La fecha de fin de clases cada vez está más cerca. Y, por lo tanto, el campamento también.

He escuchado a Grace y a Carrick discutir sobre el tema.

Por un momento he creído que Grace convencería a Carrick, pero no sucedió. Él se ha puesto muy estricto al respecto. Habla de límites, de la importancia de las relaciones entre las personas.

Hay algo en las palabras de Carrick que me molesta mucho. Él cree que el mundo es como él lo dice. No puede aceptar que yo soy distinto.

Carrick quiere que yo sea como todos, no entiende que yo nunca seré como los demás.

Grace, en cambio, puede notar mi diferencia. Me comprende. Es verdad que eso la hace sufrir. Y yo no quiero que esté mal por mi culpa. Sin embargo, no sé qué puedo hacer para remediarlo.

La idea del campamento ocupa mi mente hasta obsesionarme. No quiero ir.

Hasta que un día sucede lo que cualquiera podía imaginar que sucedería.

Estamos en el colegio.

Uno de los amigos de Elliot se entera de que yo iré al campamento. Y se burla de mí.

Comenta, entre risas, si yo recibiré un trato especial, si me pondrán en una habitación distinta y alejada de todos.

Y esta vez la furia se apodera de mí como hacía tiempo no lo hacía.

Sencillamente, me giro y comienzo a pegarle.

Sin embargo, el chico es fuerte y me devuelve los golpes.

Pero algo extraño sucede dentro de mí. Los golpes me dan más furia y más le pego.

Tenemos una pelea pareja. Mi cara está sangrando, pero eso no me detiene.

Alrededor nuestro se reúnen algunos compañeros.

En un momento creo ver la cara de Elliot que me mira. Parece divertido y expectante.

Algunos gritan.

El alboroto llama la atención de algún profesor que se acerca a separarnos.

Apenas puede hacerlo y le exige a nuestros compañeros que lo ayuden.

Siento como algunos de mis compañeros me toman por los brazos, lo cual me desespera.

Pido a los gritos que me dejen.

“No haré nada, pero necesito que me saquen las manos de encima”.

Una mezcla de llanto, furia y pánico se apodera de mí.

Entonces, Elliot interviene y dice que es mejor que me suelten.

Cuando, finalmente, lo hacen, mi respiración comienza a normalizarse.

Voy al baño a lavarme la cara y los brazos. Tengo golpes por distintas partes del cuerpo y estoy sangrando. Pero, lejos de lo esperado, no me asusta, sino que me calma.

Me llevan a la enfermería donde una de las enfermeras me cura. Mientras lo hace, me habla:

“No hay que pelear, los problemas se resuelven hablando.”

La miro y no digo nada.

Me pone algo sobre el ojo que me arde muchísimo.

Todavía no registro la parte más fuerte del dolor.

La enfermera sigue hablando pero ya he dejado de escucharla. Lo primero que viene a mi mente es la cara de Grace cuando se entere de lo sucedido y me vea cómo estoy.

¿Hay alguna forma de que no se entere? No, ya es demasiado tarde.

En la dirección del colegio sucede lo habitual.

Me instan a reflexionar, a pedir disculpas, a revisar mi comportamiento. A todo digo que sí. En definitiva, sé que es la forma más rápida y efectiva de pasar por todo eso.

Luego, escucho un llanto femenino que pide chillando que quiere verme. No lo entiendo.

Entonces, veo la cara de Mia que se acerca desesperada y me pregunta qué ha pasado.

No puedo hablarle.

Mia llora y dice por qué he hecho esto, por qué tengo mi cara así.

Por suerte, llega Grace que la abraza y contiene.

“Mia, quédate tranquila, Chritian se ha enfadado mucho con su amigo y no ha sabido resolver la situación”, le dice Grace con naturalidad.

“Yo no quiero que nadie lastime a Christian, mamá”, repite ella entre sollozos.

“Mia, Christian se recuperará muy pronto”, termina convenciéndola Grace.

Alguien le indica que Mia debe volver a su clase y ella obedece sin problemas. Lo cual es un alivio.

“¿Qué vamos a hacer contigo, Christian? ¿Comprendes lo que está pasando?”, me dice Grace.

A diferencia de otras veces, no parece triste. Parece preocupada.

No respondo. Miro hacia abajo.

Cuando llegamos a casa me encierro en mi habitación.

Estoy nervioso esperando que alguien venga a decirme algo. Pero, extrañamente, eso no sucede. Nadie viene. Ni siquiera para avisarme que es la hora de la cena.

Decido no salir, excepto para ir al baño. No tengo hambre y no quiero verle la cara a ninguno de ellos. Me duele el cuerpo de los golpes.

Al día siguiente, las cosas empeoran.

Me preparo para ir al colegio, como todos los días.

En el desayuno las cosas están tranquilas. Nadie dice nada, como si hubieran hecho un pacto de silencio entre ellos. O como si no les importara.

En el colegio todos me miran. Murmuran cosas, pero trato de ignorarlos.

Todo transcurre y dejo que pase.

Sin embargo, en la hora del almuerzo, un chico más grande se me acerca, me empuja y me dice:

“¿Así que le has pegado a mi hermano?, ¿por qué no me pegas a mí también?”

No lo pienso, cierro el puño que va directo a su cara y lo tira para atrás. ¿Qué me pasa? ¿Por qué hago esto?

La pelea es más breve que la de ayer, pero es fuerte.

Hay algo dentro de mí que parece calmarse cuando me peleo.

Nos separan y apenas me tocan dejo de pegar, así evito que me retengan.

Otra vez me llevan a enfermería. Por suerte hoy no está la enfermera de ayer.

Hay un enfermero que se limita a curarme las heridas sin palabras. Mejor así.

Estoy en la puerta de la dirección nuevamente.

Llega Grace, antes de que me dejen entrar.

“Christian, no puedo venir todos los días al colegio por lo mismo, ¿qué vamos a hacer?”, me dice.

No sé qué decirle.

Es verdad, ella está trabajando en el hospital, no puede venir aquí todos los días.

Esta vez, le piden que entre ella sola a la dirección. Por un momento, me siento aliviado.

Sin embargo, el alivio se interrumpe demasiado pronto.

Alguien pasa y me dice:

“Grey, esta vez nada te salva. Te expulsan del colegio, que lo sepas.”

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