Tendré que hablar con ella. Hace tiempo que dejó de ser mi Ama y aún así, de vez en cuando se toma la libertad de disponer de mi voluntad, estirándola un poco, apenas nueve minutos. Es su forma de mantenerme cerca y de controlar, si no es ella la que comparte las prácticas conmigo, con quién y cuando lo hago. Pero ya pensaré en esto más tarde, ahora tengo una sumisa tardona a la que castigar.

- Llegas tarde.

- Lo siento, señor Grey.

- ¡Cállate!

No merece más charla, no me interesa ni su nombre, ni sus motivos para llegar tarde. Enfurecido, cambio los pañuelos de seda por unas esposas. Me agacho hacia ella y bruscamente las ciño alrededor de sus muñecas. Mi sumisa ahoga un gemido. Están muy apretadas, lo sé, pero has llegado tarde, y no voy a tener contemplaciones. Agarro firmemente su trenza y tiro de ella.

- Anda, ahora. ¡Muévete!

La arrastro hacia el interior del cuarto de juegos. Sus pies no responden del todo a mis tirones, lo que me hace enfadar aún más.

- Ah -dice al tropezar.

- ¡Silencio! ¡No te he dado permiso para que hables!

- Lo siento, Amo.

- ¡SILENCIO!

Al llegar al centro de la habitación suelto a mi sumisa, que torpemente se cae, las manos esposadas frente a la cara. La vara de sauce empieza a antojárseme poca cosa para castigar su rebeldía, pero es la primera vez que nos vemos… Por hoy, seré indulgente.

- Llevo todo el día esperando este momento. Y tú, vas a saciarme. Tú harás todo lo que yo te diga. Tú obedecerás.

- Sí, Amo.

- Levanta la cabeza. Mírame.

La sumisa obedece. Intento reproducir aquella escena: Anastasia, en el suelo de mi despacho, caída frente a mí. Sí, así es, es perfecto. La misma mirada asustada. Pero esta vez no voy a levantarla del suelo. Todo lo que no te hice, Anastasia, lo voy a hacer ahora mismo. Recorro con la punta de la vara la línea de su espalda, hasta que queda enganchada en el elástico de sus bragas. Tiro de él, dejando al descubierto sus nalgas. La vara restalla por primera vez. El juego empieza.

- No te muevas -ordeno.

Necesito unos momentos para meterme en mi papel, para dejar de pensar, de comparar, y centrarme sólo en su cuerpo. Está desnuda, dándome la espalda, la marca de la vara de sauce difuminándose en su culo. Respiro hondo, observándola. Sé que tiene miedo. Eso me gusta. Hace bien en tenerlo, ya que ha conseguido enfurecerme, y ahora tendrá que pagar por ello.

No tengo que andarme con miramientos; Elena sabe que todas mis sumisas, aun las ocasionales, deben pasar estrictos controles de calidad. No conozco el nombre de esta chica, tal vez nunca lo haga, pero estoy plenamente convencido de que está sana, que toma la píldora, y que sabe a lo que ha venido. Estoy listo. Ya puedo dejarme ir.

Me acerco a ella por detrás, desnudo. Noto cómo mi aliento mueve la fina pelusa de su nuca por debajo de la trenza mientras, casi delicadamente, le quito las esposas. Ella tiembla imperceptiblemente con lo que adivino una mezcla de temor y expectación. Mi pene, erecto, roza su culo en el proceso. No puede evitar un ligero gemido.

No es mi intención dejarla libre, por supuesto, pero para lo que tengo en mente es necesario otro tipo de sujeción. Me inclino por unos brazaletes metálicos que tienen unas aberturas para pasar por ellos unas cadenas, dejando así a la sumisa sin libertad para moverse, ya que los tirones y forcejeos no hacen más que hundir el metal en la carne, apretándolo más.

