Ha sido un lunes agotador. Me siento en la sala con luces bajas y pongo el Concierto de Brandemburgo de Bach. Aquí estaré los próximos cuarenta minutos, deleitándome con la música dejando que las imágenes fluyan libremente por mi cabeza.

Bach compuso para la mayoría de los instrumentos que existían en su época. Trabajaba sobre conceptos difíciles. Corrigió y perfeccionó su obra a lo largo de toda su vida y nunca se dejó influenciar por nadie. Consideraba que un artista debe educar a su público y no hacía concesiones para recibir aceptación. Fue innovador y abrió caminos. Fue el primer gran maestro que incluyó un solo de teclado, algo que hasta entonces nunca había sucedido.

Rigor, innovación y seguridad en uno mismo. Las tres claves del éxito.

Las imágenes vuelan por mi cabeza al sonido de la música. Y en todas está ella. Ella como fue, ella como será. El momento en que la despojé de su virginidad. El momento en que firme el contrato y la tenga atada de pies y manos en el cuarto del placer. Creo que tengo una erección de solo pensarlo. ¿Qué está haciendo esta niña conmigo?

Luego de cenar me conecto otra vez a la tecnología. Soy un gran fan de Internet pero siempre presto atención de tomarme unas horas de descanso por día. No me gustan las adicciones. Entonces, para mi sorpresa, me encuentro un mail de Anastasia:

“Bien, ya he visto bastante.

Ha sido agradable conocerte.”

¡¿Ha sido agradable conocerme?! ¿Ha sido agradable conocerme? Un momento…lo pienso de nuevo y… ¿ha sido agradable conocerme?

Maldita sea, ¿me está dejando por e-mail? ¿La chica que hasta hace unos días era virgen e inocente me está diciendo que no quiere volver a verme y encima lo hace por medio de un correo electrónico? Alucino. Nunca en la vida me había pasado algo igual.

No, no puedo creerlo. Tengo que hacer algo. Esto, a mí, no me va a pasar.

Cojo una botella de vino blanco y voy hacia su casa.

Cuando llego, Kate me abre la puerta.

—Christian, qué sorpresa, pensé que pasarías por aquí el miércoles.

Bueno, parece que Kate sabe mejor que yo sobre mis citas. De todas formas, disimulo mi mal humor y con una sonrisa le digo:

—Me gustan las sorpresas.

—Pasa. Ahora la llamo a Anastasia. Está en su cuarto, supongo que con su Ipod, y por eso no escucha nada. Ella, a veces, vive en su mundo.

Perfecto. Lo que necesito. Sorprenderla en su propia habitación. Tomarla desprevenida. Sí, sí, exactamente esto era lo que quería.

—Si no te molesta, Kate, prefiero darle la sorpresa yo mismo. Creo que le va a gustar.

—No hay problema, pasa.

—Antes podría guardar esta botella de vino en la nevera.

Me paro en la puerta de su habitación. Está sentada leyendo el contrato y haciendo anotaciones. ¿Por qué hace eso ahora, justo después de haberme mandado ese mail? Queda tan graciosa cuando lleva su Ipod puesto, de verdad pareciera que está presa en otro mundo. De repente, levanta la mirada y me ve.

Se saca el Ipod. Se queda sin capacidad de reacción.

—Buenas noches, Anastasia. He pensado que tu e-mail merecía una respuesta en persona.

No puede responder. No sabe qué hacer. Está completamente desconcertada. Perfecto.

—¿Puedo sentarme?

Asiente sin decir palabra. Está nerviosa, lo que me deja un margen de acción ideal para la situación. Aquí se trata de ir más rápido de lo que puedan sus reacciones.

Me siento en su cama junto a ella. Observo la habitación. Tiene pocos muebles. Son blancos y trasmiten serenidad. También observo que la cama tiene barrotes. Perfecto.

Me ofrece algo para tomar. Lo dice para ser educada, pero su cabeza está en otro lugar. Así que embisto con mi primer comentario.

—Así que ha sido agradable conocerme…

Empieza a morderse el labio. Es tan sexy. No la voy a dejar escapar. Le hago observación y me dice que no lo hace a propósito. Le creo, Anastasia no sabe especular. Lleva unas zapatillas de deporte viejas y un pantalón de chándal que hace tiempo que no usa. No deja de hacerme reír por dentro verla así vestida.

Comienzo a deshacer su peinado, esas dos trenzas de niña. Voy a utilizar todo a mi favor.

—Veo que has decidido hacer un poco de ejercicio. ¿Por qué Anastasia?

Sé la respuesta. Pero quiero que comience a concientizarse de las cosas que hace. Tiene que descubrir que es una sumisa. Sin embargo su respuesta no tiene relación con lo que esperaba escuchar.

—Necesitaba tiempo para pensar.

Voy a tratar de redireccionar este comentario. Tiene que encontrarse ella misma con lo que está pasando en su interior.

—¿Pensar en qué, Anastasia?

—En ti.

Ahí vamos mejor. Empieza a decir lo importante. Pero quiero que diga más. Y quiero que explique esa estúpida frase de que ha sido agradable conocerme.

—¿Has decidido que ha sido agradable conocerme? ¿Te refieres a conocerme en sentido bíblico?

Me encanta verla ruborizarse. Lo disfruto. Sin embargo, ya se recuperó y puedo responderme con actitud desafiante.

—No pensaba que fueras un experto en la Biblia.

—Iba a catequesis los domingos, Anastasia. Aprendí mucho.

—No recuerdo haber leído nada de pinzas para pezones en la Biblia. Quizás te dieron la catequesis con una traducción moderna.

Esas son las respuestas de Anastasia que amo. Cuando tiene miedo y se ruboriza y está angustiada y pese a todo eso, puede ironizar sobre la situación. Eso la vuelve realmente sexy.

Mientras la acaricio le digo:

—Bueno, he pensado que debía venir a recordarte lo agradable que ha sido conocerme. ¿Qué le parece señorita Steele?

En un gesto inesperado se abalanza sobre mí. Arde de deseo. Disfruto de esta movida sorprendente. En movimiento rápido, logro tenerla debajo de mi cuerpo con las manos extendidas por sobre su cabeza. La beso y me entrego a demostrarle con mi beso todo lo que la deseo. ¿Por dónde volarán sus pensamientos en este momento? ¿Lo estás sintiendo señorita Steele?

Entonces me separo por un instante de su cuerpo y le pregunto:

—¿Confías en mí?

Asiente, excitada y entregada a mi poder. Saco la corbata gris. La señorita Steele recordará en los próximos minutos “lo agradable que ha sido conocerme”.

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