Entra al cuarto de juegos y se queda boquiabierta. Durante un largo rato observa todo en el más absoluto de los silencios. Repasa cada rincón de la habitación: las cuerdas, las cadenas, los grilletes, los palos, los látigos, las fustas. Se detiene especialmente a mirar la cama y el sofá.

Yo estoy parado detrás de ella y la observo. ¿Qué estará pensando de todo esto? Imposible saberlo. Tal vez, salga corriendo. Tal vez, lo acepte. Lo que tengo claro es que probablemente nunca ha estado en un lugar así. Su rostro y, en especial, sus ojos brillantes me lo indican.

Comienza a avanzar por la habitación y se detiene frente al látigo de tiras. Parece que ha llamado su atención particularmente. Lo toca, como si tratara de un elemento exótico que nunca ha visto en su vida.

—Es un látigo de tiras —le indico, para que pueda ir reconociendo los objetos.

Puedo percibir que está asustada, pero no puedo garantizarlo. Se la ve nerviosa, con miedo, pero al mismo tiempo parece intrigada de manera positiva, dispuesta a avanzar sobre lo que está pasando. No pareciera que vaya a salir corriendo en shock de pánico. Su miedo es manejable. Y ese es un gran comienzo.

Sigue mirando. No habla, Su silencio me impacienta. Quiero escuchar sus pensamientos. Es raro que no haya dicho nada todavía.

—Di algo —le pido, aunque en un tono tranquilo, disimulando mi impaciencia para no asustarla.

—¿Se lo haces a gente o te lo hacen a ti?— me pregunta.

¡Bien! Esa curiosidad es positiva.

No empezó diciendo “eres un pervertido” o “¿cómo te atreves a traerme aquí?”. Eso podría haber sucedido y soy consciente de ello. Por eso, me alivia escuchar eso como primera reacción.

Me causa algo de gracia que diga “se lo haces a gente”. Es una manera extraña de decirlo. “A gente”. Sí, me sorprende. Y me confirma que no tiene mucha idea sobre estas cuestiones.

—Se lo hago a mujeres que quieren que se lo haga.

—Si tienes voluntarias dispuestas a aceptarlo, ¿qué hago yo aquí?— me pregunta.

Su pregunta me preocupa. ¿Es que acaso cree que hago esto sin consentimiento de la otra parte involucrada?

Por otra parte, la respuesta es sencilla. Creo que es evidente porqué está aquí.

—Porque quiero hacerlo contigo, lo deseo— le respondo.

Y alcanza con decirlo para empezar a imaginarla atada a esas cadenas, bajo la sumisión de la fusta.

Ahora se dirige hacia otro sector de la habitación.

Continúa mirando y tocando los objetos, con mucha intriga.

—¿Eres un sádico?—me pregunta, de repente.

—Soy un Amo— le aclaro.

Será importante que entienda la diferencia. Me molesta cierto tipo de confusiones, aunque en este caso no le presto importancia. Anastasia ya aprenderá sobre el tema.

—¿Qué significa eso? —me pregunta. Su tono de voz revela que está intrigada y que sigue algo asustada.

—Significa que quiero que te rindas a mí en todo voluntariamente.

Veo que no comprende. No hay problema, ya habrá tiempo.

—¿Por qué iba a hacer algo así?— insiste asombrada.

—Por complacerme —le explico.

Su ingenuidad me provoca una sonrisa. Mis propias respuestas también me divierten.

Me alienta verla tan bien predispuesta. Hay algo en su actitud que me indica que vamos en una buena dirección.

—Digamos, en términos muy simples, que quiero que quieras complacerme —avanzo en mis explicaciones.

Me mira y no sabe qué responder. Piensa, mueve los ojos. Parece que va a decir algo, pero, luego, no lo hace. Al fin pregunta:

—¿Cómo tengo que hacerlo?

—Tengo normas, y quiero que las acates. Son normas que a ti te benefician y a mí me proporcionan placer . Si cumples esas normas para complacerme, te recompensaré. Si no, te castigaré para que aprendas — le indico.

No sé si realmente me está prestando atención. No deja de mirar en todas las direcciones, analizando cada objeto, cada rincón de la habitación

—¿Y en qué momento entra en juego todo esto? — me dice y hace un círculo con su dedo índice, indicando que se refiere a los artefactos de la habitación.

—Es parte del paquete de incentivos. Tanto de la recompensa como del castigo.

—Entonces disfrutarás ejerciendo tu voluntad sobre mí.

Me alegra comprobar que lentamente va entendiendo. Creo que esto será más fácil de lo que esperaba. Muy bien, señorita Steele. Pregunta educada, se informa, se deja convencer. Continúo la explicación, cada vez más relajado y seguro de que todo está bien.

—Se trata de ganarme tu confianza y tu respeto para que me permitas ejercer mi voluntad sobre ti. Obtendré un gran placer, incluso una gran alegría, si te sometes. Cuanto más te sometas, mayor será mi alegría. La ecuación es muy sencilla.

—De acuerdo, ¿y qué saco yo de todo esto?—me increpa de repente.

Su pregunta tiene algo que me sorprende. La idea de costo-beneficio no era algo que esperara escuchar de Anastasia. Realmente no tengo ni idea cuáles son sus ventajas. Bueno, supongo que obtiene una cosa que le interesa.

—A mí —le respondo sencillamente.

Sin embargo, me deja pensativo. ¿Querría alguna clase de incentivo extra? Algo me ha desconcertado de su comentario. Ya lo dirá.

—Anastasia, no hay manera de saber lo que piensas —me sincero con ella—. Volvamos abajo, así podré concentrarme mejor. Me desconcentro mucho contigo aquí.

Le ofrezco mi mano pero me mira con desconfianza.

Sigue pensando, analizando la situación. De repente la buena predisposición se ha borrado y ha dejado paso al miedo.

—No voy a hacerte daño, Anastasia— le aclaro. Quiero que se quede tranquila.

Las palabras funcionan. Me da la mano y salimos del cuarto. Antes de bajar le muestro la que sería su habitación si es que decide firmar el contrato.

Primero se asombra y me pregunta si pretendo que ella viva allí. Le aclaro que solo se trata de los fines de semana. Luego indaga sobre si dormiremos juntos o separados. Sabe que no duermo con nadie. Me molesta que se meta en ese tema cuando sabe que no lo hago. No quiero exigencias, ni preguntas sobre cosas que no quiero responder.

—¿Dónde duermes tú?— indaga.

—Mi habitación está abajo. Vamos, debes de tener hambre— trato de desviar la conversación.

—Es raro, pero creo que se me ha quitado el hambre —me dice.

Algo nuevo le ha molestado. Tal vez tenga que ver con esto del dormir. Quizás su mayor anhelo sea dormir con su amado amante. No lo sé. Y espero que no sea así.

—Tienes que comer, Anastasia —me concentro en lo importante.

Vamos hacia abajo.

En las escaleras vamos de la mano y puedo percibir el temor en su pulso. ¿Qué estoy haciendo? No me gustaría que haga nada por sentirse forzada. La deseo mucho, pero no quiero hacerle mal. Ni que se arrepienta de nada.

No estoy dispuesto a asumir ningún riesgo. Todo lo que haga será con su pleno y absoluto consentimiento.

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