Pero ella no se resiste. Supongo que esta no es su primera vez, y yo lo prefiero así al menos en esta ocasión. Me agacho para ajustarle los brazaletes de los tobillos y al incorporarme su sexo queda a la altura de mi cara. Tironeo suavemente de sus labios oscuros que contrastan con la blancura casi enfermiza de su piel. Me gusta tenerlas así, entregadas. He colocado las cadenas de tal manera que la obligan a arquearse, los brazos por encima de la cabeza y los pechos ofrecidos, como frutas maduras a la espera de ser recogidas. Los abarco con las manos, acariciándolos. Empujo uno contra otro y lamo sus pezones, casi juntos. Otro gemido. Acto seguido los aprieto entre el pulgar y el índice de cada mano, primero de forma suave y después con más fuerza, retorciéndolos. Esta vez exhala un grito de dolor, que hiere mis tímpanos. Me levanto lentamente y cambio de posición las cadenas, dejándola totalmente expuesta, brazos y piernas abiertos formando un aspa.

Recurro de nuevo a la vara de sauce. Esta vez los azotes son para castigarla, y lo hago de forma fría, calculada. Un varazo, en la zona de los riñones. Exactamente cuatro segundos después, en la cúspide del dolor, otro varazo en lo que observo con satisfacción que es el mismo punto. Cuatro segundos más. Otro varazo. La he azotado cinco veces, las suficientes para no romper su piel, y para evitar un entumecimiento que restaría eficacia a mi castigo. Como siempre, he sido meticuloso y las cinco marcas se convierten en una sola salvo para el ojo experto.

Y esta vez sus gritos han sido música para mis oídos, con un jadeo suelto la vara y la poseo salvajemente, agarrando de nuevo sus pechos desde atrás y encajando las rodillas en sus corvas. No se lo esperaba. Mis embestidas son frenéticas, bestiales, y ella no puede hacer nada por evitarlas. Siento crecer dentro de mí un orgasmo violento y catártico que me deja débil y exhausto, y durante unos instantes me quedo así, desmadejado y flácido dentro de ella.

Comienzo a trabajar su propio placer, y mi lengua recorre su espalda, deteniéndose para lamer con más suavidad las lesiones provocadas por su osadía. Acaricio sus piernas, aflojo las cadenas que la mantienen en tensión y masajeo sus hombros doloridos. Con un dedo bajo su barbilla le alzo la cara por un instante, y en silencio enjugo de su mejilla una solitaria lágrima mientras una mano exploratoria se adentra en su sexo. Froto su clítoris con mi pulgar y ella se humedece. Introduzco primero uno y luego dos dedos por su vagina, y un tercero en su ano. Los muevo como queriendo juntarlos entre sí a través de esa fina barrera de carne que los separa, y siento cómo su placer crece y se hincha a medida que mi mano experta manipula sus zonas erógenas.

Su orgasmo aun escurriéndose entre mis dedos, su boca húmeda y lasciva…. La empujo hacia abajo e introduzco mi pene entre sus labios, follando su boca, notando cómo mi glande choca contra su paladar. La uso durante más de media hora y retengo su cabeza contra mi vientre en el momento culmen, cuando más vulnerable estoy. No soporto que me miren.

La despojo del resto de las cadenas y de los brazaletes, y la tumbo en el suelo antes de irme. Al salir de la habitación una voz anhelante me detiene por un segundo:

-¿Volveré a verte, Amo? –dejo que el silencio responda y cierro la puerta sin ruido.

La aguja de Seattle resplandece bajo la luz de la luna cuando regreso a mi habitación. Sobre la mesilla de noche está el paquete que Morgan ha conseguido para mí, Taylor ha debido traerlo de mi despacho. Me siento tentado de abrirlo pero necesito una ducha antes. No quiero ensuciar el regalo de Anastasia. El agua cae sobre mi cuerpo y cierro los ojos, levantando la cara hacia la cascada tibia y reconfortante. Las imágenes de la noche se agolpan en mi mente. La chica de Kansas en el suelo, retorciéndose con cada uno de mis golpes, el sonido de la tela de su ropa interior al rasgarse, el chasquido metálico de las esposas en su lucha inútil por liberar sus muñecas… Y Anastasia, que aparecía tan viva como cuando me hablaba de sus libros. Abro los ojos, desconcertado. Sé perfectamente que las sumisas son meras actrices, cuya identidad real no me importa. Y, sin embargo, mientras penetraba a aquella granjera, era Anastasia la que me encendía.

