Estamos reunidos Ray, Ethan y Katherine Kavanagh, Anastasia y yo.

Anastasia se aparta de Ethan cuando la llamo. Yo lo miro impasible y le dedico una sonrisa poco sincera.

Luego, Katherine hace referencia a que sus padres quieren hablarles y logra sacar del cuadro a su desagradable hermano y a ella misma. Lo cual, me alivia.

Katherine luego de hacer su jugada y de presentarme como novio, intentando incomodar a todos, ya debe sentirse satisfecha. Veo que se alejan y espero que no vuelvan por un largo rato.

Cuando nos quedamos Ray, Anastasia y yo solo, Ray pregunta desde cuándo nos conocemos. El buen hombre está tratando de oficiar de buen padre. Noto los nervios de Anastasia que mira para todos lados sin encontrar paz en ninguno. Es evidente que está incómoda conmigo, con su padrastro y con la situación en general.

Juego entonces con ella y paso mi dedo por su espalda desnuda y luego la dejo en su hombro. Entonces, decido responder yo, para darle algo de seguridad y que se relaje un poco.

—Unas dos semanas. Nos conocimos cuando Anastasia vino a entrevistarme para la revista de la facultad.

Anastasia me mira agradecida, como si la hubiera salvado de su parálisis temporaria de comunicación. A mí, la situación comienza a divertirme.

—No sabía que trabajabas para la revista de la facultad, Ana—le reprocha Ray. No parece de los hombres que se enfadan, sino de los que se apenan porque se sienten desplazados o poco tenidos en cuenta. Lo cual, seguramente, debe provocar algo de culpa en Anastasia.

—Kate estaba enferma —le dice como si no pudiera pronunciar más palabras.

Ray se da cuenta de que ella está nerviosa y angustiada y decide darle un respiro a pesar de que esté molesto. Sabe que su hija lo quiere y tampoco pretende incomodarla en su día.

—Su discurso ha estado muy bien, señor Grey—me dice, tratando de cambiar de tema para dejarla tranquila.

—Gracias. Tengo entendido que es usted un entusiasta de la pesca.

Con esta frase logro conquistar a Ray en un minuto. Hablamos sobre pesca y está feliz de poder charlar sobre este tema con “el novio de su hija”. Yo disfruto porque me gusta ver que Anastasia está fascinada con lo que está sucediendo.

Seguimos hablando y ella sigue sin poder pronunciar palabra. En un momento se excusa y se va a saludar a los padres de Katherine. La veo irse y no puedo apartar mis ojos de ella.

Lleva un vestido con un gran escote en la espalda. Está demasiado sexy y es la más hermosa del lugar. Me molesta no poder dejar de mirarla. Hace que sienta que no tengo mi control habitual.

Está hablando con Katherine y puedo verla desde aquí. Seguramente le esté reprochando el modo en que me presentó a su padre. Parecen dos adolescentes riñéndose entre sí.

Ray me comenta que ve su pequeña hija ya es grande y bella. Que eso lo emociona y lo llena de orgullo. Que es una buena muchacha y que él está seguro que conseguirá grandes cosas.

En un momento, Anastasia voltea. Ray yo estamos mirándola, cada uno fascinado a su manera.

Entonces, decide regresar con nosotros.

—Hola —nos dice con una sonrisa.

Parece que ha logrado distenderse.

Ray se va al baño y, finalmente, nos quedamos solos. Aunque dura poco, Un fotógrafo se acerca a hacerme una foto. Ella también sale. Luego se va. Ana parece molesta con la foto. Yo ya estoy acostumbrado.

—Así que también has cautivado a mi padre…—me suelta, de repente.

—¿También?—le pregunto.

Le acaricio la cara. Cuando logra relajarse, aunque sea un poco, su rostro es radiante. Incluso, cuando se sonroja, como ahora, como tantas veces cuando su deseo se interpone a su voluntad.

Es probable que en su cabeza haya pensamientos que ella misma no quisiera tener.

—Ojalá supiera lo que estás pensando, Anastasia —le digo.

—Ahora mismo estoy pensando: Bonita corbata —responde. Me encanta que me lo diga. Me encanta cuando sus respuestas son ingeniosas y sexys. Me hace reír.

—Estás muy guapa, Anastasia. Este vestido con la espalda descubierta te sienta muy bien. Me apetece acariciarte la espalda y sentir tu hermosa piel.

Todos los pensamientos y todo el entorno se borran en un instante. En el mundo solo existe su espalda y el deseo de quitarle ese vestido.

Puedo sentir que ella está entregada también a esa magia. Quiero que esté tranquila.

—Sabes que irá bien, ¿verdad, nena? —le digo.

Cierra los ojos. Tiembla.

—Pero quiero más —me susurra.

—¿Más?—le pregunto confundido.

No tardo mucho en comprenderlo. No quisiera verlo, pero es evidente. No puedo engañarme. Siempre fue demasiado dulce e inocente. Está claro a qué se refiere con su “más”.

— Quieres flores y corazones—le digo con pesar.

Asiente. Quisiera que me hubiera dicho que no, pero dijo que sí. ¿Qué puedo hacer yo con eso? No soy así, ella lo sabe. ¿Podría serlo? No quiero hacerme esa pregunta ahora mismo.

—Anastasia, no sé mucho de ese tema— me sincero con ella.

—Yo tampoco—responde con ingenuidad.

De acuerdo, ninguno de los dos sabe. Bueno, en realidad, ella no sabe mucho de nada. Se lo digo.

—Tú sabes todo lo malo—me responde.

No está mal su respuesta, pero creo que está confundida. No logro que comprenda que no se trata de “lo malo”. Se trata de deseo, de placer. Yo sé que le gustaría, que debería probarlo.

—¿Lo malo? Para mí no lo es. Pruébalo —le propongo.

Respira hondo y suelta:

—De acuerdo.

No entiendo qué quiere decir. No puede ser lo que yo creo. Me deja atónito. Le pregunto a qué se refiere.

—De acuerdo. Lo intentaré— reafirma.

—¿Estás de acuerdo?— vuelvo a preguntar, sin salirme de mi asombro.

—Dentro de los límites tolerables, sí. Lo intentaré.

La abrazo. No puedo creerlo. Nunca deja de sorprenderme.

—Ana, eres imprevisible. Me dejas sin aliento— es todo lo que puedo decir.

Por primera vez, la señorita Steele me ha dejado casi sin palabras ni capacidad de reacción.

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