He reservado un comedor privado hace unas horas. Imaginé que la charla con Anastasia no iba a ser fácil y que, en algún momento, íbamos a necesitar de un cambio de escenario para “distendernos”.

Le indico que traiga la copa de vino con ella, la tomo del brazo y nos dirigimos hacia allí. Subimos la escalera hasta el entresuelo. Está nerviosa, titubeante y excitada. Observa todo, como si necesitara recordar el camino por si tuviera que irse escapando como la Cenicienta.

Llegamos a nuestra sala. Hay solo una mesa, solo nosotros dos, tal como lo necesitamos. Pareciera que está sacando fotos con la mirada, que la impacta el lugar, los objetos, el trato que recibe de los camareros. Pero, pese a que está maravillada, no deja de sentir esa desconfianza molesta que intentaré erradicar lo antes posible.

Nos sentamos, uno frente a otro. Y hace su gesto, ese gesto que me pierde.

—No te muerdas el labio le pido.

Hace una cara como diciendo “no lo hago a propósito”. Y lo sé. Es su subconsciente el que quiere seducirme, mientras su parte consciente lucha, a la defensiva.

—Ya he pedido la comida. Espero que no te importe.

—No, está bien —responde.

Es una buena respuesta para volver a comenzar esta reunión que se había vuelto un tanto insoportable.

—Me gusta saber que puedes ser dócil . Bueno, ¿dónde estábamos?

—En el meollo de la cuestión—responde, tal vez, burlándose, aunque a veces me pierdo con su extraño sentido del humor. Decido responder en serio.

—Sí, tus objeciones—le digo.

Y aquí saco mi as de la manga. O, lo que es lo mismo, su mail impreso del bolsillo de la americana.

Recorreré punto por punto. Vamos a ver si se atreve a ser tan valiente estando aquí, los dos presentes.

—Cláusula 2. De acuerdo. Es en beneficio de los dos. Volveré a redactarlo.

Toma un trago de vino. Mira hacia abajo, nerviosa. Los ojos le tiemblan. Pero voy a seguir. Si quiere discutir sus objeciones, pues bien, lo haremos.

Le cuento sobre mi vida sexual. Todas mis compañeras anteriores se hicieron análisis de sangre, y yo me hago pruebas cada seis meses así que no hay nada que temer. Luego, le aclaro, aunque supongo que es innecesario que estoy absolutamente en contra de las drogas. Odio las drogas y sus consecuencias, aunque esto último no lo digo porque sé que podría darse cuenta de que es algo personal y no quiero preguntas. Le cuento que en mi empresa hay prubas aleatorias sorpresas para los empleados.

Pareciera que esto la asombra. Nunca debe haber conocido de cerca las consecuencias que puede traer el uso de drogas.

También le aclaro que no me han hecho transfusiones.

Me sigue en silencio. Asiente sin objeciones, parece que su valentía solo aparece cuando está sola frente al ordenador. Ahora algo clave:

—El siguiente punto ya lo he comentado antes. Puedes dejarlo en cualquier momento, Anastasia. No voy a detenerte. Pero si te vas… se acabó. Que lo sepas.

—De acuerdo —me responde con una voz que apenas puede oírse. Algo le preocupa de lo que dije, me lo dicen sus ojitos tristes.

Llegan las ostras. Espero que le gusten. Me confiesa que nunca las ha probado. No me resulta extraño. Las he pedido porque quiero que pruebe cosas nuevas y también para darme el placer de explicarle cómo comerlas.

—. Lo único que tienes que hacer es metértelas en la boca y tragártelas. Creo que lo conseguirás.

Enseguida se pone roja. La avergüenza el doble sentido que pudo percibir en mi comentario. Me hace reír y no lo disimulo.

Pongo limón en mi ostra y la como.

—Mmm, riquísima. Sabe a mar —la aliento—. Vamos.

—¿No tengo que masticarla?— dice y pareciera que tuviera diez años.

—No, Anastasia.

La miro divertido. Hasta que se muerde el labio. ¿Esta vez lo hizo a propósito? Entonces, coge un ostra y la mete en su boca. Es muy sexy cada gesto que hace, no puedo dejar de mirarla fijamente.

—¿Y bien?—le pregunto.

—Me comeré otra —dice y me gusta escucharla así.

—Buena chica —le otorgo su logro.

Luego me pregunta si pedí ostras a propósito ya que dicen que son afrodisíacas. ¿En serio cree que necesitamos de afrodisíacos? Yo, por el contrario, creo que sería bueno algo que calmara la sensualidad que se respira en el aire cuando estamos juntos.