Renovado y confundido vuelvo a mi habitación y ahora sí, abro el paquete. Los tres volúmenes de Tess, la de los D’Urberville, se convierten en la fórmula perfecta para pasar otra noche de insomnio. Su historia me hace pensar en ella, en nosotros. La joven e inocente muchacha corrompida contra su voluntad. Un pasaje llama especialmente mi atención:

¿Por qué no me dijiste que era peligroso? ¿Por qué no me lo advertiste?

Las mujeres saben de lo que tienen que protegerse, porque leen novelas que les cuentan cómo hacerlo…

Esto es exactamente lo que habría querido decirle a Anastasia cuando la sostenía entre mis brazos, después de que el ciclista estuviera a punto de arrollarla. Soy peligroso, Anastasia. Pero, ¿cómo protegerte, si la amenaza soy yo mismo? En plena noche me dirijo a mi estudio, y trazo con mi pluma las palabras de Tess en una tarjeta. Soplando sobre la tinta, reordeno mis planes. Cuando Elliot me dijo que me llevaría a la ópera en Portland pensé que sería una buena oportunidad para llevarle el estuche de piel, y dárselo en mano. Pero ahora he encontrado la fórmula para decirle a Anastasia lo que siento: quiero llegar a ella con las palabras de Tess, yo nunca habría podido decirlo igual de bien. Mañana por la mañana enviaré un mensajero a entregárselo. De algún modo he encontrado la manera de decirle a Anastasia que se cuide de mí, pero que voy a estar cerca.

Más calmado, vuelvo a la cama. La lucecita roja de mi Blackberry me indica que hay un mensaje.

*¿Qué tal la barrendera? Elena x*

Ni siquiera respondo. Cuando suena el despertador, varias horas después, descubro que mi mano reposa sobre la piel del último volumen de de Thomas Hardy, y sonrío.

- ¿Taylor? Podemos irnos cuando quieras.

- De acuerdo, señor Grey. Voy a preparar el R8. ¿A la consulta del Dr. Flynn?

- Sí, gracias.

Durante los seis años de terapia que llevo con el Dr. Flynn se ha convertido casi en un confidente. Sólo hablo de mi vida con él, y con Elena. Con el tiempo he aprendido a utlizarlos casi como una liberación, una oportunidad para mostrar el Christian que soy sin necesidad de firmas, de contratos. Ninguno de los dos cuestiona mis actos, Elena me inició en este juego y el doctor nunca lo ha calificado de patología, sino de forma de vida. Me siento en la mesa, frente a él, y mi máscara cae sola.

- Dr. Flynn, he vuelto a ver a mi madre.

Le hablo de Anastasia, del ciclista, de Thomas Hardy y del perturbador encuentro con la chica que barría el salón. Las palabras fluyen como un torrente, un pensamiento enlaza con otro con sorprendente facilidad.

- ¿Y qué siente, señor Grey?

- Miedo, y hambre.

- ¿Miedo y hambre?

- Sí. Es desconcertante. Miedo a no tener el control. A no dominar la situación. Yo… me comporto distinto. Nunca antes había perseguido a una mujer. Ella es… ella es distinta.

- ¿En qué sentido?

- Tiene cara, tiene nombre, tiene una vida que quiero conocer.

Ray, José, la rubia y el chico de la ferretería conocen esa vida. Ellos llenan un espacio que quiero poseer, pero no sólo de la forma que ninguno de ellos podría.

- Quiero ser todo para ella, dentro y fuera del cuarto de juegos.

- ¿No son las mismas bases que establece con el resto de sus compañeras?

- No… bueno sí. El pacto es el mismo, las bases no han cambiado. Ni siquiera la intención, pero sus ojos me persiguen.

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1 Comentarios

  1. Diana dice:

    ¿Varazos en la zona de los riñones? ¡JAMÁS! En el mundo BDSM, y más alguien con tanta experiencia como la que tiene Grey, jamás pegaría en la zona de los riñones, esa zona jamás puede ser lastimad, menos con golpes, son órganos vitales y es demasiado dañino para la sumisa, y con lo cuidadoso y pro salud que es Christian, jamás quebrantaría una norma de seguridad como esa… Lean un poquito antes de redactar

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