Vale, le he empezado a decir que tal vez podríamos probar eso que pidió ella que

“quería más”. Me da un poco de temor, pero al mismo tiempo, si lo manejamos

dentro del contrato…

La cojo de la mano. De repente, su expresión ha cambiado. Está radiante,

ansiosa, feliz. Entonces le explico lo que estoy pensando:

—Podríamos probarlo durante el tiempo en que no seas mi sumisa. No sé si

funcionará. No sé si podremos separar las cosas. Igual no funciona. Pero

estoy dispuesto a intentarlo. Quizá una noche a la semana. No sé.

Su cara se termina de iluminar. La felicidad le salta de los ojos. Parece que ella

también siente que está consiguiendo lo que deseaba. Me alegra eso.

Entonces, aprovecho para hablarle de la única condición que tiene mi

ofrecimiento.

—¿Qué? —me pregunta asustada.

A pesar del miedo, su rostro refleja buena predisposición.

—Que aceptes encantada el regalo de graduación que te hago.

—Ah.

Se queda inmóvil. Sabe que no puede decir que no. Podría molestarle, pero

ahora no podrá sentirse incómoda por esto. Es mi condición, señorita Steele. En

el fondo sé que se alegrará.

La observo. No logro distinguir muy bien en qué está pensando.

—Ven —le digo y la llevo hasta la puerta.

Me quito la cazadora y la dispongo sobre sus hombros. No quiero que sienta frío.

Sus ojos se abren gigantes ante el Audi rojo de tres puertas que he elegido para ella.

—Para ti . Feliz graduación —le digo y beso su cabeza.

No sabe cómo reaccionar. Está feliz, está enfadada, está indecisa sobre sus propios sentimientos. Me mira asombrada, no termina de reaccionar.

No la dejo que siga pensando. la cojo de la mano y la llevo hasta el coche. Que lo vea más de cerca, que comience a disfrutarlo.

—Anastasia, ese Escarabajo tuyo es muy viejo y francamente peligroso. Jamás

me lo perdonaría si te pasara algo cuando para mí es tan fáci l solucionarlo…

La observo, quiero ver que dirá. Ella no me mira, está maravillada contemplando el Audi.

Pasa un momento y sigue sin decir una palabra. Intervengo.

—Se lo comenté a tu padrastro. Le pareció una idea genial —le digo en espera de una reacción.

La expresión se le transforma. Creo que no ha sido una buena idea.

—¿Le mencionaste esto a Ray? ¿Cómo has podido?— me dice furiosa.

Oh, veo que esto será más problemático de lo que había pensado. De acuerdo, le dije algo a Ray, quien se mostró asombrado y feliz por su hija. ¿Por qué habría de hacerse problema ella?

—Es un regalo, Anastasia. ¿Por qué no me das las gracias y ya está?— le digo, tratando de pasar por alto esta situación.

—Sabes muy bien que es demasiado.

Me mira y parece ofendida. Sus ojos siguen esquivos, el tono de voz es hotil. No debería enfadarme por esto. Además no es demasiado para mí y, en algún punto, estoy agotado de seguir aclarándoselo.

—Para mí , no; para mi tranquilidad, no.

Nuevamente se queda pensativa. Supongo que tiene un debate interno entre su orgullo y su agradecimiento. Si lograra relajarse todo sería mucho mejor para los dos.

Sigue observando el coche, metida en sus pensamientos. Se la ve impentrable. Me gustaría que pudiera disfrutar de este momento.

—Te agradezco que me lo prestes, como el portátil— dice de repente.

Sé que no sirve de nada empezar a discutir en este instante. Suspiro profundo, como queriendo ganar paciencia extra para la situación.

—Vale. Te lo presto. Indefinidamente.

Espero que ahora se relaje y que pasemos a otro tema.

—No, indefinidamente, no. De momento. Gracias.

De acuerdo, esto será más difícil de lo que pensaba. Una vez más. Como todo, como ella, como la forma compleja de la misma Anastasia Steele. A veces creo que ha tocado una fibra especial en mí, lo que ha logrado que le tenga esta paciencia especial.

—Gracias por el coche, señor —entra mágicamente en el juego.

Me encanta escucharla decir eso. Me excita que pueda divertirse conmigo, que se entregue, que disfrute del momento y de los regalos.

Ya está, ya es mía, ya estamos en el comiezo de lo mejor.

La estrecho contra mi cuerpo. Con una mano la tomo de la espalda y con la otra, del pelo.

—Eres una mujer difícil , Ana Steele.

Me mira como piediéndome perdón.

La beso. Nuestras lenguas se unen. Me excito. Mucho. Cómo me excita esta mujer. Un simple beso me ha excitado a niveles elevados. La desnudaría aquí mismo. Le demostraría quién es su amo.

—Me está costando una barbaridad no follarte encima del capó de este coche

ahora mismo, para demostrarte que eres mía y que, si quiero comprarte un

puto coche, te compro un puto coche. Venga, vamos dentro y desnúdate.

He perdido la paciencia. Mi excitación ha hecho que toda mi maldita paciencia se haya desvanecido en un segundo. La beso sin ninguna dulzura. Pero puedo percibir que brusquedad le gusta.

Anastasia también está excitada. La cojo de la mano y la llevo para dentro.Al dormitorio. Basta de vueltas, basta de objeciones.

Enciendo la luz de la mesilla. Me mira con cara de nena inocente.

—Por favor, no te enfades conmigo —me susurra.

No quiero empezar otra vez a escuchar nuevos argumentos. Anastasia Steele, es momento de empezar a cumplir con el contrato.

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