Ya es domingo y eso me alegra. Ana debe estar por llegar. He pensado mucho en ella en las últimas horas.

A la gente como yo le gusta provocar o sufrir dolor. Es una parte constitutiva de mi ser. Ana es distinta. Creo que puede excitarse muchísimo siendo una sumisa, pero hay algo en ella que es diferente. Ana puede gozarlo, pero no lo necesita.

Por momentos, siento deseos de no lastimarla. No sé, es algo absurdo, sé que no podría conseguirlo. Mi relación con el dolor es parte de mi vida. Sé que no podría ser de otra forma.

Cerca del mediodía me siento en el sofá a leer los periódicos y esperarla. Veo que en Seattle Times salimos ella y yo. Me resulta divertido. Estoy acostumbrado a estas tonterías. Veremos cómo reacciona Ana cuando se lo muestre.

De repente, entra acompañada por Taylor. Está muy bella. Lleva el vestido color ciruela que tanto ansío sacarle desde el otro día.

Me levanto para recibirla. Me acerco hacia ella que me espera completamente quieta. Parece que está nerviosa o expectante o que no sabe muy bien cómo actuar. Sin embargo, a medida que me acerco a su cuerpo puedo sentir cómo aumenta la tensión sexual en el ambiente.

—Mmm… ese vestido.

La miro de arriba abajo. Ella sonríe tímida.

—Bienvenida de nuevo, señorita Steele.

La beso suavemente en la boca. Siento escalofrío al rozar sus labios.

—Hola —me saluda ruborizada.

—Llegas puntual. Me gusta la puntualidad. Ven. Quiero enseñarte algo.

La llevo hasta el sofá en donde nos sentamos.

Ahí le alcanzo el periódico con nuestra foto. Ana lee el pie de la foto.

Christian Grey y su amiga en la ceremonia de graduación de la Universidad Estatal de Washington, en Vancouver.

Comienza a reírse. Eso es bueno, me gusta esa reacción.

—Así que ahora soy tu «amiga»—me dice burlona.

—Eso parece. Y sale en el periódico, así que será cierto.

Me tranquiliza que se sienta cómoda respecto de esta situación. Yo suelo estar acostumbrado a los flashes, a los comentarios sobre mi vida, a encontrarme en las páginas de la prensa. Pero reconozco que es difícil acostumbrarse a ello.

Dejo de lado este tema. Dispongo mi cuerpo en torno a ella. Acomodo un mechón de su pelo detrás de la oreja.

No puedo contarle todo lo que estuve pensando, ni transmitirle mis miedos más profundos. Me limitaré a una sola frase.

—Entonces, Anastasia, ahora tienes mucho más claro cuál es mi rollo que la otra vez que estuviste aquí.

—Sí—me responde extrañada.

—Y aun así has vuelto.

Responde que sí con su cabeza.

No termino de entenderlo. Me quedo pensativo un momento.

—¿Has comido? —le pregunto, llevando la conversación hacia otro lado.

—No.

Lo imaginaba. Esa maldita costumbre que tiene Anastasia de no comer. Debería trabajar sobre eso. Trato de evitar que me note “inquieto” por eso.

—¿Tienes hambre?

—De comida, no —me responde provocadora.

—Tan impaciente como siempre, señorita Steele. ¿Te cuento un secreto? Yo también. Pero la doctora Greene no tardará en l legar. Deberías comer algo—no puedo evitar hacerle la observación.

Parece preocupada. Me pregunta sobre la doctora Greene, quiere saber sobre ella.

—Es la mejor especialista en ginecología y obstetricia de Seattle. ¿Qué más puedo decir?— me limito a responder.

Podría contarle sobre la pequeña fortuna que le pagaré para que venga a verla hoy domingo aquí, en casa, pero no me gusta ese tipo de comentarios.

—Pensaba que me iba a atender «tu» doctora. Y no me digas que en realidad eres una mujer, porque no te creo.

Mal chiste, señorita Steele. No le ha funcionado la gracia. Continúo hablando sobre la doctora Greene, sin prestarle atención a su comentario.

—Creo que es preferible que te vea un especialista, ¿no?

Unos minutos después recuerdo el encargo que me ha dado mi madre. Maravillada por descubrir que no soy gay, feliz de haber conocido a Anastasia y doblemente contenta por Elliot Y Katherine, Anastasia y yo, ha decidido organizar una cena.

La sola idea de pensar en una cena familiar me resulta molesta. Y completamente desconocido. Pero no tengo alternativa, debo proponérselo.

—Anastasia, a mi madre le gustaría que vinieras a cenar esta noche. Tengo entendido que Elliot se lo va a pedir a Kate también. No sé si te apetece. A mí se me hace raro presentarte a mi familia.

—¿Te avergüenzas de mí? —me dice con tono trsite.

¿Por qué siempre piensa mal?

—Por supuesto que no.

—¿Y por qué se te hace raro?

La respuesta es sencilla y ella podría anticiparla.

—Porque no lo he hecho nunca.

—¿Por qué tú si puedes poner los ojos en blanco y yo no?

Qué pregunta extraña. ¿He puesto los ojos en blanco? Puede que sí.

—No me he dado cuenta de que lo hacía— le respondo y me encojo de hombros.

—Tampoco yo, por lo general —comenta.

Me parece una tontería su comentario. Es…es…impertinente, como siempre. Por suerte, la salva la llegada de la doctora.

—Ha llegado la doctora Greene, señor—anuncia Taylor.

—Acompáñala a la habitación de la señorita Steele—le indico.

La consulta de la doctora Greene nos solucionará muchas cosas. Me alegro que haya llegado.

En principio le diremos adiós al maldito condón.

—¿Preparada para usar algún anticonceptivo? —le pregunto.

Me levanto del sillón y le tiendo la mano.

—No irás a venir tú también, ¿no? —me dice horrorizada.

Su cara de espanto me hace reír a carcajadas.

—Pagaría un buen dinero por mirar, créeme, Anastasia, pero no creo que a la doctora le pareciera bien.

Ana coge mi mano y se levanta. Aprovecho para llevarla junto a mí lo más próxima posible. La beso. Coloco mi mano entre sus cabellos y acerco aún más su cabeza.

Luego, la miro. Nuestras frentes están unidas.

—Cuánto me alegro de que hayas venido. Estoy impaciente por desnudarte—le susurro. Sus ojos corresponden a mis palabras. Y eso hace que me sienta mucho mejor.

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