Llegamos a varios acuerdos. Por momentos, Anastasia se ha ofendido porque me reí de sus preguntas. Pero hemos superado la situación.

Nos queda pendiente hablar sobre su tolerancia a dolor.

Le sirvo un poco más de champagne. Le devuelvo su taza. La coge y le da un pequeño sorbo. Me mira por sobre el borde la taza. Parece que tiene miedo a lo que viene.

Trato de indagar y que se sienta relajada para darme información.

—A ver, ¿cuál es tu actitud general respecto a sentir dolor?

No puedo continuar hablando si se muerde el maldito labio.

— Te estás mordiendo el labio.

Deja de hacerlo rápidamente. Se pone roja y mira hacia abajo. Esta vez me gusta verla de este modo. Le da morbo al momento.

Me provoca tanto que se muerda el labio que es difícil volver. Pero tenemos que avanzar.

—¿Recibías castigos físicos de niña?

—No.

—Entonces, ¿no tienes ningún ámbito de referencia?

—No.

Me preocupa que no tenga ámbito de referencia. Probablemente esté imaginando algo muchísimo peor, algo terrible. Le explico que no es tan malo como cree. Y que, en este ámbito, su imaginación puede llegar a ser su peor enemigo.

Me devuelve una mirada poco confiada. No es que crea que le estoy mintiendo, solo que está convencida de que yo no puedo entenderla. Es difícil sacarla de ese lugar.

—¿Tienes que hacerlo?— me pregunta temerosa.

—Sí.

Puede que mi respuesta sea un poco seca o un poco dura. No quiero dar lugar a discutir sobre esto. Sin embargo, Anastasia insiste.

—¿Por qué?—me dice. Quiere parecer desafiante pero su voz es temblorosa.

—Es parte del juego, Anastasia. Es lo que hay. Te veo nerviosa. Repasemos los métodos.

Iré ahora por la lista. Tiene que leerlo y entender de qué se trata. Miremos punto por punto. Terminemos con los miedos de una vez.

Le enseño la lista.

• Azotes

• Azotes con pala

• Latigazos

• Azotes con vara

• Mordiscos

• Pinzas para pezones

• Pinzas genitales

• Hielo

• Cera caliente

• Otros tipos/métodos de dolor

—Vale, has dicho que no a las pinzas genitales. Muy bien. Lo que más duele son los varazos.

Su expresión de terror es indescriptible. De acuerdo, está imaginando algo que no tiene absolutamente nada que ver con la realidad. No le daré espacio a esos pensamientos.

Tiene miedo, pero es solo porque es algo desconocido para ella. Apenas lo pruebe querrá cada vez más. Estoy seguro.

—Ya iremos llegando a eso— le digo confiado y seguro.

—O mejor no llegamos —insiste con su terror.

—Esto forma parte del trato, nena, pero ya iremos llegando a todo eso. Anastasia, no te voy a obligar a nada horrible— trato de calmarla.

Estoy tentado a decirle que en realidad será ella quien deseará que la castigue, que será una fuente inagotable de placer. Pero no quiero que piense que intento persuadirla, así que me limito a hablar de forma general.

Luego de un pequeño silencio, me dice:

—Todo esto del castigo es lo que más me preocupa.

Su tono de voz es apenas audible. Es bueno que haya podido sacar algo verdadero. Quiero decir, que no esté intentando rebelarse, sino que cuente algo que de verdad la preocupa.

—Bueno, me alegro de que me lo hayas dicho. Quitamos los varazos de la lista de momento. Y, a medida que te vayas sintiendo más cómoda con todo lo demás, incrementaremos la intensidad. Lo haremos despacio.

Sigue asustada, pero creo que me ha entendido.

Hemos terminado. Me inclino y la beso.

—Ya está, no ha sido para tanto, ¿no?

Se encoje de hombros. Creo que dramatiza demasiado. Luego, cuando está en acción, no pareciera que la pasa tan mal. Estoy seguro que será ella misma quien quiera siempre más. Su problema está en que racionaliza demasiado la situación.

No puedo dejar de imaginar cada situación de la que hemos hablado: su culo, su cuerpo atado, los azotes. Cada imagen se pelea en mi cabeza para darle paso a la siguiente. Quiero desnudarla ya mismo. Pero antes quiero comentarle una cosa.

—A ver, quiero comentarte una cosa más antes de llevarte a la cama.

—¿A la cama? —pregunta sorprendida.

Bueno, bueno, bueno, ¿qué esperaba que hiciéramos?

—Vamos, Anastasia, después de repasar todo esto, quiero follarte hasta la semana que viene, desde ahora mismo. Debe de haber tenido algún efecto en ti también.

Se queda callada. Mis palabras la han inhibido. Nunca deja de sorprenderme. Pasa de decir cualquier cosa a ruborizarse sin ninguna escala. No sé qué esperaba que hiciéramos después de toda esta charla.

—¿Ves? Además, quiero probar una cosa.

—¿Me va a doler?— dice con susto.

Por favor, ¿es que se piensa que mi objetivo es hacerla sufrir? ¿Por qué tanto miedo?

—No… deja de ver dolor por todas partes. Más que nada es placer. ¿Te he hecho daño hasta ahora?

Mira hacia abajo. Sabe que tengo razón.

—No— reconoce.

—Pues entonces. A ver, antes me hablabas de que querías más.

¿Estoy seguro de lo que estoy por ofrecer? ¿Estoy realmente seguro? Me detengo un instante antes de continuar. Mmm…no sé si seguir.

Su expresión de expectativa me derrite. Me mira ansiosa, esperando que continúe hablando. Es que pienso que tal vez…

La cojo de la mano. Se lo diré. Podría intentarlo, por qué no.

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