Nos quedamos recostados. Ana está sobre mi pecho. Puedo sentir su respiración. Me roza con la nariz. De a poco, me voy recuperando.

Entonces, extiende su mano y comienza a acariciarme. Por un instante, siento muchos deseos de permitirle que lo haga, de disfrutar de esas caricias. Pero algo interno me lo impide.

Cojo su mano, la llevo a mi boca y la beso suavemente. Sabe que no me gusta que me toquen y está probando sus límites.

Hay algo esta vez que me da cierta melancolía. Quisiera permitírselo y disfrutarlo también. Pero no funciono así.

—No —le digo, y la beso suavemente.

—¿Por qué no te gusta que te toquen? —me pregunta, mientras me mira con ojos de dulzura.

Me quedo un momento en silencio. ¿Cómo explicárselo? No puedo decir demasiado ahora mismo.

—Porque estoy muy jodido, Anastasia. Tengo muchas más sombras que luces. Cincuenta sombras más.

Le he dado vueltas en mi cabeza a la metáfora de las sombras. Creo que me describe a la perfección. Mis cincuentas sombras. Mi imagen hacia el exterior es luminosa. Pero conocerme internamente es aprender a descubrir las sombras que se han ido formando en mí.

De todas formas, todavía no estoy preparado para contarle estas cosas. No sé si algún día lo haré, no es algo de lo que hable. No quiero que sienta que no confío en ella. No se trata de eso.

—Tuve una introducción a la vida muy dura. No quiero aburrirte con los detalles. No lo hagas y ya está.

Me mira con ojos tristes, pero me entiende. Me incorporo y cambio de tema.

La observo. Está muy bella. Me concentro en hacer una breve apreciación sobre nuestros encuentros.

—Creo que ya hemos cubierto lo más esencial. ¿Qué tal ha ido?

Ana me mira y tarda en responder. Creo que juntos hemos hecho un gran trabajo sexual. A partir de ahora comienza lo mejor. En nuestro próximo encuentro firmaremos el contrato y ya podremos empezar con las verdaderas prácticas. Ana necesitará entrenamiento. Y a mí me encantará entrenarla.

Mientras tanto creo que hemos tenido ambos un buen desempeño. Y una estimulante cantidad de orgasmos.

Tal vez, si tuviera que criticar algo sería, sin dudas, el uso de condones. Odio ponerme un condón. Limita nuestras sensaciones. Hablaré con ella al respecto.

Entonces, ella interrumpe su silencio y me dice tímidamente:

—Si piensas que he llegado a creerme que me cedías el control es que no has tenido en cuenta mi nota media. Pero gracias por dejar que me hiciera ilusiones.

Su comentario me enternece. Nunca dejan de sorprenderme sus observaciones, esos detalles a los que ella le presta atención. Retomo sus palabras y me pongo un poco burlón.

—Señorita Steele, no es usted solo una cara bonita. Ha tenido seis orgasmos hasta la fecha y los seis me pertenecen.

La cara se le pone colorada. Más que colorada. Parece un tomate por estallar. Creo que hay una información que yo no tengo. Y espero conseguir prontamente. No me gusta esta reacción.

—¿Tienes algo que contarme? —indago.

Me mira y responde con voz muy baja.

—He soñado algo esta mañana.

—¿Ah, sí?

Me pregunto de qué se trata todo esto. Creo que no es nada grave, pero me gusta mirarla con expresión seria, para que confiese.

—Me he corrido en sueños— me dice temerosa.

—¿En sueños?

Mmm, esto me interesa. Puede ayudarme mucho escuchar los contenidos de ese sueño.

—Y me he despertado.

—Apuesto a que sí. ¿Qué soñabas?— intento parecer inocente con mi pregunta, pero no lo consigo. De todas formas, Anastasia está tan concentrada en su propia vergüenza que no se da cuenta de todo lo que estoy pensando. Me muero por escuchar con qué soñaba.

—Contigo.

—¿Y qué hacía yo?

Esconde la cara tras sus brazos. Su actitud de niña despierta mi reacción de padre.

—Anastasia, ¿qué hacía yo? No te lo voy a volver a preguntar.

—Tenías una fusta.

Perfecto. Es maravilloso escuchar esa respuesta. Eso era lo que quería escuchar. Me da aún más expectativas con respecto a cómo funcionará nuestro vínculo.

—¿En serio?—corroboro.

—Sí.

Anastasia sigue muy tímida y avergonzada. En cambio yo cada vez estoy más confiado sobre nosotros.

—Vaya, aún me queda esperanza contigo. Tengo varias fustas.

—¿Marrón, de cuero trenzado?—responde sorprendiéndome.

La risa se me escapa. Pasa de estar escondida a darme los detalles de sus fantasías.

—No, pero seguro que puedo hacerme con una.

Le doy un beso. He disfrutado de esta conversación.

Cojo los boxers y comienzo a vestirme. Es hora de irme. Ella me mira y luego reacciona. Se viste rápidamente y se sienta en la cama.

Veo el condón y creo que es un buen momento para comentarle sobre la necesidad de usar otro método anticonceptivo. Le comento que puedo coordinar un encuentro con el médico. Puede hacer la consulta en su casa o en la mía, lo que prefiera. Pero debe hacerla lo antes posible.

Me dice que estará bien que coordine con mi doctora el domingo en mi casa. De acuerdo, está muy bien para mí.

De repente, me mira angustiada y pregunta:

—¿Te vas?

No me gusta el tono ni la pregunta.

—Sí— le respondo sin vueltas.

—¿Cómo vas a volver? —me pregunta.

—Taylor viene a recogerme.

—Te puedo llevar yo. Tengo un coche nuevo precioso.

La dulzura con que lo dice cala hondo en mí. A veces me asusta que me enternezca tanto. Son esas miradas y esas palabras que me conmueven. Trato de no prestar demasiada atención a este sentimiento.

—Eso ya me gusta más, pero me parece que has bebido demasiado.

Está interesada en saber si la he achispado a propósito. Le confieso que sí, que es el único método que tengo para que hable sin miedo ni vergüenza.

Entonces, pone los ojos en blanco. Yo le dije que si volvía a hacer eso le daría azotes. Y soy un hombre de palabra.

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