Me encanta conducir mi helicóptero. Es una actividad que requiere de mucha concentración y control. No hay posibilidad de distracción ni por un instante. Es un buen ejercicio para la autodisciplina.

Le he pedido a Taylor que fuera por el cacharro que Ana llama coche. Le he indicado que fuera a la hora en que ella vuelve de su trabajo. No quiero que nunca más Ana tenga que volverse a subir allí.

Anastasia me preocupa y ella debe entenderlo. Quiero que se cuide y que tenga una dieta más saludable. Que haga ejercicio. Tiene que estar resistente para poder soportar físicamente nuestras “actividades”.

Hoy a la mañana durante la reunión me he comportado como un verdadero adolescente. Otra novedad en mi vida. Estar mandándome correos en la mitad del trabajo. No puedo creerlo.

Una parte de mí sonríe y otra está preocupada. Por ahora no sé cuál ganará. Lo único que tengo claro es que extraño a Ana y no veo la hora de que sea domingo.

Aterrizo en Seattle. Me resulta agradable la sensación de volver a casa.

Me doy una ducha rápida. El agua caliente me relaja. Pensar en Anastasia ha logrado un extraño efecto en mí.

De a poco se hace la hora en que debería estar de vuelta en su casa. Hoy ha sido su último día de trabajo. Me la imagino terminando de empaquetar sus cosas. Todo un ciclo de su vida que se termina.

Pasa un rato más y no tengo noticias de Anastasia. ¿Estará bien? Por un momento, pienso en llamar a Elliot y preguntarle si ella ya está allí. Sé que Elliot está en la casa de ellas, porque se ha ofrecido a ayudarlas en la mudanza de mañana.

Pienso en mi hermano, en su carisma, en su forma amistosa de tratar a las personas. En la facilidad con la que se relaciona con Katherine, en lo desenvuelto que puede ser.

No voy a llamarlo. Probablemente se burlará de mí si lo hago.

Algo parecido a la angustia se va apoderando de mí. Me siento al piano y comienzo a tocar. Oh, sí, esto me relaja.

Cada nota que suena repercute en mis nervios. Me distiendo, me entrego a la música. Sin embargo, la relajación dura poco. Tengo una aburridísima cena con fines benéficos. De esas en las que sonrío y cumplo con cuestiones protocolares que no me interesan.

Regreso de la cena en menos de una hora. He cumplido y me he escapado lo antes que pude.

Sigo sin tener noticias de Anastasia. No lo dudo y le escribo un correo. Estoy enfadado.

De: Christian Grey

Fecha: 27 de mayo de 2011 22:14

Para: Anastasia Steele

Asunto: ¿Dónde estás?

«Estoy en el trabajo. Te mando un correo cuando llegue a casa.»

¿Aún sigues en el trabajo, o es que has empaquetado el teléfono, la BlackBerry y el MacBook?

Llámame o me veré obligado a llamar a Elliot.

Christian Grey

Presidente de Grey Enterprises Holdings, Inc.

Dejo que el tiempo pase. Escucho un mensaje de Mia que vuelve a repetirme la hora en que llegará mañana. Me preguntará muchas cosas. Tendré que estar preparado para la cena familiar de mañana, lo sé.

Anastasia no responde a mi correo. ¿Puede ser tan irresponsable? ¿Habrá bebido? Seguro que está con ese fotógrafo, por suerte dejará de verlo en cuanto se mude.

El enfado de a poco se va transformando en preocupación. Temo por ella. Repito mis llamados, pero sigue sin contestar.

En la última dejo un mensaje:

“Me parece que tienes que aprender a lidiar con mi s expectativas. No soy un hombre paciente. Si me dices que te pondrás en contacto conmigo cuando termines de trabajar, ten la decencia de hacerlo. De lo contrario, me preocupo, y no es una emoción con la que esté familiarizado, por lo que no la l levo bien. Llámame.»

Corto. Me quedo con una sensación horrible. Una especie de vacío que se apodera de mí. No puedo con ella.

Mierda! Pasa el tiempo y no hay señales. Estoy por llamar a Elliot pero no lo hago. De repente, suena el teléfono. Ver su número me da una gran sensación de alivio.

—Hola.

—Hola —responde nerviosa.

Escuchar su voz hace que me calme. Ella está asustada, lo cual demuestra que se sabe en falta.

—Me tenías preocupado.

—Lo sé. Siento no haberte respondido, pero estoy bien.

Hago una pausa. Podría transmitirle lo mal que me he sentido por su ausencia, pero elijo continuar con la conversación normalmente.

—¿Lo has pasado bien esta noche? —le pregunto.

—Sí. Hemos terminado de empaquetar y Kate y yo hemos cenado comida china con José.

Lo sabía! Estaba seguro que ese fotógrafo estaba implicado en algo de esto. Me quedo en silencio para escuchar cómo decidirá continuar.

—¿Qué tal tú? —pregunta.

Dejo un momento más. Que sienta el silencio.

—He asistido a una cena con fines benéficos. Aburridísima. Me he ido en cuanto he podido.

Ana suspira. Entonces, de repente, puedo imaginarla. Es como si la tuviera delante de mis ojos. Su rostro, sus ojos llenos de dulzura…

—Ojalá estuvieras aquí —me dice. Su voz es aún más tierna que lo habitual.

—¿En serio? —le pregunto.

—Sí.

Quisiera abrazarla en ese mismo momento. Es una sensación muy extraña en mí, pero muy verdadera.

Me quedo con el teléfono en la mano. Tengo que decir algo. Estar con ella, aunque sea a través de una conexión telefónica me hace bien.

—¿Nos veremos el domingo?—le digo.

—Sí, el domingo.

¿Podría tener otra relación con Anastasia? Hay una pequeña luz de ilusión en mí.

—Buenas noches— le digo con suavidad.

—Buenas noches, señor.

Escucharla decir “señor” en este contexto suena extraño. Me hace sentir lejos de ella. Suspiro.

—Buena suerte con la mudanza de mañana, Anastasia.

Ahora deberíamos colgar el teléfono. Pero ninguno de los dos lo hace.

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