, que parece que se está divirtiendo con esa Kate. Dirijo nuestro baile hacia él, que deja que la rubia se frote contra su cuerpo en una suerte de danza hipnótica.

- Veo que no pierdes el tiempo, Elliot, querías admirar las bellezas de Portland y lo has conseguido.

- Desde aquí tengo las mejores vistas -ríe encantado de su propia ocurrencia señalando con la cabeza las caderas de Kate, que dibujan espirales al compás de la música. Tira de ella hasta que se acurruca zalamera entre sus brazos. No me gusta.

- ¿Es esta tu amiga misteriosa? Hola guapa, me llamo Elliot -le tiende la mano a Anastasia, que suelta mi mano para estrechársela.

- Anastasia, encantada –suficiente charla. Recupero su mano, y tiro de ella.

- Nosotros nos vamos Elliot, me imagino que tú te quedas.

- Dios sabe que sí, hermanito –arrastra a Kate hacia la barra y lanzándome un guiño cómplice, desaparece entre la multitud.

Ella es una más, una cualquiera rendida ante los encantos de mi hermano. Puedo notar el deseo en cada poro de su piel. No me sorprende, Elliot siempre ha tenido mucho éxito con el sexo opuesto, pero esto es demasiado. Sólo tiene ojos para él. No le importa su amiga, ni yo, ni lo que ha ocurrido. Me asquea. Pero se ha terminado, por fin, y me apresuro a sacar de allí a Anastasia.

De repente, antes de alcanzar la puerta, siento cómo se desploma entre mis brazos. ¡Mierda! Recorro a toda prisa la distancia que me separa del coche e introduzco a Anastasia con sumo cuidado en el asiento del copiloto. Le abrocho el cinturón y conduzco en dirección al Heathman. Está claro que no puedo dejarla sola, y menos con esa zorra que tiene por compañera de piso.

Es tarde, y no quiero despertar al personal. Este es un asunto privado y yo me ocuparé de todo. El portero de noche me abre la puerta mientras avanzo con una Anastasia todavía inconsciente en mis brazos. Impertérrito, se toca la gorra haciendo un ademán a modo de saludo, y nos franquea el paso. Anoto una propina mental.

Ya en mi suite, la tiendo en mi cama, la descalzo y le quito también esos horribles vaqueros que tanto le gustan y que, por lo que veo, ocultan unas piernas esculturales y bien torneadas. Las recorro tiernamente con la yema de mis dedos, pero sin un ápice de deseo. Ahora no. En este momento Anastasia sólo me inspira ternura; su indefensión y desamparo hacen que me sienta fuerte. De momento quiero que descanse, y ya habrá tiempo mañana para las reprimendas.

La tapo con el edredón, apago las luces y me siento en una butaca a vigilar su sueño. Es tan hermosa. Anastasia, prácticamente eres mía, aunque no seas consciente de ello. Lo deseas, lo sé, pero… ¿Aceptarás mis condiciones? ¿Firmarás el contrato? Por mucho que me duela, es una condición sine qua non, imprescindible para que pueda existir un nosotros.

Con la calma de saber que esta vez he salvado a la chica indefensa dejo que el sueño me venza. Esta vez sí, mami. Despierto en la misma posición, con todo el cuerpo entumecido. Intuyo que ha pasado casi toda la noche y una incipiente claridad, preludio del amanecer, se filtra entre los pliegues de las gruesas cortinas haciendo visibles los contornos de los muebles. Anastasia duerme plácida, respira profundamente presa del sueño pesado del alcohol. Coloco un par de analgésicos sobre su mesilla y observo sus pantalones doblados al pie de la cama. Debería tirarlos a la basura, pero creo que haré que los laven. Pero no saldrá del hotel con ellos puestos, Taylor se encargará de conseguirle algo de ropa nueva. Hoy empieza tu nueva vida, querida Ana. Una vida manejada a mi antojo. También ordenaré que le traigan un zumo de naranja, estoy seguro de que no se alimenta como es debido, y la vitamina C es lo mejor para la resaca.

Con un gesto muy sutil le retiro un mechón de pelo de la frente y susurro cuatro palabras:

-Descansa, mi pequeña Ana -creo que iré un rato al gimnasio.

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