Estamos cenando y hablamos sobre el contrato que quiero que Anastasia firme. En realidad, ella apenas come. Se la ve nerviosa y pensativa. Está claro que desconoce sobre estos temas y está intentando indagar sobre cómo funcionan las cosas y cuál ha sido mi experiencia previa.

Me ha preguntado con cuántas mujeres he firmado este tipo de contrato y le he dicho que con quince. Luego ha querido saber si le había hecho daño a alguna. Sí, solo a una.

—¿Me harás daño a mí?—me pregunta con temor.

No termino de entender a qué se refiere. Por supuesto, no pretendo lastimarla. Se trata de castigo físico que es doloroso, pero placentero.

Anastasia toma más vino, como intentando procesar toda la información nueva que está recibiendo. Los ojos le brillan en una mezcla de excitación y miedo.

—¿Alguna vez te han pegado? —me pregunta.

—Sí.

Antes de que continuemos dándole vueltas al asunto creo que lo mejor será que vea el contrato, que pueda leerlo y resolver alguna de las dudas que le están surgiendo.

—Vamos a hablar a mi estudio. Quiero mostrarte algo.

Me paro y me dirijo hacia mi estudio. Anastasia me sigue preguntándose de qué se trata todo esto.

Vuelve a registrar todo el lugar con la mirada. Se detiene especialmente en el amplio ventanal que va desde el techo hasta el suelo. Creo que la ha impactado.

Me siento a la mesa y le indico que se siente en la silla que está enfrente. Una vez que se ubica le doy una copia del contrato para que lea.

—Estas son las normas. Podemos cambiarlas. Forman parte del contrato, que también te daré. Léelas y las comentamos.

NORMAS

Obediencia:

La Sumisa obedecerá inmediatamente todas las instrucciones del Amo, sin dudar, sin reservas y de forma expeditiva. La Sumisa aceptará toda actividad sexual que el Amo considere oportuna y placentera, excepto las actividades contempladas en los límites infranqueables

(Apéndice 2). Lo hará con entusiasmo y sin dudar.

Sueño:

La Sumisa garantizará que duerme como mínimo siete horas diarias cuando no esté con el Amo.

Comida:

Para cuidar su salud y su bienestar, la Sumisa comerá frecuentemente los alimentos incluidos en una lista (Apéndice 4). La Sumisa no comerá entre horas, a excepción de fruta.

Ropa:

Durante la vigencia del contrato, la Sumisa solo llevará ropa que el Amo haya aprobado. El Amo ofrecerá a la Sumisa un presupuesto para ropa, que la Sumisa debe utilizar. El Amo acompañará a la Sumisa a comprar ropa cuando sea necesario. Si el Amo así lo exige, mientras el contrato esté vigente, la Sumisa se pondrá los adornos que le exija el Amo, en su presencia o en cualquier otro momento que el Amo considere oportuno.

Ejercicio:

El Amo proporcionará a la Sumisa un entrenador personal cuatro veces por semana, en sesiones de una hora, a horas convenidas por el entrenador personal y la Sumisa. El entrenador personal informará al Amo de los avances de la Sumisa.

Higiene personal y belleza:

La Sumisa estará limpia y depilada en todo momento. La Sumisa irá a un salón de belleza elegido por el Amo cuando este lo decida y se someterá a cualquier tratamiento que el Amo considere oportuno.

Seguridad personal:

La Sumisa no beberá en exceso, ni fumará, ni tomará sustancias psicotrópicas, ni correrá riesgos innecesarios.

Cualidades personales:

La Sumisa solo mantendrá relaciones sexuales con el Amo. La Sumisa se comportará en todo momento con respeto y humildad. Debe comprender que su conducta influye directamente en la del Amo. Será responsable de cualquier fechoría, maldad y mala conducta que lleve a cabo cuando el Amo no esté presente.

El incumplimiento de cualquiera de las normas anteriores será inmediatamente castigado, y el Amo determinará la naturaleza del castigo.

Termina de leer y parece muy asombrada. No esperaba leer eso. Yo tampoco esperaba esa expresión de asombro desmedido. Por un momento me preocupo.

—¿Límites infranqueables? —me pregunta cuando logra reaccionar.

Vuelve a alegrarme escuchar esas palabras. A pesar de que su rostro indique que está espantada, quiere seguir averiguando de qué se trata todo esto, lo cual es una buena señal.

—Sí. Lo que no harás tú y lo que no haré yo. Tenemos que especificarlo en nuestro acuerdo.

—No estoy segura de que vaya a aceptar dinero para ropa. No me parece bien.

Me llama la atención que haya reparado en ese detalle. Nunca ninguna mujer se resistió a mis regalos. Le explico que no tengo problema en gastar dinero y que disfrutaré de gastar dinero en ella. Además, necesito que sepa que ocasionalmente puede ser que necesite que me acompañe a algún lado y el tipo de ropa que deberá llevar no es posible que ella misma pueda pagarlo.

—¿No tendré que llevarla cuando no esté contigo?— me pregunta con un dejo de rebeldía.

—No.

—De acuerdo.

Luego ataca con el tema del ejercicio. No comprendo muy bien sus extrañas objeciones. ¿Cuál es realmente el problema? Dice que no quiere hacer ejercicio cuatro veces por semana. No comprendo por qué. Además necesito que esté entrenada físicamente. Es muy importante que lo haga. Se lo explico:

—Anastasia, necesito que estés ágil, fuerte y resistente. Confía en mí. Tienes que hacer ejercicio.

Se pone caprichosa con la cantidad de veces. Dice que prefiere tres veces. Le digo que deben ser cuatro.

—Creía que esto era una negociación.

Me deja un momento pensativo. Me gusta su respuesta, me parece inteligente. Debo reconocerlo. Touche.

—De acuerdo, señorita Steele, vuelve a tener razón. ¿Qué te parece una hora tres días por semana, y media hora otro día?

—Tres días, tres horas. Me da la impresión de que te ocuparás de que haga ejercicio cuando esté aquí.

Otra vez lo ha conseguido. Touche. Me encanta esa respuesta. Me está conquistando con cada intervención.

Sonrío. Reconozco que el miedo le está dando paso a la sagacidad. Disfruto de sus comentarios.

Veo que a pesar de ser buena negociadora cada vez está más cerca de pertenecerme. Siento un inquietante deseo de que Anastasia Steele sea mi sumisa. Ya mismo.

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