Anastasia está en el baño.

Se ha obsesionado con preguntarme por qué no quiero que me toquen y me ha puesto de mal humor. No era el momento para preguntarlo.

Esto la sensibilizó.

Yo me he puesto el pantalón pijama y los minutos de soledad me han servido para calmarme. No quiero discutir con ella.

Golpeo la puerta del baño.

—Pasa —me dice.

Tiene el cepillo de dientes en la boca y se nota cuando habla.

Entro. Nos miramos a través del espejo. Me parece sexy hasta cuando se cepilla los dientes. Me encanta su mirada a través del cristal.

Enjuaga el cepillo y me lo alcanza. No puedo evitar sonreír.

Me resulta seductor el gesto de apropiarse de mi cepillo sin permiso. Me lo meto en la boca. Ella sonríe también.

—Si quieres, puedes usar mi cepillo de dientes —le comento irónico.

—Gracias, señor —me dice y sale del baño.

Me enjuago la boca. Podríamos haber pasado un momento increíble y todo se redujo a discusiones y preguntas inoportunas.

La señorita Steele quiere probar mis límites y los ha encontrado. Pero su sonrisa me resulta demasiado seductora como para sostener mi enfado.

Voy hacia el cuarto.

Allí está ella. Me molesta haber perdido un hermoso polvo por culpa de una pelea.

—Que sepas que no es así como tenía previsto que fuera esta noche —le digo.

—Imagina que yo te dijera que no puedes tocarme.

No va a dar el brazo a torcer. Se le ha metido en la cabeza el tema y no va a parar hasta obtener una respuesta. No comprendo cómo puede ser tan tozuda a veces.

Por mi parte, no es que quiera ocultarle las cosas. Simplemente creo que es demasiada información desagradable de la que prefiero no hablar. Y me gustaría que lo entendiera, en lugar de seguir preguntando.

Me meto en la cama, pero me quedo sentado.

Deseo que entienda que no se trata de algo personal en su contra. No es que no tenga confianza en ella. El problema soy yo.

—Anastasia, ya te lo he dicho. De cincuenta mil formas. Tuve un comienzo duro en la vida; no hace falta que te llene la cabeza con toda esa mierda. ¿Para qué?

—Porque quiero conocerte mejor—me responde.

Supongo que todo debería ser mucho más sencillo de cómo está planteando las cosas. Lo que tiene que saber, lo sabe. Deberíamos terminar ya esta conversación.

—Ya me conoces bastante bien—sugiero.

—¿Cómo puedes decir eso?—pregunta un poco enfada.

Se arrodilla y me mira fijo.

No sé qué hacer con ella.

Pongo los ojos en blanco.

—Estás poniendo los ojos en blanco. La última vez que yo hice eso terminé tumbada en tus rodillas—me provoca.

La escucho, recuerdo ese maravilloso momento y quedo, un instante, fascinado con las imágenes que vienen a mi mente.

—Huy, no me importaría volver a hacerlo—digo burlón.

Entonces, suelta una frase inesperada.

—Si me lo cuentas, te dejo que lo hagas.

—¿Qué?

—Lo que has oído.

Su respuesta me sorprende y me descoloca.

La señorita Steele quiere negociar. No puedo no excitarme ante semejante actitud.

—¿Me estás haciendo una oferta? —le pregunto asombrado.

Asiente con la cabeza. Le brillan los ojos.

—Negociando—responde con mucha seguridad.

—Esto no va así, Anastasia.

—Vale. Cuéntamelo y luego te pongo los ojos en blanco.

Su respuesta hace que ría. Me encanta. Es ingeniosa y desenfadada. Una invitación a jugar imposible de resistir.

Entonces, me viene a la mente un juguete que he comprado hace poco y que vendría de maravillas poder estrenar.

—Siempre tan ávida de información —le digo.

Sí, decididamente este es el momento indicado.

Salgo de la cama. Anastasia me mira intrigada.

—No te vayas —digo y me retiro de la habitación.

Rápidamente cruzo el pasillo, busco mi “juguete” y vuelvo al cuarto.

Ana está en la cama y observa expectante. Parece un poco nerviosa o preocupada. Tú así lo has querido, mi adorada señorita Steele…

—¿A qué hora es tu primera entrevista de mañana? —pregunto para asegurarme que tenemos el tiempo necesario para hacer todo lo que quiero.

—A las dos.

Oh, sí, esa es la respuesta que quería escuchar. La noche es nuestra.

—Bien—comento serio.

Y ahí mismo, comienza mi papel. Anastasia tendrá que obedecer. En definitiva, ella ha sido quien lo ha propuesto.

—Sal de la cama. Ponte aquí de pie —le ordeno.

Me hace caso de inmediato.

Le indico con mi dedo donde tiene que ubicarse y sigue mis indicaciones.

—.¿Confías en mí? —le susurro.

No habla, pero asiente con la cabeza, obediente y entregada. Sé que es sincera.

Entonces, le tiendo mi mano y le muestro las dos bolas de plata unidas por un hilo negro.

Las estudia con la mirada, como si fuera la primera vez que ve algo así.

—Son nuevas —le digo para tranquilizarla.

Me mira confundida, como pidiendo más información.

Cumplo con eso.

—Te las voy a meter y luego te voy a dar unos azotes, no como castigo, sino para darte placer y dármelo yo.

Me mira asombrada, pero parece que la idea le ha gustado. La veo muy receptiva.

—Luego follaremos y, si aún sigues despierta, te contaré algunas cosas sobre mis años de formación. ¿De acuerdo?

Pues si quería negociar, aquí tiene mi mejor oferta.

Por su expresión puedo descubrir que está entusiasmada.

Asiente con la cabeza.

Perfecto, aquí vamos.

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