Sé que querrá que le dé órdenes todo el tiempo. Lo sé. Será una adicta a la sumisión.

Entonces con su carita de desenfado me responde:

—Es mucho decir.

Y mete el trozo de venado en su boca.

En un segundo pasan por mi cabeza miles de pensamientos. Me molesta tener que insistirle tanto. Me muero de ganas de seguir haciéndolo. Me molesta que me tenga atado a su decisión. Me seduce que no se decida. Quiero conseguirla. No voy a perder.

Me pongo serio y decido ir por el lado racional:

—Anastasia, tienes que seguir tu instinto. Investiga un poco, lee el contrato…

Luego le ofrezco que me llame para hablar del tema, para hacerme cualquier consulta. Y le propongo que cenemos el miércoles. Entonces se desvía del punto con los típicos celos femeninos.

—¿Qué pasó con las otras quince?— me pregunta.

Ay, esa manía femenina de pensar siempre en las otras. Aún peor: de querer saber sobre las otras. ¿Es necesario conocer tanta información sobre el pasado? No es que tenga nada que ocultarle, al contrario, quiero que esté tranquila, solo que no deja sorprenderme como enseguida una mujer relaciona todo y quiere saber todo sobre sus predecesoras.

—Cosas distintas, pero al fin y al cabo se reduce a…incompatibilidad.

Así es. Una manera simple y certera de decirlo. ¿Para qué dar vueltas a lo que ya no es?

Anastasia insiste en revisar el pasado, en compararse con las otras. Lo revela en la siguiente pregunta:

—¿Y crees que yo podría ser compatible contigo?

Le respondo un sí claro y conciso. Por favor, deja de hurgar en el pasado, concéntrate en lo que está por venir, ¿o crees que estoy pensando justo en ellas en este momento? Pero no lo hace. Por supuesto va hacia la comprobación más esperable.

—Entonces ya no ves a ninguna de ellas.

Conozco la psicología femenina lo suficiente como para dar la respuesta que sé que quiere escuchar y deje ya esta tontería de lado.

—No, Anastasia. Soy monógamo.

Sé que con esto se calmará y podrá concentrarse en lo importante: el presente. Supongo que ahí está la clave del éxito: poner el foco en lo que está pasando y concentrar la energía. Entonces vuelvo a nuestro eje.

—Investiga un poco, Anastasia.

En ese instante deja de comer. Esta chica no come nada. ¿Tendrá algún problema alimenticio? No creo, se la ve segura de sí misma. Pero siempre se le cierra el estómago. No quiero que se debilite. Me gustan las mujeres delgadas pero en forma. Además ser su Amo implica preocuparme en todo por ella, incluso en su alimentación.

—¿Ya has terminado? ¿Eso es todo lo que vas a comer?—le digo.

Por ahora me limito a observarla, no es momento para dar un sermón. Entonces se queda callada por un largo rato. Algo está pensando. Y se ruboriza.

Momento de seducirla.

—Daría cualquier cosa para saber lo que estás pensando ahora mismo.

Perfecto. Se ruboriza aún más. He hecho una buena jugada.

Le sonrío.

—Me alegra que no puedas leerme el pensamiento— me dice.

Decididamente es momento de seguir jugando.

—El pensamiento no, Anastasia, pero tu cuerpo lo conozco bastante bien desde anoche.

Y sin tiempo a que reaccione, llamo a la camarera, pido la cuenta y pago. Mi frase ha sido lo suficientemente efectiva como para cerrar el momento.

La llevo de la mano hasta el coche. Me encantaría que pudiéramos hacer el viaje en silencio. Sería mágico. No quiero que siga insistiendo con sus preguntas sobre las mujeres de mi pasado o alguna tontería parecida.

Pero esta chica tiene un don. Porque, en efecto, se queda callada durante todo el viaje de Olympia a Vancouver. Y yo disfruto de conducir y de no pensar en nada mirando el horizonte.

Llegamos. Sé que va a ser un momento difícil para ella. Sé que en este instante va a sentir que quiere pasar más tiempo conmigo. No es que yo no quiera, pero sé que es tiempo de estar solo y descansar.

—¿Quieres entrar?— me pregunta.

Le respondo que tengo que trabajar. Quiero que esté bien, que no sufra, ni se sienta desprotegida. Le doy gracias por haber pasado un fin de semana maravilloso y le digo que el miércoles la pasaré a buscar por el trabajo o por donde me indique.

Le beso la mano. Luego, salgo del coche y abro su puerta. Pareciera que está a punto de llorar. Se la ve como una niña pequeña y frágil. Me enternece. Pero, por supuesto, la señorita Steele intenta disimular su vulnerabilidad y finge una sonrisa que de tan impostada da gracia. Es muy tierna.

Cuando se aleja, se da vuelta y me mira. Oh, no, no quiero sentimentalismos. Ya he dicho que nos vemos el miércoles. Me encanta pero ahora me quiero ir. Entonces me suelta:

—Ah, por cierto, me he puesto unos calzoncillos tuyos.

Y tira de la goma de los calzoncillos por encima de su vaquero. Eres perfecta, señorita Steele, le has dado un toque de color inesperado a la despedida. Esa sí es una forma de decir hasta pronto. Hasta muy pronto. Muy pronto, lo sé, serás toda mía.

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