Luego, decido continuar leyendo su e-mail de objeciones, me gustaría terminar con esto y pasar a otra cosa. Es decir, llevarla a mi suite y empezar a follar.

—Obedecerme en todo. Sí, quiero que lo hagas. Necesito que lo hagas. Considéralo un papel, Anastasia.

Tiene preocupación en su rostro nuevamente. ¿Cuál es el miedo? Es un rol, un papel que debe cumplir en beneficio del placer que sentiremos los dos.

—Pero me preocupa que me hagas daño— me confiesa en tono suave.

No puedo responder con la misma calidez. Me cansa que insista siempre con lo mismo.

—Que te haga daño ¿cómo?— le reprocho serio e impaciente.

—Daño físico.

—¿De verdad crees que te haría daño? ¿Que traspasaría un límite que no pudieras aguantar?

—Me dijiste que habías hecho daño a alguien.

Le cuento la experiencia de aquella vez en que colgué a esa chica y apreté demasiado de una cuerda. No es un recuerdo grato para mí, pero yo no miento. Si lo hice, puedo contarlo. Era todavía muy inexperto. Ahora he ganado en experiencias. Creo que mi sinceridad debería calmarla.

Pone cara de espantada y me suplica que me calle, que no quiere saber más sobre eso. La imagen en su cabeza la hace entrar en una especie de shock. L impresión es parte de los límites sexuales que nos ponemos para protegernos. Esa misma imagen podría excitarla, si ella se lo permitiera. Pero, no es momento de explicárselo ahora.

Me pregunta si no voy a colgarla y le digo que no, si de verdad no quiere. Ya irá descubriendo sus propias perversiones y ella sola suplicará y pedirá cada vez más.

—Bueno, ¿crees que podrás obedecerme?— le pregunto porque , en definitiva, es la pregunta clave.

Se queda pensativa. Me mira, desvía su mirada hacia la sala, vuelve a mirarme. El silencio invita a su respuesta. Yo, me limito a no sacarle los ojos de encima.

—Podría intentarlo —sale finalmente de su boca. No suena convencida. Pero reconozco a que ha intentado conciliar en algo, así que le sonrío y lo tomo como una respuesta positiva.

El siguiente ítem está relacionado con el tiempo de vigencia del contrato.

—Un mes no es nada, especialmente si quieres un f in de semana libre cada mes. No creo que pueda aguantar lejos de ti tanto tiempo. Apenas lo consigo ahora— le digo y apenas termino de pronunciar esas palabras me doy cuenta de que he dicho algo demasiado fuerte. Nos quedamos en silencio, seguramente, ambos pensando en mis últimas palabras.

Entonces continúo y me concentro en lo práctico.

—¿Qué te parece un día de un f in de semana al mes para ti? Pero te quedas conmigo una noche entre semana.

—De acuerdo—me responde. Nos vamos entendiendo. La tengo ahí, está a punto. Es ahora o nunca.

Posesionado por esa sensación de triunfo, paso a explicarle que necesitamos que el contrato sea de tres meses.

—El tema de la posesión es meramente terminológico y remite al principio de obediencia. Es para situarte en el estado de ánimo adecuado, para que entiendas de dónde vengo. Y quiero que sepas que, en cuanto cruces la puerta de mi casa como mi sumisa, haré contigo lo que me dé la gana. Tienes que aceptarlo de buena gana. Por eso tienes que confiar en m . Te follaré cuando quiera, como quiera y donde quiera. Voy a disciplinarte, porque vas a meter la pata. Te adiestraré para que me complazcas.

Me voy apasionando en lo que digo, mi discurso suena convincente y veo que me escucha atenta y bien dispuesta. Me observa fijamente y no aparta su vista. Entonces arremeto, como cuando me la follo y parece que sufre pero cada embestida de mi pene dentro de su cuerpo solo logra hacer que sienta placer.

—Sé que todo esto es nuevo para ti . De entrada iremos con calma, y yo te ayudaré. Avanzaremos desde diferentes perspectivas. Quiero que confíes en mí , pero sé que tengo que ganarme tu confianza, y lo haré. El «en cualquier otro ámbito»… de nuevo es para ayudarte a meterte en situación. Significa que todo está permitido.

He hablado demasiado lo reconozco. Si bien sé que no he perdido ni un segundo de su atención quiero verla intervenir.

—¿Sigues aquí? — le pregunto con un susurro que la cautiva aún más.

El camarero se acerca a la puerta, y aprovecho para indicarle que puede retirar los platos.

—¿Quieres más vino?— le pregunto

—Tengo que conducir— me responde ingenuamente, como si no supiera que esta noche se quedará conmigo y follaremos hasta que nos duela el cuerpo de placer.

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